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PARRESHÍA

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Costos del poder

Foto: lfmopinion.com


El poder desgasta y desgasta absolutamente.

En política todo tiene un costo. De hecho, todo en la vida lo implica; pero centrémonos en lo político.

Aún los grandes aciertos reportan costos; en un mundo cruzado por pluralidad de intereses, no hay acto o decisión político que no afecte a unos y beneficie a otros, siendo entendible así lo que se conoce como “los costos del ejercicio del poder”.

El poder desgasta y desgasta absolutamente.

Los gobernantes tardan en aprender que las más de las veces tienen que escoger por el menor de los males y, por ende, el menor de los costos. Pero hay decisiones, las verdaderamente trascendentales, que hay que tomar con un inevitable y alto costo de popularidad. El problema empieza cuando el gobernante privilegia aquélla por sobre la eficacia de gobierno.

López Obrador es un político acostumbrado a no pagar costos políticos, ello ha marcado su entendimiento y manejo del poder. Se queja contra los impunes, pero no pocas veces ha alineado entre ellos.

Como “opositor sistémico”, gozó de un status que le permitió jugar a un tiempo en, con y en contra del propio sistema; de y con las reglas del juego, que aprovechaba en lo que le beneficiaban y contra ellas, desconociéndolas e, incluso, violentándolas, cuando no. Siempre caminando sobre el filo de la navaja, en opacidad total y con temeraria sagacidad, aunque siempre sistémico: cobijado en el papel de víctima de un sistema corrupto al que enfrentaba sin jamás romper con él, sin salirse de sus límites. Sistema en el cual siempre vivió en mejores condiciones y con más margen de maniobra que muchos fieles y disciplinados “institucionales”.

Sus caravanas y plantones de finales del los 80s lo catapultaron a escala nacional desde su natal Tabasco, haciendo de un problema de pago de nómina de trabajadores de limpia del municipio del Centro un asunto presidencial; imposible que aquellas caravanas y plantones, suficientemente avituallados, no contaran con financiamiento y cobertura misteriosamente asegurados; mismos que redituaron -a confesión de parte de Manuel Camacho- en multimillonarios ingresos, suficientes para cubrir financiamiento y cobertura, y, además, engordar la causa de un movimiento social que lo posicionó como personaje en el recién creado PRD y como actor político en el centro de México con cobertura nacional. Qué habrá sido de los pobres trabajadores de limpia, nadie supo ni nadie volvió a saber de ellos.

Vinieron luego las tomas de pozos petroleros al principio del zedillismo, que le significaron un nivel superior de poder de negociación y, seguramente, de ingresos; los delitos federales debidamente acreditados fueron enviados al archivo por órdenes del propio presidente Zedillo quien, además, le franqueó graciosamente el acceso al gobierno de la Ciudad de México sin cumplir los requisitos de elegibilidad. Frutos de un opositor leal y tabique de la fama de “presidente demócrata” fraguada desde el poder, paradójica similitud histórica entre aquel lejano 2000 y el cercano 2018.

Llegó así el desafuero en épocas de Fox, que explica el odio jarocho que anida contra la Corte: la federación ampara a un ciudadano contra sus actos de autoridad, ésta (él) desacata el amparo y provoca un juicio de procedencia (desafuero) que le abre las puertas al terreno en el que es maestro consumado: víctima del poder y en abierta y adelantada campaña, condiciones que le permitieron ocultar en reserva de acceso a la información por 20 años la obra de infraestructura más grande de su gobierno, operada por su ahora escudera en la Ciudad de México: Claudia Sheimbaum, quien seguramente ampliará sin problema la reserva.

Es probable que en 2006 le hayan robado la elección. Nunca lo sabremos a ciencia cierta. Pero gravitan en la duda la campaña negra en su contra: “Un peligro para la Nación” -no tan negra bajo la óptica del ahora-, la operación electorera de la Maestra -hoy su envalentonada aliada- contra de Madrazo y en favor de Calderón, y sus propios errores y falta de estructura electoral. Como sea, ocupó Reforma y paralizó la Ciudad de México con cuantiosas pérdidas económicas. Y tan campante, sin mayor costo pagado siguió su campaña permanente y cobró legislativa y administrativamente las ofensas recibidas: el sistema, en un acto de auto inculpación nunca expresamente reconocida, le dio la razón y le obsequió sus caprichos e imposiciones rehaciendo a contentillo legislación e instituciones electorales.

Del 2012 culpó a los vehículos (partidos) y decidió deshacerse de sus costos; construyendo entonces su propio y personalísimo movimiento social, desde el que continuó su eterna campaña, ante la permisividad de un gobierno e instituciones electorales que solo tuvieron para con él pasmo, omisiones y arcas abiertas.

