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PARRESHÍA

Angustia de poder

Foto: lfmopinion.com


Poder y realidad.

Entre los comportamientos de los hombres de poder destaca la propensión a acaparar la palabra y pontificar sobre cualquier tema a la menor provocación.

Me han tocado infinidad de veces que preguntan algo para contestarse ellos mismos con lo que podría ser una justificación, para pasar luego a una explicación pseudocientífica y, finalmente, desplegar una ponderación Homérica de su hacer y persona. Las más de las veces los hechos y la realidad no se pliegan a su narrativa, pero eso les tiene sin cuidado, en tanto su discurso los mantenga a resguardo de ello y ocupados.

Curiosamente en estas páginas de LFMOpinión, Guillermo Dellamary publicó ayer un texto que viene en nuestro auxilio sobre la diferencia entre racionalizar y razonar.

Racionalizar suele ser un mecanismo de defensa mental, que mezcla fantasía con lógica y contradicciones con congruencia; que discurre para evitar la comprobación fáctica y pontifica para evadir la deliberación crítica y guarecerse en la doctrina o el dogma. Quien racionaliza no busca escuchar al otro, sino auto convencerse, primero, y vencer, así sea por cansancio, al otro.

Racionalizar es revestir la realidad y, en realidad, encajonarla en un marco teórico; para la tragedia griega, por ejemplo, todo mal obedecía a la intervención de una deidad, más tarde, en el medievo, la hechicería explicaba cualquier descalabro. Al respecto George R. R. Martin nos dice: “la brujería es la salsa que vierten los idiotas sobre el fracaso para ocultar el sabor de su incompetencia”. En nuestra época, por ejemplo, las crisis económicas son culpa de los meses: “el error de diciembre” o no hay falla o desencanto que no devenga del pasado, del neoliberalismo, la corrupción o la austeridad.

Razonar, por el contrario, es un ejercicio objetivo de análisis de la realidad. Razonar es abrirse a la curiosidad, embeberse de realidad, conectar la lógica con la experiencia empírica; dudar.

Quien razona está abierto a la deliberación y al cambio de opinión, no busca reafirmar su prejuicio sino encontrar la razón que le parezca más convincente.

Quien racionaliza se amuralla tras un sistema lógico perfecto y ad hoc, “basado en la deducción y la inducción” como método de fuga. En la racionalización, además, siempre hay buenos y malos, luz y sombra.

Pues bien, el hombre de poder suele ser más proclive a racionalizar que a razonar, más que buscar las causas y razones, hay que construir racionalmente explicaciones que aplaquen nuestros demonios. Diría un clásico, buscamos culpables, en vez de responsables.

Ahora bien, lo importante es determinar por qué.

Una hipótesis es que lo hace por lo que podríamos llamar la angustia del poder. Todo lo que envuelve al poder coloca en un plano privilegiado a quien lo detenta; el trato entre dos amigos cambia cuando uno adquiere poder; súmese a ello el boato que el mismo conlleva y la abyección de que siempre es objeto, interesada o hija fiel del deslumbramiento del poder. A fin de cuentas, el poder es una relación que se expresa en términos verticales: quién está arriba y quién abajo; quién manda y quién obedece.

Ese trato deferente al hombre de poder, creo, genera en él una reacción bipolar, si se me permite el término; por un lado, crea una sensación de poderío y plenitud en quien ejerce la posición de mando; y al mismo tiempo de angustia por estar siempre a la altura de las expectativas de quienes están en condición de obediencia. Reconocen mi poder y me lo hacen sentir, pero su reconocimiento me impone la carga de satisfacerles sin reservas siempre y en todo asunto. Peor aún, mientras más les resuelvo y satisfago, más me demandan. Este incremento sin medida alimenta a cuál más la angustia original.

Las circunstancias del poder crean espacios de privilegio o, al menos, de seguridad y hasta de potencia, pero no necesariamente las condiciones personales y materiales para ser efectivamente poderoso. La mayoría de las veces los problemas suelen ser superlativamente más grandes y complicados que la capacidad e, incluso el entendimiento y ya no se diga el desempeño del sujeto con poder. La complejidad e interconexión de los problemas los hace inacabables, la solución de uno suele potenciar la exigencia de otro y hay problemas globales que rebasan por mucho las capacidades del propio Estado Nación, ya no se diga del gobernante al bat.

El problema es que el hombre en un cargo de poder asume que en todo momento debe mostrarse conocedor, decidido, capaz y seguro; teme que si muestra un filón de duda, un ápice de debilidad o, incluso, la humildad de la ignorancia estará perdiendo poder ante los demás. No hay margen, cree, para una deliberación franca y abierta, la única conversación posible es de arriba abajo y en condiciones de saber ignorancia, poder sumisión, palabra silencio.

La verdad es muy otra, tener una posición de poder no avitualla al gobernante en automático de conocimientos y capacidades; las más de las veces se llega al poder a aprender. Incluso los que saben conocen que lo que ayer fue efectivo hoy no necesariamente lo es y cada problema, así sea reiterado, suele tener su propia impronta y circunstancia. Pero al gobernante le aterra mostrarse desconocedor del tema, humilde ante la compleja realidad, dubitativo frente al problema y su solución, así que racionaliza en lugar de razonar, encubre con explicaciones elaboradas su impotencia, ignorancia y miedos. Crea murallas discursivas para evadirse de la realidad o, al menos, para acomodarla de suerte de serle soportable. De allí el común denominador del gobernante pontificador, parlanchín y necio.

Lo peor de todo es que mientras más hablan nuestros políticos más muestran su miedo.

La verdad es que el buen gobernante no es el que lo sabe todo, lo cual es de suyo imposible, sino quien sabe hacer las mejores preguntas, quien con humildad y paciencia indaga, escuchar, aprender, razonar y pondera. Gobernar no es saber todo sobre de todo, sino estar abierto a razonar sobre un mundo siempre cambiante y sorprendente. Cuando enfrentamos a un político que todo lo sabe ya perdimos toda posibilidad de buen gobierno.

Un buen gobernante, me atrevería a decir, es aquel que escucha mucho más de lo que habla, que pregunta en vez de pontificar, que plantea problemas más que decreta soluciones desde su Olimpo, que respeta y reconoce la terquedad de la realidad. Difícil en estas épocas en donde todos los días hay que aparecer y parecer, discursar sobre todo y nada, y aparentar una sabiduría infinita y un poderío imbatible y omnisapiente.



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“La brujería es la salsa que vierten los idiotas sobre el fracaso para ocultar el sabor de su incompetencia”. En nuestra época, por ejemplo, las crisis económicas son culpa de los meses: “el error de diciembre” y todo desencanto o falla es imputable al pasado, al neoliberalismo o a la corrupción.

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