PARRESHÍA

Mequetrefe

Mequetrefe

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Respeto ciudadano.

Uno de esos personajes de las redes con alma de verdugo preguntó: “Quién es este mequetrefe”.

Era yo en uno de mis artículos.

“Un ciudadano de la República”, le contesté; seguro que no entendería los alcances de mi respuesta.

Ciudadano, individuo con todos los derechos humanos inherentes: vida, libertad de pensamiento, expresión, publicación, tránsito, asociación, creencia, petición, profesión, comercio, etc.; con derecho a la seguridad, educación, sustento, vivienda, salud, etc..

Además, en tanto ciudadano, con derecho a la asociación y participación políticas, así como voto pasivo y activo.

República, en su doble acepción: en tanto Cosa Pública como espacio de discurso y acción, y por cuento comunidad asentada en un territorio y organizada soberana y políticamente bajo un régimen de derecho donde el poder se renueva periódicamente, subrayo la periodicidad.

Hay algunos -subrayo la distinción- de los que ganaron el pasado primero de julio que creen que la elección les escrituró a México y esclavizó en propiedad a los perdedores sin distinción ni matiz. Aquellos, los perdedores, deben ser objeto sumiso a sus descalificaciones, estigmas, ofensas y abusos. Pronto, esperemos no, a agresiones físicas y, posiblemente, prisión. Quiera Dios no escale hasta allí y menos más de allí.

Su triunfo, además, así lo creen, les da -no autoridad moral, pero sí poder entendido como fuerza y violencia- para deliberar con epítetos y no razones y argumentos. Nada en su catecismo les obliga a contestar cuestionamientos, basta insultar para saldar e imposibilitar cualquier conversación. La Re-Pública así, deja de ser de todos, para ser de los dictadores de la verdad.

Confunden elección con conquista, mandato ciudadano con capitulación y tierra arrasada.

Habría que empezar por asentar que aquí no hay mequetrefes, ni ninguna otra descalificación; hay ciudadanos con plenos derechos y en plena igualdad.

Que todos tenemos derecho a pensar, expresar y participar. Todos sin excepción: ellos, nosotros y aquellos que no congenien con ninguno de los dos.

Que un triunfo electoral impone más cargas que derechos, empezando por el de respetar y hacer respetar los derechos de los demás. El Estado se instituye para seguridad de los débiles, en tanto obligación de los poderosos. El poder obliga, no libera.

Que el poder está sujeto a la ley y su ejercicio a la rendición de cuentas. Tarde que temprano tendremos que vernos nuevamente en las urnas y entonces serán ellos los que sean juzgados y castigados o premiados en ellas.

Que en una República el poder se renueva periódicamente, que ningún triunfo es para siempre, que a toda soberbia le llega su fiestecita. Que cuando el ritmo de reemplazo republicano cesa, las libertades de todos han cesado.

Finalmente, que poder es relación; desequilibrada, sin duda, porque uno manda y otro obedece, pero es una relación siempre reciproca, donde la fuerza de la cadena la da el más débil de los eslabones: “Mandatum est oboedientia quam facit”, lo que hace al mandato es la obediencia. En otras palabras: tú mandas hasta que te dejan de obedecer.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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