PARRESHÍA

Unanimidad y creencias

Unanimidad y creencias

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Un poco demasiado.

López Obrador, en tanto presidente de México y Jefe de Estado, representa políticamente a todos los mexicanos y a la Nación; como titular del Poder Ejecutivo de la Unión, con atribuciones y obligaciones precisadas constitucional y legalmente, ejerce una función pública con representación política derivada de un mandato popular y democrático. Es, pues la suya, una representación formal y política. Responde a facultades y responsabilidades y se expresa en actos y decisiones de gobierno con efectos políticos, jurídicos, económicos y sociales. En algunos casos hasta culturales.

Pero esta representación formal no implica que en él se aglutinen y uniformen, ni que por su voz hablen en similar unidad y consonancia, todas las causas y expresiones nacionales.

El pasado viernes 8 de marzo López Obrador se asumió como el eje, personalización y meta última de la transición, diciendo que él “logró unir todas las causas”.

Según su parecer y dicho: “representamos a todas y a todos los ciudadanos, de todas las corrientes del pensamiento, de todas las religiones, a mujeres creyentes y no creyentes, a todas y a todos”.

Su discurso reclama un análisis ponderado.

Decir que “logró unir todas las causas” es un poco demasiado y un mucho falso. Solo le faltó declarar, cual Fukuyama tropicalizado, el fin de la historia.

La democracia implica pluralidad, solo los totalitarismos arguyen unanimidad representativa de causas.

La pluralidad, además, es consecuencia de un conjunto de libertades en acto: pensamiento, expresión, asociación, manifestación, petición, sufragio. Suprimes una y maltratas todas, testereas la pluralidad y hieres democracia.

La elección del 18 le brindó una holgada mayoría electoral del 53% del voto efectivo. Es decir, un 47% de los sufragantes no votaron por él. Ahora bien, si comparamos números, su fuerza, siendo significativa, no es apabullante y menos unánime: sus 30 millones de votos, equivalentes al 53% de la votación efectiva, representan únicamente el 34% del padrón electoral y el 25% de la población nacional. Importante, contundente, mayoritaria, sí, más no unánime.

Formalmente, en tanto presidente, representa a todos los mexicanos en su multifacética pluralidad de contradicciones, pero su persona, en tanto individuo, solo se representa a él mismo, responde por él y, jurídicamente, por su hijo menor de edad.

Por otro lado, todos los días constatamos de su parte, al menos, un discurso esquizado. Puede despertarse despotricando contra la mafia del poder, fifí y conservadora, y luego bautizar a la hija de uno de los más conspicuos de entre sus filas, sin, siquiera, ser católico. Cuando adelanta un: “con todo respeto”, es de esperarse una catarata de epítetos, descalificaciones y estigmas esparcidos con ventilador. Al periódico Reforma le hilvanó un rosario de descréditos, acciones reprobables y alianzas satánicas, para luego decir que lo respetaba, que es un demócrata sin fisuras y reconoce todas las libertades. A krauze le suelta los perros, para luego desdecirse afirmando que su gobierno a nadie persigue (lo de González Alcocer, entre otros, ni siquiera lo tiene en la memoria).

Así, cuando dice “representamos a todas y a todos los ciudadanos”, dice bien, formalmente representa a todos, más, sin embargo, en palabra, hecho y omisión, no: toda vez que no deja pasar un día sin polarizar, estigmatizar, descalificar y enfrentar a unos contra otros. Si formalmente representa a todos, en los hechos se obstina en representar solo a unos en contra de los “otros”. Formalmente asume la representación, pero material y políticamente no se hace cargo de ella.

Luego dice: “de todas las corrientes del pensamiento, de todas las religiones, a mujeres creyentes y no creyentes, a todas y a todos”, lo cual no deja de sorprender. Representar a mexicanos de todas las corrientes es formalmente cierto, aunque negado cotidianamente en discurso y acción. Pero, por qué derivar “corrientes de pensamiento” en “religión” y “creencias”. Siendo Jefe de un Estado laico, es lógico que hable de pluralidad de pensamientos, pero no de los ámbitos religiosos y de creencias religiosas o de no creyentes que le son ajenos y vedados. Sí, políticamente representa a todo pensamiento en los ámbitos propios de la vida política secular; pero no representa a ninguna religión, menos a “todas”.

Para colmo, circunscribe el mundo de creyentes y no creyentes, a su representación y cargo, en el género femenino.

Como sea, no es su función, menos su atribución y, sin duda, tampoco su representación -circunscrita a lo político- el mundo de las creencias y no creencias religiosas.

La confusión y referencia preocupa, más aún, cuando constantemente tiende a mezclar temas de carácter religioso y moral con asuntos políticos. Por igual, utiliza símbolos religiosos y hasta paganos (permiso de la madre tierra) en ejercicios de gobierno regulados por el derecho del hombre. Su proclividad a pretender que su mandato político y constitucional le da para incursionar en materias de naturaleza mística es tan peligrosa como sus tentaciones totalitarias de asumir en su persona todas las causas, pareceres y religiones.


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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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