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RAÍCES DE MANGLAR

Imperio de basura

Foto: lfmopinion.com

El olor a muerte cala en la garganta, pero no parece importarles mientras rebanan las piernas del caballo. Tampoco les importa de qué murió. Lo botaron de una camioneta en movimiento y ya. Es todo lo que saben. La peste y las moscas exacerban la miseria. El festín se lo disputan con los perros. Son tierras estériles. Las grandes maravillas son una laguna pálida de enfermedad y las recientes lomas de cascajo. Es el Chimalhuacán de 1985.

El equino muerto es novedad. Últimamente sólo llegan camiones repletos de escombros. Pedazos de oficinas derrumbadas, de casas vueltas tumbas. Pedro Camerino pica trabes y castillos. Les saca las varillas y las acomoda en su carretilla. Mucho se dirá de él y de su estirpe, de su creciente fortuna a costa de la basura. Los vecinos viejos y nuevos, despóticos y envidiosos, les dicen “Los Camerinos”. Importará después. Por ahora sólo interesa el hombre que destroza láminas de grueso concreto.

En este paisaje miserable los años pasan lento. Van y vienen los simpatizantes de éste y aquel partido político. Les sueltan el progreso poco a poco. Una banqueta por aquí, un drenaje por allá y todo se va llenando de chapopote. Los perros callejeros nacen y mueren en los terrenos baldíos, la mayoría envenenados o apaleados. No es raro hallar canes cojos, tuertos, roñosos y muy de vez en cuando uno que otro caso de rabia. Los niños juegan fútbol en el lodazal o pescan ajolotes y ranas en los charcos mientras los padres lidian con las inundaciones veraniegas.

Pero el progreso se arrastra despacio entre aquellos vecinos que todo toleran y poco a poco el dengue y el cólera van cediendo paso a enfermedades más llevaderas. De los estados llegan familias enteras y van poblando aquel cerro que un día lució pelón y verdoso. La mancha urbana se extiende y con ella la antología de historias invisibles.

Es el Chimalhuacán actual. Abundan las paredes con propaganda del PRI. El sepia de aquellos fieros años cambió a favor de una fealdad grisácea y caliente. Tuvo que ahogarse un niño para que la laguna se volviera campo de fútbol y las toneladas de escombros sirvieron para rellenar las irregularidades del relieve. Cuatro casas y tres camionetas después no bastan para borrar el estigma sobre Los Camerinos. Algunos dicen que de no haber sido por el terremoto, Pedro y su familia seguirían recogiendo fierro viejo y botellas de plástico. Ahora tienen empleados que se ensucian por ellos y sus locales están atestados de basura y material reciclable. Las plagas de ratas y cucarachas en las cercanías son inextinguibles gracias a ellos.

Hombre moreno y solemne, de bigote tupido y con una anchura en los hombros que contrasta con su baja estatura. Así es Pedro Camerino, quien contesta seco, con monosílabos cuando es posible. Ninguna pregunta lo perturba. Dudo en lanzar el derechazo. Pienso en lo mucho que podría ofenderse si no encuentro el tacto para plantearle mis mejores dudas. Me decido. Recibe la interrogante, primero con un gesto de incredulidad, después con una seriedad que me hace sentir como si hubiera roto algo. “Sería idiota si no aprovecho”, responde huraño. “Sí es cierto que me empezó a ir mejor por el temblor, pero yo todo lo trabajé bien. No le robé a nadie, no le afectaba a nadie. Si no lo hacía yo, algún otro abusado lo hubiera hecho. Es un trabajo decente. Y antes de que me preguntes, no, nunca me encontré ningún dedo con anillo, ningún brazo con reloj. Todo mi dinero salió de la reciclada. Nada más”.

Me da la espalda y termina de golpe con la entrevista. Quiero explicarle que no intentaba ofenderlo y que sólo quería entrevistar a alguien que hubiera vivido el desastre con una perspectiva original, pero antes de poder decir algo me increpa: “¿Quién te dijo que me preguntaras? ¿Para qué me vienes a decir a mí? Ustedes ni nos hablan. Tu papá nunca se llevó bien conmigo. ¿Sabes qué? No me digas. Mejor ve y dile a quien te mando que vaya y chingue a su madre”. Atiné. Toqué una fibra, pero decido no continuar. Es cierto lo que dice. No conozco a este hombre. Me disculpo y me voy.

Noto que tiemblo (¿de miedo?). La impresión es fuerte. Pese a ello, obtuve más de lo esperado. ¿Dedo con anillo? ¿Brazo con reloj? Con mis pensamientos todavía en brumas, me doy cuenta que tampoco conozco del todo esta calle, ni siquiera después de haberla caminado por más de 30 años. Es un Chimalhuacán inhóspito, de calumnias y maledicencias. El Chimalhuacán actual es, a su manera, tan torcido y tan turbio como el de los cadáveres de caballo y los montones de basura.

Suena el clac clac del pico y la otra onomatopeya larga y molesta que hace rechinar los dientes de las palas y la tierra. Es otra época. Años más lentos, aunque igual de inciertos. El olor a comida al carbón y un largo hilo de sudor cosquillea la afilada nariz de Pedro Camerino. Se le acerca un muchacho, un puberto de once o doce años. Es su hijo Galino. Le trae un plato con bistec de caballo y un vaso con Coca Cola.

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