RAÍCES DE MANGLAR

Boceto de un Lennon improbable

Boceto de un Lennon improbable

Foto Copyright: www.johnlennon.com

A 38 años de la muerte de John Lennon poco o nada queda para discutir. Claro, podría caer en la tentación facilista y hablar sobre su obra rica y generosa, de su infancia en el abandono, de la muerte de Julia –su madre- de la primera vez que escuchó a Elvis, del día en que conoció a Paul o cuando éste le presentó a Harrison, de su gloria beatlesca, etcétera. Pero, ¿qué podemos decir para no caer en lugares comunes?

A estas alturas John es un tótem omnipresente y lo seguirá siendo por muchos años, así que no tendría chiste hablar de lo que todos saben. Prefiero rascar en mi mente y especular sobre lo que hubiera sido o hecho de no haberlo atravesado esos 6 tiros aquel fatídico 8 de diciembre de 1980.

Empecemos -¿cómo no?- por lo musical. Dado que a John le daba por la gruesés y como lo último que grabó fue un material introspectivo bastante irregular, tarde o temprano se habría percatado que el camino era el punk. Por ello lo imagino grabando material crudo, en esa vena rasposa a la Patti Smith, tocando con su chaqueta de piel junto a Johnny Ramone en el CBGB, agarrándole la onda al London Calling, mentando madres a la realeza con arreglos orquestales de Phil Spector y doblando su voz nasal una y otra vez.

Se hubiera pitorreado del Live Aid hasta el hartazgo y la ingenuidad -¿o mala fe?- detrás de un proyecto que pretendía reparar una situación que los mismos países que se jactaban de su altruismo provocaron. Puedo ver su cara de “se los dije” cuando Dylan abandonara su fervor cristiano para volver al berrinche agnóstico. No me lo imagino simpatizando con los metaleros. Para él serían bichos raros. Sus comentarios hacia Paul serían cada vez menos frecuentes y agresivos, algunos incluso amables, pero seguiría en desacuerdo por la dirección musical tomada por su antaño compañero. No sería igual con George y sus flamantes Travelling Wilburys (Harrison, Dylan, Petty, Orbison y Lynne); John, atento, formaría su propia superbanda.

¿Quiénes serían la horda iracunda capaz de hacer antagonismo a la genialidad de los Wilburys? Una muy diferente aunque no menos brillante como Iggy Pop, Lou Reed, Chuck Berry, John Paul Jones y por supuesto Ringo Starr (aunque le sugerirían que fuera menos metrónomo y más redobles). ¡Ah! Y los produciría Bowie y se irían de gira y su tour se llamaría “I Wanna Be Your Dog” -versión pastor inglés- y seguro ya no traería a Yoko de cola porque ya habría superado su complejo de Edipo -aunque lo más seguro es que a Yoko le asustara Iggy… Y viceversa-.

Y hablando de Yoko, ¿se imaginan el discazo que hubiera salido de su divorcio? Alguna especie de Plastic (sin Ono) Band, pero enfocado al resultante desamor, a la rutina y al desgaste matrimonial. No lo podría asegurar, pero buenas canciones saldrían de ese desgarro. Haría colaboraciones esporádicas con nuevos y viejos amigos como Clapton y Townshend, pero jamás con Bono, nunca con Bono.

Ya entrados los noventa vería a los grungeros y alternativos primero con escepticismo, pero ya después, junto a Neil Young, apadrinaría a la última gran revuelta del rock. A lo mejor por sólo conocerlo Cobain no se hubiera matado -poco probable- y no habría hoy tantas playeras de Nirvana -muy probable-. La música Britpop se le haría simplona, con excepciones honrosas como Kula Shaker y lo más seguro es que preferiría a cosas como Massive Attack o Radiohead. Le daría envidia la grandeza del “Time Out of Mind” del viejo Zimmerman y tendría la franqueza de admitir que el verdadero líder de la banda fue Paul. Se lamentaría por la muerte de George y en el concierto que le celebraran interpretaría “Something” mucho mejor que el beatle bonito.

Por la vena política es muy probable que seguiría levantando ámpulas al criticar el neoliberalismo tatcheriano, la peste globalizante, al gobierno ruso por lo de Chernobyl -¿Qué rola habría salido con la caída del muro?- y al gringo por el asedio a Medio Oriente y algo hubiera dicho del 11/09/01. Se habría comido a Bush hijo y elogiado a Obama. Lo último segurísimo sería un panfleto sobre el Brexit y unos hilarantes tuits a Donald Trump.

En fin. Me divierte retratar este boceto de un John Lennon vivo e idealizado, aunque con una personalidad tan extravagante e impredecible como la suya nada puede asegurarse. Lo más probable es que me equivoque en cada cosa y que mantuviese su virtual retiro musical, su inminente barriga y sus suéteres con cuello de tortuga. Como sea, jamás lo sabremos, así que no nos queda más que seguir leyendo y escuchando las mismas viejas entrevistas, las mismas gastadas especulaciones sobre su vida y muerte y mandar cada año un sincero y cordial saludo al cielo con diamantes.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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