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RAÍCES DE MANGLAR

En nombre del bienestar

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La infelicidad y otros algoritmos freudianos

Desde las épocas de Thomas Hobbes y su célebre Leviatán se ha especulado sobre cuál es la verdadera quintaesencia de la sociedad, el porqué los seres humanos se someten a un régimen bajo condiciones de desigualdad, a costo de sus libertades y de sus propios derechos. Hobbes estableció que los sujetos sacrifican su autonomía con tal de salvaguardarse. Algo que a más de trescientos años encuentra analogías interesantes, por no decir aterradoras, con El malestar en la cultura de Sigmund Freud.

Freud se da cuenta que los sujetos tienen la capacidad teórica de vivir bajo el principio del placer, de satisfacer sus deseos, pero que la vida les trae más facilidades para sufrir que para gozar. Desde su comienzo hasta su inexorable fatalidad, la vida es un espacio subyugante. El cambio de la noción de libertad por placer en la comparación con Hobbes me parece acertada e incluso vigente. La sociedad continúa sofocando la libertad en aras de un relativo confort y una cada vez más dudosa seguridad.

Cuando se publicó El malestar en la cultura en 1930, el mundo aún resentía el desastre inútil y casi apocalíptico de la Primera Guerra Mundial, el brote desenfrenado y letal de la llamada "gripe española" y una crisis financiera sin precedentes, amén del fracaso del sueño capitalista y el surgimiento del socialismo y de una sangrienta utopía que lo mismo cobijó a intelectuales y mártires que a déspotas y tiranos. La pobreza y la miseria moral y económica eran los adjetivos calificativos de la época. Bajo el oscuro halo de estas visiones, Freud se preguntó para qué sirvieron la modernidad y el acelerado avance tecnológico e industrial si el progreso equivalía a perder cada vestigio de humanidad, algo que retomarían las huestes intelectuales de la escuela de Frankfurt y sus teorías sobre la “razón instrumental”, ideas que ayudaron a revalorizar la importancia de las ciencias humanas y sociales tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Al igual que lo harían los existencialistas, Freud se cuestionó cuál era el objeto de todo si las personas en lugar de buscar la felicidad se conformaban con no sentir dolor, o peor aún, no sentir en absoluto. Probablemente el horror continuo obligó a las mentes a aceptar aquello poco que el destino podía proveerles. Sin duda una macabra herencia que habría de cernirse sobre las generaciones subsecuentes y de la inminente cultura de las masas. Carne de cañón para el consumismo y la frivolidad.

El dolor por la existencia fue notorio en el conteo de suicidios. Casos como la mítica "Szomorú vasárnap", también conocida como “la canción húngara del suicidio” de Rezsó Seress, pianista y compositor propiamente húngaro, reflejan las crisis emocionales que padecían las gentes en tan infame década. ¿Cómo podía una bella pero melancólica melodía orillarlas a decisiones irreversibles? Tal era la fragilidad de estos tiempos. Curiosamente, no se me ocurre qué hubiera pensado Freud de haber sido testigo del no tan lejano Holocausto, al que no sobrevivieron sus hermanas.

Para Freud, gran parte del supuesto avance cultural traído por la visión iluminista no fue más que un proceso de deshumanización y represión. La gente no es feliz por tres razones claras e inobjetables: tiene miedo de la naturaleza, entienden su mortalidad y se restringen por los convencionalismos y el escrutinio. La primera y segunda razón son innegables y solamente permeadas por el Estado y la religión parcialmente. Es el pensamiento religioso, paradojicamente, el mayor lastre para la búsqueda de la felicidad: alivia la angustia de sentirse perecedero a la vez que subyuga la inteligencia y sobre todo la libertad.

La tercera es más complicada y probablemente donde mejor aplica el estudio freudiano, pues quiere decir que las mismas condiciones que se nos imponen y a las que gradualmente nos adecuamos son fuente de frustración y alienación. La satisfacción de los deseos se ve limitada y muchas veces imposibilitada por las instancias aceptadas, creyendo que de este modo se nos protege de la barbarie y el desenfreno cuando en realidad son las culpables directas de nuestra neurosis.

No hay que olvidar que a pesar de no haber vivido los peores días del fascismo y el nazismo, de no ser testigo directo ni de las ruinas de Auschwitz-Birkenau o de los hongos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, -Sigmund Freud falleció el 23 de septiembre de 1939, en Londres, Reino Unido- el austriaco sí que sufrió en carne propia las cruentas imposiciones de los aliados a las naciones derrotadas tras la “Gran guerra”. Ejemplo fidedigno de la inutilidad de los bandos.

¿Qué tan vigentes son las ideas de quien es considerado “padre del psicoanálisis” en una era donde cada vez más la masa se percibe de manera paradójica como individualista hasta el extremo de la indiferencia? Bueno, el rescate de la memoria es fundamental, pero debemos hacer lo posible para que la saturación de datos, que no es lo mismo que información, no nuble nuestro juicio en tiempos cada vez más polarizados, donde al parecer pretender el justo centro equivale a la apatía.

Puede parecer (seguro lo es) lugar común terminar este texto con una de las frases más celebradas de Freud; sin embargo, permite salpicar de cierto optimismo el dudoso porvenir de la actual “era de la información”: “El designio de ser felices que nos impone el principio de placer es irrealizable; mas no por ello se debe –ni es deseable- abandonar los esfuerzos por acercarse de cualquier modo a su realización”. Continúa teniendo razón.

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