Peña y el INE no lo tocaron ni en sueños y, hoy sabemos, desde el gobierno se persiguió judicialmente a Anaya y a Meade lo ofrendaron con corazón abierto a los pies de su triunfo mesiánico.

En su interminable e ininterrumpida campaña presidencial del 2000, llegando a la jefatura de gobierno, al 2018, denunció, inventó, mintió, ocultó, tergiversó, acusó e injurió sin rubor ni responsabilidad, es decir, sin responder nunca de sus hechos y de sus dichos; dinámica que lo formó y condicionó a no rendir cuentas ni respetar realidad, y verdad, imponiendo sobre ellas su percepción, capricho y voluntarismo.

Y en esas condiciones ganó sobradamente, a grado que del sistema de partidos no quedan mas que sombras; de los contrapesos institucionales sobreviven -en estado catatónico- algunos espectros con alcance testimonial y la sociedad misma vive entre la ciega entrega, el pasmo y un pavor maniaco depresivo.

Ganó y empezó a gobernar aún antes de que se declarara su triunfo. La transición fue nominal: desde el primer minuto borró al gobierno en funciones y desde entonces apabulla sin resquicio.

Finalmente llegó al gobierno y redobló su activismo. Sigue en campaña, dicta moralinas diarias, sataniza infieles, ocupa el espectro mediático, anuncia, estigmatiza, señala, promete, se defiende, ataca, come puchero, compra cafés en Oxxo, se toma selfies, abraza niños, amaina abucheos que él mismo provoca, descalifica, se auto pondera, cancela obras, anuncia otras sin ton ni son; recrimina, acusa conflicto de intereses que se desvanecen en la nada, imputa agravios al por mayor, reclama derecho de replica sin concederlo y, finalmente, se extraña, ofende y retuerce cuando los costos de sus actos y decisiones le son, ahora sí, traídos a cuenta.

Para él son cosas de fifís: conservadores, corruptos, neoliberales; "complós" y no los costos propios del ejercicio del poder, las consecuencias de su hacer. Dice que lo quieren callar, "engarróteseme ahí", pero nadie le pide que se calle, aunque bien le haría a él y su gobierno un poco de silencio y reflexión; solo se le pide se haga cargo de sus consecuencias.

Es muy probable, como ya pasó con su finca “La Chingada”, que siempre dijo haber heredado de sus padres y que hoy se sabe la compró siendo presidente del PRI en Tabasco, según los expedientes en el Archivo General de la Nación, mandados a publicar por él mismo; es probable, digo, que su pasado lo alcance y se sume a los costos que hoy y aquí le corresponde pagar irremisiblemente.

Genio en el manejo de símbolos y performances, ha acertado en darle al pueblo pan y circo: abrir Los Pinos, vender el avión, cancelar las pensiones a expresidentes, matar al Estado Mayor Presidencial, viajar en avión de línea, juguetear con una prensa vergonzosamente dócil, beber agua de coco en sus giras y darse baños de pueblo que tanto le gustan. Mediáticamente efectivo, pero gubernamentalmente inocuo. En contrapartida están los damnificados del NAIM y de la austeridad convertida en neoliberalismo anti Estado, el huachicol gozando de cabal salud tras un desabasto nunca suficientemente explicado, el desempleo al alza, el fin de la paz laboral, la inversión en picada, las expectativas económicas a la baja, sindicalismo de Estado, contrapesos inexistentes, México confrontado, brújula desquiciada y un activismo frenético que, queriendo vender eficacia y decisión, empieza a transmitir la imagen de un navío al garete en plena tormenta.

En 1977 un funcionario trató de impresionar a Adrián Lajous, a la sazón director general del IMCE (Instituto Mexicano de Comercio Exterior), arguyendo que nunca había tomado vacaciones, que era el primero en llegar, el último en irse y que trabajaba 16 horas diarias, como mínimo, fines de semana incluidos; en ese mismo instante Lajous lo obligó a tomar vacaciones forzosas. “Aquel que no se despega un segundo de su escritorio, dijo, teme que se descubra el desorden que oculta”. Y así fue, el desbarajuste era proverbial, no había programa de trabajo, metas, coordinación, comunicación interna, atribuciones claras y definidas, mecanismos de medición de desempeño; todo era el director, su actividad personalísima, ininterrumpida, frenética, apabullante, pero sin idea, sin rumbo, sin resultados. Acción tan pura como bruta.

Los costos que aquel director pudo haber pagado en plazos y a lo largo de toda una vida, los pagó al contado y de un solo golpe que le resultó devastador. Lo peor es que nunca se dio la oportunidad de aprender poco a poco con el pago espaciado de los costos del ejercicio del poder.

Quien nunca se hace cargo de sus costos, jamás aprende de ellos, hasta que éstos, acumulados, le son irrefrenables y ruinosos.

El sexenio apenas empieza, ojalá se dé oportunidad del lado positivo y pedagógico de los costos acompasados.




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