RAÍCES DE MANGLAR

El dilema de la libertad: incongruencia de la sociedad disciplinaria

El dilema de la libertad: incongruencia de la sociedad disciplinaria

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El reloj ha sido siempre la perfecta metáfora de la disciplina. Lo que pasa cuando alguno de sus engranes se rompe es similar a lo que ocurre en la sociedad cuando un miembro no cumple con el lugar que el sistema productivo le ha asignado: deja de funcionar parcial o totalmente. ¿La solución? Cambiar la parte averiada por una funcional. El destino de los sujetos que difieran de alguna manera con el artefacto social no es distinto.

El enfoque de la siempre creciente y contaminante sociedad de consumo es estigmatizar y deshumanizar. A los individuos se les ve como objetos. En un hospital, un médico sin imaginación social no ve en un paciente todos los componentes del ente humano (vivencias, valores, aficiones, emociones, etc.), sino enfermedad, un caso más y un objeto de estudio. El sujeto "A", el sujeto "B", el sujeto "C". La misma palabra 'sujeto' pierde su esencia cuando va impresa junto a fórmulas, números y simbología macabra. Al desvirtuarse estas nociones, el sujeto deja de tener nombre y se convierte en estadística. Lo mismo pasa en las fábricas, escuelas y particularmente en la milicia y las prisiones. Todas con más similitudes de las sospechadas. Sin duda, los procesos de la sociedad disciplinaria no tienen miramientos.

Así como cada cosa necesita un contrapeso que lo nivele, también hay conceptos que uniéndose a otros establecen los regímenes, así sean reales o morales. Al de la disciplina lo complementa el castigo. Tan ingenuamente hemos caído en la idea de que con cada generación nuestros métodos para tratar las disfunciones son más humanos, menos crueles. De la humillación y el suplicio público pasamos al encarcelamiento, creyendo que éste actuaría como agente purificador del mal y lo peor, ignorando sus obvias contradicciones: ¿cómo pueden un hombre o una mujer aprender a actuar responsablemente como sujetos libres cuando se les está privando de la libertad misma? ¿Cómo pueden llegar a creer en la redención cuando su mismo sistema está más basado en la venganza que en la justicia?

Cuando el proceso rinde frutos estos no pasan de ser simples mutilaciones morales al castigado, transformándolo convenientemente en un ser dócil, temeroso y sin voluntad, pero funcional para el sistema. En cambio, cuando fracasa en su objetivo alienante, crea sujetos reincidentes que hacen de la inmoralidad y el delito su modo de vida. Pregunta seria, ¿acaso no operan las prisiones como centros operativos algunas de las más productivas organizaciones criminales? Como dije, aceptamos que existan esta clase de contradicciones que supuestamente tienden hacia la normalidad, pero que nunca transforman esta palabra en otra cosa que no sea la mera abstracción.

El manejo de estos espacios que plantea Michel Foucault en Vigilar y castigar nos muestra la intención rigurosa y organizativa que se tenía de las cárceles antaño. El objetivo intrínseco fue el de la transformación del sujeto y en el alba de su creación fracasó estrepitosamente. ¿Por qué entonces mantenemos incluso con nuestros impuestos estas instituciones que sólo han agravado en gran medida la situación? Que la verdad sea dicha: no sabríamos qué hacer con los criminales y preferimos transferir responsabilidades aun sabiendo las consecuencias ineludibles. Así como en México hemos demostrado no ser dignos del ejercicio democrático, no tener la capacidad de ejercer la libertad sin comenzar a añorar la paternalista y siempre agraviante forma de actuar de nuestros gobiernos, asimismo en nuestras particularidades no sabemos lidiar con la responsabilidad que conlleva ser padres y educadores. A 30 años de la catástrofe ambiental que augura la Organización de las Naciones Unidas, es muy probable que jamás seamos testigos de una verdadera maduración, tristemente.

Está claro que el objetivo principal de la sociedad disciplinaria es la producción. Cada acción tiene una repercusión e igualmente cada inacción conlleva una consecuencia. El mítico "Gran hermano" de George Orwell no está tan alejado de nuestras realidades como quisiéramos y lo peor es que la vigilancia y el juicio vienen de afuera y dentro de nuestros círculos. Nuestro pensamiento, adormecido y adiestrado, nos limita, nos reduce a simples marionetas bajo merced de una mano siniestra. Una vez más, la analogía a aquellos cerdos orwellianos que con demagogia nos ofrecen la utopía, pero que al menor descuido (y aunque nos cuidemos) nos reducen a mera carne de mercado.

La prisión sirve como ejemplo por antonomasia del grado de descomposición moral al que hemos llegado, pero no es ni por asomo un fenómeno exclusivo de dicha instancia. Desde los alarmantes feminicidios hasta las desapariciones forzadas, sin dejar de lado la reciente muestra de desconfianza pública hacia nuestro actual y virtualmente en desaparición fuerza policial, sobran ejemplos del daño al tejido social. Muy difícilmente la Guardia Nacional podrá resarcir este panorama. Es cierto que abundan los charlatanes que creen que el cambio está en uno mismo, que sin el menor indicio de sentido social, crítico, analítico o antropológico predican su ingenuidad sin tomar en cuenta las contextualidades, pero es difícil no querer echar un vistazo a su barato panfleto cuando la misma otredad no reconoce en nosotros algo más que objetos insensibles. Mano de obra en fila hacia una oficina de "Recursos humanos". Víctimas reductibles y reducidas de las sociedades disciplinarias.

Como muestra de todo lo anterior, nuestra apatía figurada en una cita del mencionado Foucault: "La prisión fabrica delincuentes, pero los delincuentes, a fin de cuentas, son útiles para el campo económico y para el campo político. Los delincuentes sirven". Ante este panorama es fácil perder la fe.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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