PARRESHÍA

Nada nuevo bajo el sol

Nada nuevo bajo el sol

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Pericles y la 4T

“Nada nuevo bajo el sol”, reza la máxima que corrigió Teilhard de Chardin haciendo ver que en un cosmos que evoluciona la novedad es el surgimiento en él de la vida inteligente; si es que aún creemos en ella, en la inteligencia, cosa difícil de hacer en estos aciagos días.

El hecho es que la Cuarta Transformación no tiene nada de novedad, antes bien es tan vieja como la memoria nos permite constatar.

Pericles vivió 500 años antes de la era cristiana, pero fue un hombre de la 4T cual el que más. Desde muy joven se fue “aproximando al pueblo con tal arte, que tomó la causa de la muchedumbre y de los pobres, en vez de la de los pocos y los ricos, no obstante que su carácter nada tenía de popular, sino que temeroso, a lo que parece de caer en sospecha de tiranía (…) se puso del lado de los muchos, labrando así su seguridad propia y formando contra (Cimón, su entonces contrincante aristócrata) un partido poderoso”, cuenta Plutarco.

Para Pericles no hubo otro camino “que el de la plaza pública”.

Tucídides, otro de sus adversarios, consideraba aristocrático el gobierno de Pericles que, terciaba Plutarco, “aunque en las palabras era democrático, en la realidad era mando de uno solo.”

Fue con Pericles que por primera vez se tiene registro de la “seducción de la plebe con repartimientos, y con pagarle los espectáculos y darle jornal.”

Fue también el primero en recurrir al repartimiento de los caudales públicos con lo que “corrompió a la muchedumbre”, haciéndola “regalada y disipada, de templada y laboriosa que era antes.”

Ya en el poder operó contra el Consejo del Areópago, que no controlaba, agitando a la muchedumbre en su contra, de suerte de quitar de su conocimiento los negocios más importantes de Atenas. Cimón, por supuesto, fue desterrado bajo acusaciones de traición jamás probadas y en su enfrentamiento con Tucídides, Pericles polarizó a Atenas en dos partidos: el popular y el aristocrático.

Se le veía contento y en fruición del poder; manejando a sus anchas a la plebe “gobernaba a gusto de ésta, disponiendo que continuamente hubiese en la ciudad, o un espectáculo público, o un banquete solemne, o una procesión, entreteniendo al pueblo con diversiones que recreaban e instruían.”

Y no se equivocó Tucídides, una vez que se hizo del poder total, “ya no fue el mismo, ni el mismo modo manejable por el pueblo, dejándose llevar como el viento de los deseos de la muchedumbre, sino que en vez de esa demagogia que tenía flojas e inseguras las riendas (…) planteó un gobierno aristocrático, y en cierta manera regio.”

A veces con persuasión, otras con violencia, “puso mano en todo (…) porque no pudiendo menos de haberse engendrado toda suerte de pasiones en un pueblo que tenía tan grande autoridad, él solo era propio para tratar del modo conveniente cada una.”

Fueron sus dos timones de su forma de gobernar: la esperanza y el miedo; por velas tuvo su oratoria cautivadora de almas, orientadora de costumbres, atizadora de pasiones.

Fue también incorruptible. Sostiene Tucídides que Pericles fue “muy superior a los atractivos del oro”, y afirma Plutarco que no obstante el gran poder que logró acumular “no aumentó ni en un maravedí la hacienda que le dejó su padre.”

Importante papel jugó en su vida Aspasia, con quien se casó en edad madura, a grado que hay quien sostiene que declaró la guerra a los Samos a su petición.

Lentamente acabó con él la peste durante la guerra del Peloponeso. Si no, se hubiese eternizado en el poder.

Nada nuevo bajo el sol, no incluso la 4T.





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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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