RAÍCES DE MANGLAR

El Palillo

El Palillo

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Gustaba de morir lento

“¡No mames no mames!”, grita antes de caer. La contundencia del golpe es como un estallido que se contrae, que atrapa al eco. El pequeño Leonel lo mira asustado. Intenta levantarse dos veces y dos veces el mareo lo devuelve al suelo. Yace inmóvil, con la quijada zafada y un ojo grotescamente hinchado. Superado el pasmo, el niño corre: “Se cayó el Palillo”, grita asustado. “¿Cómo? ¿De dónde?, le pregunta el del puesto de dulces. “De su casa. Vi cuando se cayó”. Se hace el círculo de curiosos. Rodean al joven de 28 años sin dejar de cuchichear. Sin olvidarse de esquivar un chorro de hemorragia que empieza a brotar de su cuerpo. Jaime Gutiérrez, “El Palillo”, yace casi inmóvil en su sufrimiento.

Lo habían visto deambular toda la tarde. Como siempre, con su suéter verde cubriendo su escuálida figura y un poco de estopa pegada a la nariz. Sus ojos extraviados reflejaban las calles polvorientas, llenas de antenas y de postes con cableríos indescifrables. Las fachadas contrastantes de casas disímiles. La mayoría son de una sola planta, sin marquesinas, protegidas por botellas rotas Otras, de dos o tres pisos, sobresalen con ridícula dignidad en aquel cinturón de miseria: un fragmento de limbo. Irónicamente, “El Palillo” gustaba de morir lento en una de esas casas enormes.

Abandonada y herrumbrosa, la casa de los Gutiérrez fue en otros tiempos un lugar atascado de gente. Abuelos, hijos, nietos y sobrinos. Hasta inquilinos aceptaban en aquella casona, una de las más ostentosas del rumbo. Pero con los años, la fatalidad fue despotricando poco a poco contra los Gutiérrez. Tras la muerte del Don Javier, la familia se fue descomponiendo.

El traste lo dio Jaime cuando se volvió adepto al cemento y al Resistol 5000. Pasó de ser un muchacho introvertido a un adicto intempestivo. Seguido llegaba golpeado e incluso fue apuñalado un par de veces. Cuando se involucró con los narcomenudistas de la zona, lo que le quedaba de familia decidió quitarse aquella carga huyendo de la colonia. Para asegurar lo mejor posible su patrimonio cerraron con llave el grueso zaguán.

Sin oficio alguno, el paso obvio era la delincuencia o mendigar. “¿Qué? ¿Hoy no salió? ¡Chale!”, exclamaba Jaime ante la negativa de sus vecinos, hartos de que les pidiera ”pal aliviane”. Lo peor era su carácter impredecible, pues en instantes pasaba de la amabilidad a la violencia. Por supuesto, a nadie le preocupaba cuando escalaba diario tres pisos de marquesinas y ventanas. La única forma de entrar en su casa. “Mala hierba nunca muere”, decían recordando las veces que llegó acuchillado, sólo para volver al vicio después de la convalecencia.

Leonel entra a su casa, pasmado. La impresión le ronda las entrañas y el corazón. Su mente es papel maché. “¿Qué te pasa, mijo?”, le pregunta su mamá. Él vuelve la cabeza hacia la mujer. La mira con los ojos más compasivos que ha tenido. La visión del accidente y la fragilidad de la carne, de los huesos rotos, lo llevan de golpe a otro plano.

Abraza a su mamá, divagando: “¿Cómo se le hizo el ojo al Palillo? ¿También se puede caer mi mamá? ¿Así nos morimos también los niños? ¿Por eso no debo correr, gritar, empujar, brincar, cruzar la calle, jugar? ¿Vivir? ¿Por eso es malo monearse? ¿Y su mamá? ¿Dónde está su mamá del Palillo?”. “¿Y ahora tú? ¿Qué mosca te pico?”, insiste la madre. “Es que se cayó bien feo el Palillo. Creo que ora sí se murió”, contesta Leonel. Su mamá lo mira tranquila: “A cada rato le pasan cosas a ese chavo y nunca se muere. Hasta parece gato el cabrón”, le dice despreocupada. El niño no sabe qué más decir, la suelta y se mete a ver la tele, pero las caricaturas parecen ruido blanco por la insistencia de aquel sentimiento mezcla de náusea y tristeza.

En la calle lo mismo. No se atreven a moverlo. Se dicen entre ellos que no deben tocarlo o podría ser peor, pero la verdad es que no podrían por el asco que les da. Al menos a Leonel lo defiende su inocencia. Jaime Gutiérrez, el Palillo, que pasó de tener una familia multitudinaria a morir porque no hubiera quien le abriera las puertas de su hogar, comienza a agonizar. No hay nada cinematográfico en aquella escena. No hay una vida corriendo en un segundo. Sólo está el intenso sabor a sangre en aquella boca que hace unos momentos libaba una estopa con disolvente. En esos pocos metros de calle todo es morbo y torcido divertimiento. Metáfora de lo que es y jamás podrá cambiar. Nunca nadie lo reconocerá.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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