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El retrato en la composición literaria
En el artículo anterior hice referencia a la importancia del retrato dentro de una composición literaria. Decía que es imprescindible retratar, es decir, describir de la manera más precisa a un personaje, una edificación, un paisaje etc., para que el lector pueda formar en su mente lo que el autor intenta transmitir.

También se puede retratar una acción, y esto consiste en describir cada movimiento que el personaje en turno está realizando, a efecto de que el receptor imagine con la mayor precisión esa tarea o ese ejercicio que dicho personaje ejecuta.

A continuación, mostraré un fragmento de mi novela inédita de género policíaco, titulada El pacto, que seguramente saldrá pronto a la luz, si hay el interés de alguna editorial en los temas de actualidad, como lo es el secuestro, la prostitución de menores y las adicciones, que son la línea principal de la obra.

En el episodio en cuestión se narra el momento en que María Luisa, mi protagónico de la historia, después de la ducha, se atavía para hacer el casting de un comercial de televisión:

“…una sonrisa iluminó su rostro al pensar en lo que estaba por ocurrir. Entonces se animó y procedió a dibujar sus labios con un lápiz color rojo-cereza, antes de aplicar el labial, para después continuar con las sombras en sus párpados, bellamente enmarcados por unas cejas pobladas, perfectamente delineadas, las cuales, hacían resaltar esos ojos alegres, que emitían un brillo especial en ese instante. No hizo falta rubor. Éste era natural en las mejillas tersas y rosadas que la hacían lucir como la muñeca de moda.
Una vez que terminó de maquillarse, se deshizo de las prendas de baño, para dar paso a la vestimenta formal. Al examinar su desnudez en el espejo vertical del armario, no tuvo más que sonreír. Se miró por el derecho y luego giró para verse por el revés, contemplando la tersura de su piel, la perfección de sus glúteos anclados a las estilizadas caderas, que hacían contraste con sus aupados y firmes pechos.
Pareció gozar cuando deslizó las yemas de sus dedos por ese escultural cuerpo, de liso abdomen y torneadas piernas. Enseguida, cogió la lencería dispuesta sobre la cama, y, como si estuviera posando para la cámara de algún cineasta durante el rodaje de una película, se colocó muy despacio el sostén de media copa, para finalizar con una tanga negra. Luego se metió en el vestido, también de color negro, que entró por la cabeza, sin llegar a la rodilla, y cuyo escote, dejaba ver parte de los desafiantes senos.
Siempre con la sonrisa en sus labios, se calzó las zapatillas, se puso los accesorios y peinó su cabellera negrísima que le caía por debajo del hombro. Enseguida se miró nuevamente, con detenimiento. Se sintió más que satisfecha con la revelación que le daba el espejo y con lo que en adelante podría obtener”.

Pero así como existe el retrato dentro de la composición literaria, también existe el autorretrato, que, como su nombre lo indica, es la acción de describirse o mejor dicho, retratarse a sí mismo —casi como una selfie—, pero eso sí, hay que ser muy honesto al hacerlo. A continuación, un autorretrato del propio Miguel de Cervantes Saavedra, quien de manera muy breve, nos dice cómo era físicamente:
“Este que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos, de nariz corva aunque bien proporcionada, las barbas de plata, que no ha veinte años fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes no crecidos, porque no tiene sino seis, y estos mal acondicionados y peor puestos, sin correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos: ni grande ni pequeño; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; este digo, es el autor de Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje al Parnaso, a imitación del de César Caporal Perusino, y otras obras que andan por ahí descarriadas y quizá sin el nombre de su dueño, llamase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades; perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlos V.”.

Colaborador Invitado
Esteban Sánchez Núñez


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Toda transformación trabaja sobre una realidad que la condiciona y limita. No quiere decir que la haga imposible, pero un niño no puede gestarse en nueve días, ni los propósitos políticos no se convierten en acto con solo mentarlos.

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