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DE LO COTIDIANO A LO CLÁSICO

Rufino Tamayo

La Revolución

Recuerdo la época tan divertida en la que lejos de pelearnos, nos declarábamos la guerra mis primas, mis primos y yo: “Declaro la guerra en contra de…” y con el tenis tocando la rayita del círculo pintado con gis, y con el cuerpo estirado en posición de: en sus marcas, listos, fuera, salíamos todos huyendo hasta que el conquistador decía: - Declaro la guerra en contra de: Francia o Rusia o Brasil, y ese país regresaba al centro del círculo y gritaba “stop”, entonces todos stopeábamos nuestra carrera y nos quedábamos congelados para que el conquistador dijera de cuántos pasos alcanzaría, por ejemplo, a Rusia. Un juego dinámico y divertido que jugábamos de noche bajo el cielo estrellado de un caluroso verano.

La Revolución Mexicana fue una guerra que se declararon los mexicanos que, tiempo después de haber finalizado, dejó cierta necesidad de expresar de manera educativa tanto para los indígenas (que no leían en español), como para tantos otros mexicanos, la historia de nuestro país vista desde un plano principalmente social y político; es decir que a partir de esta guerra entre mexicanos de distintas clases sociales, se crea la necesidad de transmitir los sucesos y es por eso que surge el Movimiento Muralista a principios del siglo XX, creado por intelectuales mexicanos como José Vasconcelos, quien encargó a artistas mexicanos, la creación de murales en donde se explicaran también los ideales de una nación. Cuando de niña vi por primera vez los murales del Polifórum me parecieron feos porque me causaban algo así como miedo al sentir su inmensidad, sin embargo años después cuando vi los de El Palacio de Bellas Artes, los del Teatro Insurgentes y los de la UNAM, entre otros, entendí que no son feos sino que son obras de arte monumentales cuya gran fuerza está increíblemente reflejada en el tamaño y en los colores, pero sobre todo en los temas que se manejan, como por ejemplo en los murales del Palacio de Gobierno de Tlaxcala. Recuerdo perfectamente cuando estaba en primero de primaria y que a mi salón le tocó pintar un tramo de la pared del patio; me parece que el tema era algo así como “Todos compartimos este mundo”, no recuerdo bien el tema sin embargo recuerdo muy bien esta actividad de pintar un mural en donde yo estaba entusiasmada porque iba a plasmar algo importante.

¿A quién le ha pasado que investiga bien un tema? Algunas veces investigo sobre la vida de los escritores o de los artistas (pintores) que me gustan porque es una manera de entender mejor su obra. El pasado de un artista o de un escritor, la capacidad o discapacidad mental u emocional de esa persona (que mejor ejemplo que Toulousse-Lautrec), su entorno, las condiciones en las que creció, las necesidades básicas o creadas; los valores, la situación de padres alcohólicos o abusivos; el número de hermanos, la orfandad, el abandono o el cariño, etc, en la mayoría de las casos son factores determinantes que se ven reflejados en su obra.

