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Crucigramas

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Esperando que nos nombren

La gente somos crucigramas. No, no la gente. Las relaciones son crucigramas. Las personas seríamos más bien palabras. Palabras largas, cortas, extravagantes o humildes, pero palabras nada más. Siempre buscando cruzarse con otras palabras. No importa que sólo sea una letra, con eso nos conformamos, con que nos guste aquella “o” prepotente o la “r” con su sonido fuerte e indiscreto o la elegancia de una “s”…

Y estamos ocultas en nuestros recuadros, esperando que nos nombren, que nos conozcan. Aunque muchas veces sólo nos adivinan. Sí, es de mal gusto, pero ese azar basta para darnos existencia.

Ya que existimos, permanecemos quietas, expectantes. Vemos cómo se revelan las otras palabras. Es lo que me pasó con Alejandro. Escuché su significado y en él lo describían como algo bello, exótico, poderoso. Pude imaginar su palabra y más que eso: vi cómo trazaban sus letras, con pulso firme, como si todo lo de él debiera existir. Y así fue, pero sus hermosos recuadros estaban lejos. Vi estirarse la palabra y desee que me alcanzara, no me importaba que no compartiéramos la misma letra, me hubiese desdibujado toda con tal de compartir uno sólo de sus trazos.

Pero no llegó. Se bastaba a sí mismo. Jamás necesitó de mí. Me resigné a contemplarlo, a verlo partir por el inicio, el medio y el final a otras palabras. Entonces busqué a Alejandro en otros recuadros, unos más cercanos. Sus letras aparecían casi completas, pero no tenían remate o patines. No eran igual de bellas o plenas. Fue así que apareció Juan.

No había en Juan las promesas que tenía Alejandro. Sólo la “j” y la “a”. Yo con Alejandro me hubiese convertido en verbo y conjugado en todos sus tiempos, pero permaneció como infinitivo inalcanzable, estático; no obstante, Juan, mi Juan, él me llevó por la prosa abrupta. No lo vi venir. No sospeché en él ninguna de mis aspiraciones. La mujer que soy perdió en sus huecos la vergüenza. En mi idilio olvidé mis terrores nocturnos, los miedos enclaustrados, mohosos. Un día me di cuenta que Juan tenía el mismo número de letras que la palabra "amor" y fui continuación de su nombre.

Las palabras perdemos nuestra intención cuando nos repetimos: nos volvemos cacofonía. A Juan lo perdí como se pierden las cartas, los juguetes y las bisuterías. Lo que no perdí fue su esencia, que selló mis espacios con odiosa, amorosa tinta. Por miedo o rencor, regresé a la palabra "Alejandro", pero ya no era lo mismo. Los verbos se extinguían pronto y cada tipografía nueva calmaba sólo efímeramente el deseo. A veces venía la extravagancia, lectura atiborrada que me hacía olvidar mi ardorosa ansiedad.

Al final las palabras, los nombres, los crucigramas enteros colapsaron. Me vi cubierta de páginas amarillentas con olor a polilla y las ganas, siempre las ganas de reconocer aquella vieja poesía, cruda, sin elegancia, como los versos de un fastidiado Goethe o de un Vallejo vengativo. Las únicas y auténticas flores del mal llenando con su aroma los surcos de mi espíritu, ahora austero, resignado al curso de las cosas. Como si así debiera ser.



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