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RAÍCES DE MANGLAR

La Cata (I)

Foto: lfmopinion.com


La frustración.

“¡Chingaos chamacos!”, reclamó la anciana. Los niños, sorprendidos, la miraron con espanto. “Ahí viene la Cata”, dijo uno de ellos. Un recio varazo chilló en el aire. El más pequeño, distraído por el crujir de las tortillas, recibió el fuetazo. “¡Ay!”, gritó de dolor. “¡No le pegue a mi primo!”, exclamó alarmado otro de los niños. “Pues no pisen mis tortillas, hijos de la chingada. Siempre me hacen lo mismo”, respondió enfurecida. “Ya vámonos”, ordenó el mayor, no sin antes rematar: ”Pinche viejita culera”.

Malacostumbrada a esa infancia destartalada y cruenta, Doña Catalina Gómez solía estar al pendiente de las travesuras de los niños, pero está vez le habían comido el mandado. Un cansancio crónico fatigaba su temple y cada vez le era más difícil mantenerse a las vivas. Atraídos por la mala saña y esa sensación crujiente bajo los zapatos, los niños de la colonia Aquiles Serdán asediaban el trabajo de Doña Cata con una constancia tal que resultaba perversa.

Aunque las tortillas duras terminarían como rancios totopos para los chiqueros, aquellas chiquilladas se traducían en mermas para Doña Cata. Pérdidas que, en su condición de anciana abandonada, no se podía permitir. Eso sin contar la amarga bilis y el dolor de espalda cuando se agachaba para recoger el desastre.

Cuando todavía tenía cierto aplomo, a Doña Cata la respetaban los vecinos por sus costumbres de mujer trabajadora y anciana venerable, pero cuando los años volvieron pesados los costales con tortilla seca y su calzado enmarcaba la irremediable pobreza en que vivía, terminó siendo una grieta más entre esos muros carcomidos por la intemperie y las ratas.

Agotada y con escaso amor propio, mandó al cuerno su aseo personal. Eso terminó con el trato ajeno. Ofendidos por su fetidez, los vecinos fueron poco a poco retirándole el saludo. Al mote de “Doña” lo sustituyó un cruel y peyorativo “la”. Su hosquedad no ayudó a enmendar su gastada imagen, tampoco su boca chimuela. Sólo los chachareros y los pepenadores del rumbo la trataban. Siempre tuteándola. “Ahí va la Cata”, decían.

El hogar de Doña Catalina era todo menos confortable. A la puerta de fierro oxidado seguía un pasillo formado por tiliches y costales con PET, cartones y cajas de refresco vacías. Todo embarrado de suciedad y costras de polvo espeso. Los hoyos en el suelo siempre tenían charcos de agua maloliente y en el lavadero se acumulaban platos y vasos con rababa, desgastados por el uso. La casa constaba de dos cuartos y un baño que si no fuera por el drenaje tendría todo para ser fosa séptica.

Su habitación era una réplica del exterior. Muros cubiertos por pacas de ropa, cobijas, una cama de tamaño individual con chipotes y agujeros donde se asomaba la esponja y en un mueble una televisión y una radio apenas funcionales. Pasaba Doña Cata un buen rato acomodando la antena hasta que recibía señal. Ver la tele era parte de sus ratos apasibles, aunque constantemente tenía que estar asomándose a la calle. Sus tortillas secas y los niños maldosos eran una preocupación constante.

Aquellos niños le recordaban a Chuy, su nieto, el último familiar que tuvo cerca. Chuy fue el drama de su vida. El muchacho tenía tres años cuando Leticia, su madre, murió víctima de una pulmonía mal atendida. Aunque su abuela se hizo cargo de él, sólo lo mandó a la escuela hasta que aprendió a contar y a leer. Después de eso lo obligó a ayudarle con la pepena y a vender dulces en las avenidas.

Chuy no era un niño desobediente, aunque sí tenía el carácter propio de quien pasa dos terceras partes de su vida caminando sobre el asfalto y merodeando entre el tránsito. A su infancia la buscaba entre latas de solvente y bolsas con pegamento. Para Doña Cata las drogas y el alcohol nunca fueron una alternativa para aliviar la ansiedad, así que verlo llegar con los ojos rojos y el semblante idiotizado era intolerable. La única ayuda que creía ofrecerle a su nieto eran aquellos silbantes varazos que le dejaba caer con toda su frustración.

