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PARRESHÍA

Carrera contra el destino manifiesto

Foto: lfmopinion.com


La locura, el nuevo imperio.

Siendo joven escuché muchas veces que Díaz Ordaz había dado al PRI 30 años más de vida con su actuar en 1968. Dos cosas siempre me inquietaron de esta afirmación. La primera era su reduccionismo; la complejidad del primer fenómeno de escala global se simplificaba para ajustarse a la miopía partidista, obviando así las profundas y diversas implicaciones del cambio de época que anunciaba; la segunda era que la afirmación, en sí, reconocía que el sistema hegemónico había llegado a su fin y todo lo que viviera en adelante serían horas extras.

Con independencia de lo acertado o no de lo dicho y de mis cuestionamientos, lo cierto es que toda organización tarde o temprano privilegia por sobre sus fines ideológicos y programáticos la más descarnada de las conservaciones, y el Estado por sobre cualquier otra.

Por ejemplo, mucho antes de que empezara a estudiar al Estado, ya se hablaba de su crisis terminal; cuando se fundó la carrera de Ciencias Políticas y Sociales en la UNAM (1951), su temática central ya era la viabilidad del Estado Nación; la impotencia a que éste ha sido arrinconado por la globalización, así como por las fuerzas del crimen organizado, también de escala global, y los desdoros que sufren democracias y sistemas de partidos, propios del Estado moderno, acreditan como las entidades, ante retos a su subsistencia, se cierran a cualquier otra posibilidad que no sea su conservación para alargar lo más posible su persistencia.

Los organismos vivos proceden de igual manera, al menos así lo aprecio: ante un peligro a su existencia concentran todas sus energías en sobrevivir; se sabe de personas que saltan bardas de gran altura, remueven obstáculos de basto peso o caminan con impactos de bala en el cuerpo en un trance de salvar la vida.

Pues bien, lo mismo pasa con los gobiernos, partidos y Estados, es la esencia del Leviatán; una vez echado a andar el Frankenstein éste, como cualquier organismo vivo, lucha por subsistir, incluso a costa de su creador.

La historia de los imperios lo muestra; todos, sin excepción, se revolcaron en la putrefacción de su agonía tratando de conservar jirones de hegemonías y pasadas glorias frente a situaciones que, hacía mucho, habían dejado de controlar.

Por otro lado, nosotros mismos nos cerramos a imaginar, siquiera, un mundo sin partidos, sin la democracia y sin Estado Nación, como si la triada hubiese existido siempre y con impecables resultados. Toda formación deforma, decía el clásico; es la ceguera del paradigma, en Chernóbil los científicos rusos sostenían, frente a la evidencia e inminencia de la catástrofe, que el accidente era imposible simple y llanamente porque no encuadraba en su entendimiento aprendido. Hay, incluso, quien sostiene que los primeros taínos que divisaron las naves de Colón no las veían realmente, porque eran algo ajeno a su capacidad de comprensión y lenguaje visual, circunscritos a su mundo conocido.

Regreso entonces al 68, si me lo conceden, al menos para desarrollar mi argumento: si Díaz Ordaz brindó al PRI 30 años de vida adicionales, lo único que hizo fue prolongar una larga y lastimosa agonía.

En ese mismo orden de ideas, pero con otro argumento, mi hijo sostiene que el 2018 es producto directo del 2006. Si en aquel entonces hubieran dejado llegar a Andrés Manuel, no hubiese arribado con fuerza tan imbatible, las instituciones nacionales, entonces, no estaban tan desquebrajadas, el sistema de partidos no sufría su actual nivel de desencanto ni el enfado social estaba tan desbordado; la presencia de su otrora partido (PRD) en Estados y Congresos estaba más que acotada y a su interior enfrentaba los equilibrios propios de toda organización plural; finalmente, las tentaciones autoritarias de López Obrador hubieran tenido escaso margen de acción; en lugar de ello, al cerrarle el paso, se le abrió, 12 años después, las condiciones irrefrenables de que goza de cara a una vida institucional en crisis, oposiciones testimoniales, polarización aguda, contrapesos inexistentes, crisis mundial y su bagaje de recelos, prejuicios y rencores.

Por supuesto que es muy fácil arreglar el pasado cuando se le observa desde el futuro, pero el verdadero político es aquel que sabe leer en tiempo real los vientos de cambio, en tanto que el estadista es aquel que se atreve a adentrarse en la tormenta para llegar a puerto seguro, en vez de correr frente a ella hacía aguas profundas y sin más rumbo que el de su temor al viento y el de la nada segura.

Pues bien, observo en Trump un fenómeno parecido; por un lado, el imperio toca a su fin y no es un problema achacable a terceros. Es ley de vida. Su modelo de desarrollo y estructuras financieras mundiales son un castillo de naipes en medio de un huracán telúrico; conserva, sí, su gran poderío militar, sin liderazgo ni credibilidad y, sí, con urgencia de gastar balas y bombas para dar respiración de boca a boca a su industria de guerra. Cual ostión en limón el presidente twittero se retuerce tratando de evitar lo inevitable: América (la de ellos) jamás será grande de nuevo, porque su tiempo se acabó. Los golpes espectaculares y de ciego que atestiguamos pretenden alargar su presidencia a base de bravuconadas de espectáculo de lucha libre.

Para él no hay largo plazo, ni perspectiva geopolítica, ni existencia del otro. Vive en el hoy y aquí de su enajenación reeleccionista, creando problemas para paliar problemas, abriendo hoyos para tapar hoyos. Como muchos hombres de poder, responde a su impotencia con un “después de mí, el diluvio.

Su comportamiento es más cercano al del promotor mediático de espectáculos de lucha libre (que era), al de un estadista.

Sostiene Tucídides, citando a Gilipo, que “luego que unos hombres son vencidos en aquello que se consideran superiores, la opinión que de ellos mismos les queda es más débil que si no se hubiesen formado antes esa ilusión y, engañados por esa esperanza de su gloria, también se abandonan a la fuerza no real de su poderío.”

Todos los pleitos de Trump carecen de sentido de la realidad, son una especie temeraria de enajenación y odio; una fuga hacia delante sin valoración de antecedentes, circunstancias, posibilidades y consecuencias. Si tiene que incendiar al mundo para apaciguar los fantasmas que atormentan su ego desbocado, lo hará. No es un problema de bonitas y sagradas amistades, es enajenación descarnada.

Vayamos ahora al caso del punto ciego de los paradigmas, en Chernóbil, el tiempo que perdieron los científicos en negar dogmáticamente que lo que estaba sucediendo, en vez de admitir la posibilidad de que todo su conocimiento sobre energía nuclear era falible o, al menos, embrionario, condenó a la peor de las muertes a muchas personas.

Algo similar queremos hacernos creer, no somos capaces de aceptar que estamos en un mundo que tiró por la borda lo aprendido en la primera mitad del siglo pasado, que la sensatez es un concepto vacío y que la política dejó de ser un arte de la inteligencia. El tema no es cuestión de aspirinas y tés de tila; tampoco es una pesadilla de pronto exorcismo.

La locura impera.

Jugamos a la ruleta rusa todos los días... aquí, allá y acullá.




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