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PARRESHÍA

El brillo del poder

Foto: lfmopinion.com


Poder y símbolos.

Al Duque de Turín su esposa, Theodeline, regaló en 594 una corona de hierro recubierta con hoja de oro, de suerte de recordarle las cargas del poder que se esconde tras el brillo de su pompa y oropel.

El poder y los símbolos son inseparables. Desde niño me llamó la atención el paralelismo de dos instituciones cargadas de poder y simbolismos: Iglesia y Ejército. Ambas hacen uso de vestimentas que los distinguen y destacan del común de los mortales: uniformes y sotanas; de ornamentos que los engalanan e imprimen status y poder: medallas, tocados, espadines, en el caso militar; anillos, casulla, estolas y crucifijos en el clerical. Su vida está llena de fetiches, heráldicas, protocolos, ritos, ceremonias, desfiles, procesiones, dogmas y una férrea disciplina.

En sus orígenes los poderes político, militar y religioso se hallaban unidos y compartían por igual simbolismos; poco a poco se fueron especializando y separando, sin que por ello cada uno en su esfera de actuación opere bajo símbolos diseñados para deslumbrar. Las coronas reales o bandas presidenciales, los uniformes y banderas militares, los altares en iglesias, las cruces en la procesión, la hostia y el bautismo. Antes, el súbdito se hincaba ante el Rey, hoy los feligreses siguen postrándose ante el sacerdote. Es motivo de viral noticia que el actual Papa, Francisco, se rehúse a que le besen la mano y se hinquen al saludarlo. Todo evento político implica templete y bocinas, un ver al poder hacia arriba y escucharlo sin interlocución posible.

Los desfiles militares siguen siendo un espectáculo, además de una demostración de poder. Las fuerzas del orden, cuando entrar a contener masas desaforadas lo hacen, como los ejércitos, marcando fuertemente el paso de su marcha con objeto de disuadir con el sonido de sus pisadas al adversario. Las procesiones y ritos religiosos movilizan millones de personas (12 de diciembre), y los simbolismos del poder político siguen gozando de fuertes atavismos en el inconsciente social que se expresan, en nuestro caso, en un sincretismo de Gran Tlatoani, conquistador, misionero, emperador, virrey y caudillo. No en balde el actual gobierno recurre a algunos de ellos para identificarse gráficamente.

Hitler y Goebbels fueron los primeros en explotar los símbolos en forma masiva: grandes concentraciones engalanadas con inmensos gallardetes y banderas, coronadas con un pódium faraónico en cuyo centro y cúspide se ubicaba el poder, de suerte que quién en él aparecía era el ente de imputación del poder absoluto. Stalin tropicalizó a Goebbels en los kilométricos presídiums soviéticos, tan afines al priísmo corporativo.

Un poco más modesto en proporciones, más no en efectos, es nuestro balcón central de Palacio Nacional: quien en él aparece y toca la campana es quien manda. Las mañaneras son una versión de manejo de símbolos sin duda alguna.

Pues bien, los símbolos siempre han acompañado el poder, pero nunca habían osado substituirlo. Los hombres de poder entendían su brillo (del poder) como un instrumento. Cargaban pesadas coronas, sometían su trasero a incómodos tronos, se soplaban aburridísimos protocolos y se disfrazaban con estrambóticos vestuarios, pero los entendían funcionalmente, como instrumentos del poder diseñados para deslumbrar al gobernado, entretenerlo e, incluso, distraerlo de suerte de dejarlo operar la pesada tarea del timón.

Si el gobernado viese lo desabrido, complejo, difícil y, a veces, inútil y frustrante de la tarea gubernamental; si supiese lo denso de cada asunto, su entramado de telarañas y las presiones de los intereses en juego; si pudiese observar al gobernante en el agobio de la decisión, en la soledad de sus desvelos, en la angustia de su verdadera impotencia, no quedaría glamur en el poder, ni brillo en su personalización, ni encandilamiento posible. Por eso, también, el gobernante debe siempre mostrar su mejor cara, discursar bienaventuranzas, afirmar seguridad en el rumbo y garantizar destino. Recuérdense los daños políticos y económicos de la percepción del leguaje corporal de un Salinas ojeroso, sin rasurarse y abatido tras el asesinato de Colosio, tratando de apaciguar las aguas con “un no se hagan bolas”.

El único que no nos engañó fue Jesucristo, su corona fue de espinas, como en realidad siempre son todas.

El poder siempre ha estado asociado a la luz y al brillo. El presidente, decían los viejos priístas, es el sol, todo lo demás gira a su alrededor y es reflejo de su luz; mucha cercanía chamusca y demasiada distancia mata. Por ello, cuando el presidente se enojaba con alguno de sus colaboradores se decía que éste estaba congelado. En la antigüedad, gozar del aprecio del Rey era gozar de su luz, por tanto, de ser visto, distinguido de entre los demás de la Corte, tener voz y mando, por gozar del acceso al oído y secretos del monarca; en tanto que caer de su gracia era caer en las sombras y hasta en la oscuridad de las mazmorras.

Saturno reina en la oscuridad, alejado de la “civilidad” del Olimpo de Zeus y es capaz de devorar a sus hijos, matar a su padre y precipitar a sus hermanos al tártaro. Un político sin brillo es un ser condenado a Saturno, a su oscuridad y antropofagia. Pero el Saturno romano es el Cronos griego, que en confabulación con la hibrys (desmesura), terminan por devorar al hombre de poder, en nuestro caso no por Saturno, sino por sus propios hijos que primero lo encumbra y luego lo adoran, pero siempre terminan por odiarlo, tragarlo y regurgitarlo

Los mexicanos estamos condicionados a ver los holanes del poder. A veces, inexistentes, los imaginamos sobre el Rey desnudo, porque necesitamos creer e imputar el poder en alguien que nos salve y proteja cual padre todo poderoso. Los publicistas lo saben y lo manejan a la perfección, con una salvedad: su saber es exclusivamente sobre lo que brilla y encandila, licenciados en envoltura y modernos sofistas de la percepción; pero solo el que carga la corona de hierro, se sienta en el trono espinado y le corresponde responder y resolver, conoce la cara oscura del poder. Porque en algo fallaban los viejos priístas, el astro asociado al presidente no es el sol sino la luna, con su cara iluminada y lado oscuro.

Poder y símbolos siempre van de la mano, pero no se confunden. Gobernar no es solo manejo de símbolos, gobernar es una tarea, como decía Díaz Ordaz, de los sesenta minutos de la hora, las veinticuatro horas del día y los trescientos sesenta y cinco días del año. Con un agravante, en el gobierno los marcadores no se acumulan: todos los días se empieza en ceros, como los alcohólicos, es una labor de día a día sin triunfos definitivos.

Por ello, cuando los símbolos empiezan a perder su lustre encandilador, cuando la patina de oro se rasga y deja ver el hierro o el cobre de la corona, cuando el oropel no logra ocultar la fealdad, la cojera o la desnudez del Rey -lo cual sucede más temprano que tarde-, al gobernante solo le quedan los resultados efectivos de sus acto de gobierno. A veces no son suficientes, otras no los hay, o ya es muy tarde para intentarlos, o bien jamás existió capacidad de producirlos.





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