Y frustración era lo único que Doña Cata conocía. Frustración de sus duros años de niña vejada, de su pobreza irreparable, de los golpes y violaciones de su padre y hermanos, de la apatía de su madre, de la muerte de su hija y el abandono de su marido. “Chingado escuincle. No vas a ser un hombre de bien”, decía y los chiflidos de la vara estallaban en un plas plas seco. “Ya no me pegue abue, ya no me pegue”, rogaba Chuy cada vez que lo azotaba y Catalina repetía, “No vas a ser hombre de bien” y las palabras se clavaban en Chuy como las astillas de aquella vara intransigente. No paraba hasta que veía al pobre niño reducido a una bola de huesos y carne hinchada y entonces lo consolaba, porque muy en el fondo sabía que aquel chiquillo era lo único que tenía para ella. Y su llanto le quebraba el alma y después de secarle las lágrimas le servía de comer tacos de frijoles con salsa de los jitomates que Chuy recogía en los tiraderos de la Merced. Entonces Cata apelaba a la culpa y a la religión para amedrentar al muchacho y, con el temor de Dios como apoyo, amenazaba con ajusticiarlo otra vez si es que volvía a llegar drogado, pero aunque Chuy siempre aceptaba los cargos y consecuencias, poco valía porque en un par de días la escena se repetiría en un bucle inútil.

Cayó la desgracia cuando los sermones se volvieron realidad. Antes de alcanzar la adolescencia, Chuy amaneció apuñalado en el basurero del mercado local. El cuadro no podía ser más horrible: Él, con los ojos fijos, saltones, como si su último aliento lo hubiera dado mientras veía su vida escurrirse entre las rendijas de una coladera cercana, la sangre mezclada con los jugos hediondos que salían de unos costales con verdura podrida, la ropa sucia y hecha jirones, las manos queriendo tapar los huecos ya un poco negrecidos, hechos con saña y picahielos; ella, con el desgarro inutilizando sus sentidos, como si gritar le ayudase a flotar sobre toda esa miseria. Y la culpa omnipresente, por haber maldecido una y cien veces al fresco difunto.

Sus manos arrugadas acariciaron en una suerte de tierno letargo los maltratados y sebosos cabellos de Chuy, pegajosos por la mugre y la sangre, hasta que una ambulancia de la Cruz Verde se lo llevo. Los curiosos no dejaron de murmurar sobre la escena. Catalina tuvo que soportar cada una de las maledicencias. Fue la última vez que aceptó lástima de ellos. De ahí en adelante se volvió una mujer resentida por su mala estrella. El consuelo de quien fuera le sabía a hiel. Lo peor es que del crimen nadie salió culpable, pues al hecho de que Chuy nunca fue querido en el barrio se le sumaron la incompetencia de las autoridades y su franco desinterés por la suerte del marginado.

Fue así que el dolor redujo a Catalina hasta convertirla en el pequeño ser que terminó siendo. Amargada y enferma, sus mayores ingresos los obtenía vendiendo tortilla seca a los criaderos de puercos de la zona. Todos los días tenía que lidiar con la impotencia de verse cada vez más débil y lenta. No había épocas de tranquilidad para ella. Ya sea por descuido, juego o maldad, los niños siempre terminaban pisando las tortillas, las hacían polvo. No había disculpas ni contemplaciones para la anciana. A través de sus ojos, los infantes sólo veían a una vieja bruja, desaliñada y olorosa. En la perspectiva de ella, esos niños eran un desperdicio de vida. Si hubiera podido habría dado cada una de esas almas para recuperar a Chuy, su niño mártir, quien nunca pudo ser hombre de bien y a quien quiso y odio tanto. ¿Cuántas veces no deseó en silencio que Dios le arrebatara aquella carga? ¿Cuántas veces no se imaginó que el muchacho se perdía entre esas colonias opacas para no más volver? ¿Y cuántas veces no se arrepintió en el acto de estos pensamientos?

Era Chuy su único nexo con su humanidad. En su vida nunca hubo amor ni dicha; sólo sufrimiento y trabajo. Sus memorias estaban repletas de imágenes viscosas y fétidas. Era tanto su rencor con el destino. Si no se atrevía a maldecir a Dios era por la costumbre que le inculcaron a golpes, la misma costumbre que de niña le obligó a soportar la peste alcohólica y el peso de su progenitor sobre su desnutrido cuerpo: “Honrarás a tu padre y a tu madre”, le hicieron repetir hasta que fulminaron su voluntad. Aquel, con su asquerosa lascivia; aquella, con su mudez incomprensible.

Triste era ver cómo Doña Catalina sobrevivía sus días en plena aspereza moral, como si sólo esperase el rayo fulminante. No sospechaba que su final llegaría de la manera más desafortunada y en la forma de un verdugo cruel. Su ya perpetua lentitud y cansancio no le permitieron ver la sombra inmisericorde que se coló por los pasillos de su carcomido hogar.

(Continúa)

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Y frustración era lo único que Doña Cata conocía. Frustración de sus duros años de niña vejada, de su pobreza irreparable, de los golpes y violaciones de su padre y hermanos, de la apatía de su madre, de la muerte de su hija y el abandono de su marido.

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