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PARRESHÍA

Damnatio memoriae

Foto: lfmopinion.com


Castigo a no haber nacido.

A la acción se le conoce bien hasta que acaba. López Obrador, como jugador de beisbol lo sabe: el juego se define hasta el último out.

La acción política, lo dice Arendt y lo enseña la historia toda, es imposible valorarla sino hasta que concluye; mientras tanto es algo vivo, en curso, haciéndose; no hecho y menos concluido.

Napoleón, gran conocedor de la historia clásica lo sabía. Una vez, regresando de una de sus campañas, encontró a medio construir un arco triunfal para conmemorar su victoria, de inmediato lo mando derruir; sabía que el juicio de la historia es inapelable y se empieza a escribir cuando el gobernante ya no tiene derecho a palabra, acción, pluma ni opinión.

El Meme Garza González, viejo priísta, solía decir que los expresidente solo tienen derecho a dictar si epitafio, no importando el poder que en funciones hubiesen acumulado.

No hay verdadero hombre de poder que no le tema a la historia; algunos llenan de plaquitas la nación, para que las generaciones futuras los identifiquen por sus obras; otros enamoran a la intelectualidad para que laude sus actos; hay quien hace puntual crónica de sus años y sus días, construye palacios y quien publica en impreso toda la palabra que de su boca sale. López Obrador le apuesta a las mañaneras y al mitín, antes que al acto de gobierno, a la certeza en el timón o al puerto de destino… de haberlo.

Escribe su historia a base de verbo, concentraciones y matracas.

No es el primero ni el último que quiere vencer la historia; Tlacaelel quemó los códices buscando reinventar un destino manifiesto a los mexicas, Cortes enterró bajo iglesias los templos paganos, no solo para sepultarlos, sino para, sobre su panteón "(Pán, “todos”; Theus, “dios”), despuntar el sincretismo, especie de mestizaje de religiones, divinidades y cultos. Los emperadores romanos plantaban esculturas por doquier e imprimían monedas con su efigie. Todo hombre de poder, cada quien en su ambición y pavor, vive bajo el tormento del mañana.

Akenaton cambió dioses, historia y dinastía; Caligula, influenciado por su madre, por el rencor contra el ostracismo de que su familia fue objeto y, muy señaladamente, por la locura de Tiberio, quien finalmente lo hizo emperador, trató de cambiar Roma. Todos fueron sujetos de "damnatio memoriae. Asirios, babilonios y por supuesto persas lo habían sufrido antes.

La "damnatio memoriae es el castigo de “no haber nacido nunca”. Ya no haber gobernado, simplemente se era borrado de la historia.

Las esculturas del emperador eran destruidas en una noche, su efigie en las monedas fundida en reciclaje, sus discursos quemados, su nombre abolido ("abolitio nominis, su nombre no podía pasar a sus descendientes, si es que salvaban la vida); su gobierno era borrado: "rescissio actorum, la recisión de sus actos que quedaban, así, sin efectos ni recuerdo.

La condena a la no memoria tuvo muchas formas de expresión. Jamás se sabrá, es parte de la "damnatio memoriae contra la historia previa al Imperio Romano, pero es muy probable que el incendio de la Biblioteca de Alejandría no haya sido accidental y fuese parte de la construcción del cesariato por Julio Cesar.

Pero nadie sabe para quien trabaja, el Senado Romano hizo de la "damnatio memoriae acto de gobierno e instrumento legal por medio del cual la aristocracia cobraba las afrentas al déspota: sus bienes era confiscados, su familia desterrada, sus partidarios exterminados, su legislación abrogada.

"Mutatis mutandi lo que López Obrador hace con las reformas peñistas, el NAIM, Ayotzinapa y el neoliberalismo.

Frente a la apoteosis, proceso de ascender al cielo de los dioses (los emperadores al morir, se suponía, se convertían en divinidades, se les construían templos y se les reconocía, incluso, en estrella en el firmamento), la "damnatio memoriae: la nada. Ni siquiera el olvido, la inexistencia.

Imposible saber quién gane esta guerra del hombre del poder contra la historia, pero ésta muestra un marcador abiertamente a su favor.

La historia se escribe al final, no al principio; la escriben no los que la hacen, sino quienes la juzgan y no por mucho madrugar amanece más temprano.

Sé bien que Díaz Ordaz no es santo de devoción y sí uno de tantos sujetos a la "damnatio memoriae, no obstante lo cito porque él sí sabía de lo ineludible del juicio histórico, por ello cerró su último informe con aquel: “me someto a su juicio inapelable”.






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Frente a la apoteosis, proceso de ascender al cielo de los dioses (los emperadores al morir, se suponía, se convertían en divinidades, se les construían templos y se les reconocía, incluso, en estrella en el firmamento), la "damnatio memoriae: la nada. Ni siquiera el olvido, la inexistencia.

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