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PARRESHÍA

Poder ciudadano

Foto: lfmopinion.com


Voz y voto.

Puedo entender el encono que se respira en México, en mucho cultivado a ciencia y paciencia; más no comparto.

En estas páginas he hecho críticas al Presidente López Obrador, analizando su proceder y confrontándolo con cánones aceptados de comportamiento político. Puedo estar en lo cierto o no; acepto, incluso, que en alguna ocasión me haya ganado la subjetividad y hasta la parcialidad; admito por igual que enfrentamos un cambio de época y que muchos de nuestros instrumentos de análisis pueden estar fuera de foco. No obstante, México no puede seguir por esta ruta de abierta confrontación.

Para que haya pleito, decía mi santa madre, se requieren dos. En alguno debe caber la sensatez para evitar que la sangre llegue al río.

Hemos señalado el perfil épico de López Obrador y su cosmovisión maniquea, de allí que resulte un contrasentido pedirle que sea él quien se serene.

La prudencia nos corresponde y su urgencia nos obliga. No entiendo por prudencia sumisión ni silencio; es más, es nuestra obligación luchar por nuestros derechos y libertades, y no cejar en la defensa de las instituciones, instrumentos y procedimientos de control del poder.

La cuestión es cómo hacerlo.

En el lance nos va de por medio la Nación, así que bien vale la pena ser muy cautos e inteligentes en los medios que utilicemos para hacer valer nuestra ciudadanía. No es cuestión de valientes de cantina, sino de mariscales de campo.

Lo primero sería comprometernos a planteamientos respetuosos y civilizados; no rebajarnos a pleitos de barrio o disputas de lavadero.

En toda democracia el derecho al disenso alinea en importancia con el del consenso, la gran diferencia es que en las democracias su expresión y procesamiento parte de reconocer en el otro los mismos derechos de uno. Permítanme ponerles un ejemplo, se puede discursar como Noroña, pero también como Don Jesús Reyes Heroles, Preciado Hernández, o Rincón Gallardo. Se vale disentir, pero nunca prohibir que se disienta de nosotros.
Evitemos los ataques personales, las etiquetas y los epítetos. A ello nos conminan mañaneras y redes, pero son una trampa en la que no debemos caer.

Lo segundo sería primar lo importante sobre coyuntural o abiertamente distractor. La mayoría de las rencillas actuales son sobre asuntos baladíes, efímeros o abiertamente populacheros; en tanto los temas vitales han sido expulsados de la deliberación nacional. No nos distraigamos en fuegos de artificios mañaneros, traigamos a la mesa una y otra vez, sin tregua ni cansancio, lo sustantivo. Tarde o temprano, por su propio peso habrá de prevalecer.

Lo tercero sería argumentar con datos duros, comprobables y razones consistentes, no con descalificaciones. La guerra de etiquetas (conservadores y chairos) a nada conduce y sólo nos distrae y ahonda la división. Ha quedado claro que en ese terreno López Obrador tiene maestría, en tanto que si se le lleva a la discusión de fondo y se le cierran las salidas laterales, sus limitaciones afloran como la humedad en pared resquebrajada.

Todo ello requiere paciencia y constancia. Roma no se construyó en un día.

A cada descalificación, un argumento sobre temas torales, no un lance de cantina.

A cada inconsistencia, datos duros, argumentos sólidos, evidencias palmarias.

Cual Ulises, amarrémonos al mástil de la inteligencia y hagamos oídos sordos a las bravatas mañaneras; nuestra Itaca no está por ese camino.

Lo anterior nos llevará a evitar este circuito in crescendo de belicosidad que ahonda precipicios entre quienes tenemos la obligación y el destino de conservar unido a México: los mexicanos todos.

Finalmente, mucha gente pregunta qué hacer y se advierte impotente para la lucha callejera (marchas y plantones), olvidando su fuerza máxima: el voto y voz ciudadanos. No se necesita formar un partido ni convertirse en Demóstenes en plaza pública, basta con generar una cascada de conversaciones inteligentes y no agresivas sobre los yerros, promesas incumplidas y daños generados: guarderías, desempleo, alza de gasolinas, inseguridad, desorden, concentración del poder, etc.; no planteados en tono de reclamo, ni con descalificaciones personales, sino como vivencias de una situación personal y de nuestro entorno, de suerte de lograr que nuestro interlocutor pueda verse reflejado en el espejo de la circunstancia descrita y se identifique con ella. Ello creará consonancias y sinergias que por sí solas se desplegarán en redes ciudadanas de identidad en la problemática.

No será entonces una acción reactiva y coyuntural, cuanto un propósito claro y orientado a generar aludes de identidad en problemas comunes.

No demeritemos el poder ciudadano de conversar y de votar. Posiblemente para el 21 no surjan aún causa, organización y personajes que encabecen lo que pudiese ser un movimiento político, pero el ciudadano de a pie no necesariamente requiere de partidos ni de próceres para manifestar su rechazo en las urnas a aquello que no comparte o que abiertamente le daña.

Cada ciudadano puede ser un agente del descontento fundado y razonado, un reproductor de mensajes de boca en boca y, finalmente, un voto ciudadano libre, es decir, sin sujeciones clientelares.




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A cada descalificación, un argumento sobre temas torales, no un lance de cantina. A cada inconsistencia, datos duros, argumentos sólidos, evidencias palmarias.

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