Algunos de los muralistas más famosos que ha tenido México son los artistas que formaron el llamado grupo de los tres, integrado por: José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Otro muralista fuera de este grupo, artista mexicano pero universal, del grupo de mis pintores favoritos, de quien se dice que es el principal exponente del arte del México moderno, de quien sorprendentemente se tiene registrada toda su obra : 1,300 óleos (20 que pintó de su esposa), 452 obras gráficas, 358 dibujos, acuarelas, 21 murales, 20 esculturas y 1 vitral; que vivió casi 100 años y ante quien me pondría de pie no sólo por su obra sino por ser un artista que de raíces indígenas logró llegar a su meta gracias a que fue un hombre que se esforzó, estudió, practicó, incursionó y lo logró, me refiero al maestro Rufino Tamayo (Oaxaca 1899- CDMX 1991), que en los tiempos del movimiento muralista mexicano se negó a ser parte de dicho grupo “socialista”, sin embargo parecería como si Tamayo trajera el muralismo en la venas, pues es de admirar la fortaleza de su carácter ya que, viniendo de una familia oaxaqueña de muy pocos recursos económicos, de padres indígenas zapotecas; su padre zapatero que abandonó a su familia y su madre costurera, que muere cuando Rufino tiene 11 años de edad, de quien adopta el apellido de su madre: Florentina Tamayo, fue una revelación mexicana, porqué de México, hay mucho y muchísimos, que lo engrandecen. Debido a la orfandad de Rufino, queda a cargo de su tía, quien decide irse a la Ciudad de México a llevar a su sobrino para que estudie música, sin embargo como sus tíos optan por poner un negocio de venta de mayoreo de frutas y verduras, inscriben a Rufino en una escuela de contabilidad para que lleve las cuentas del negocio familiar, pero como Rufino quedó sorprendido de la belleza de los edificios coloniales de la ciudad, comenzó a dibujarlos y, a los 16 años de edad se inscribió a escondidas de sus tíos, en las Escuela Nacional de Arte de Bellas Artes, de cuya escuela se salió más tarde, revelándose ante tanta disciplina escolar, dedicándose básicamente al dibujo, lo que lo llevó más tarde a obtener el certificado en dibujo etnológico en el Departamento de Dibujo Etnológico del Museo Nacional de Arqueología de México, lo cual lo lanzó a exposiciones y de esas exposiciones fue que lo llamaron como profesor de la Escuela Nacional de Bellas Artes, de ahí que lo nombraran director del Departamento de Artes Plásticas de la Secretaría de Educación Pública; un año después se le encarga su primer mural para el Conservatorio Nacional de México, pintándolo de forma diferente al grupo de los tres, pues decía que la escuela mexicana de pintura muralista estaba agotada, por lo que él buscaba perfeccionar e incursionar en distintas técnicas, sin alejarse de los temas de los indígenas y del folklor mexicano. Tamayo fue uno de los pocos pintores mexicanos que pintaba naturaleza muerta, como por ejemplo sus famosas pinturas de sandías, piñas, mangos y otras frutas.

Debido a la actitud que Tamayo tuvo ante las ganas de estudiar en el extranjero para combatir el localismo de la época, y por la sed que tenía de aprender diferentes y modernas técnicas de arte, (hecho que realizó básicamente en Nueva York lugar en donde vivió por 20 años), fue llamado traidor a las causas sociales y desertor a su patria, aunque como dijo en otros tiempos el Arquitecto mexicano Teodoro González: “Paradójicamente Tamayo es el pintor más mexicano que tiene México, porque es el que retrata el subsuelo de México”. A Tamayo lo caracteriza la representación del hombre en el universo, los colores tan Tamayo que usa, el humor que hay en las personas que pinta y, primordialmente, la simplicidad de su obra. Fueron tiempos difíciles para Olga Y Rufino cuando se instalaron en NY, pues no se le abrían puertas, su obra no se vendía, y artistas como Henry Matisse, ni siquiera se molestaban en abrir su carpeta de trabajo, sin embargo años después Matisse buscó a Tamayo para rogarle para que le firmara un contrato. Tras su fracaso en NY volvió a México, después regresó a NY en plena recesión, regresó a México a pintar un mural en el Conservatorio de Música en México y es aquí en donde conoce a Olga (estudiante de piano), que fue su esposa durante 57 años. Cuando se casan, Olga se sale del Conservatorio para dedicarse a promover y administrar el trabajo de Rufino, logrando que la “Dalton School of Arts” en NY lo contratara como profesor de arte, pero como no tenían dinero para el viaje, Olga se dedicó a venderle a sus amigos, acuarelas pintadas por Rufino, a un precio alto. Ya instalados en NY, un buen día un buen agente de una galería importante le dice a Rufino que quiere ser su representante, él accede y de ahí comienza su éxito como artista, sin embargo el éxito internacional de Tamayo se consolida con la Bienal de Venecia que instaló (con orgullo) una sala Rufino Tamayo, y también cuando en la Bienal de Säo Pablo obtuvo un Primer Lugar en 1953.

Tras años de escasez, de críticas y de mucho trabajo, viene la época dorada de Tamayo, pues comienzan a lloverle encargos como el fresco del Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México, sus murales “America” en Houston, Tx, y “El Hombre” en Dallas, Tx, (obra criticada y rechazada por otros artistas y políticos, pero igualmente ovacionada), entre muchísimos otros encargos; de hecho constantemente recibió encargos y premios y homenajes y siguió estudiando y dando clases y recibiendo nombramientos. Uno de los premios que hizo que se sintiera muy orgulloso fue el que se le otorgó en 1957, pues fue galardonado en Francia con el nombramiento de Caballero de la Legión de Honor pero fue en 1958 tras realizar un monumental fresco titulado “Prometeo trayendo el fuego a los hombres” para el Palacio de la UNESCO, en París. El último mural que realizó en México fue “El día y la noche” (1964), realizado para el Museo Nacional de Antropología e Historia de México. La última crítica que recibió Tamayo fue con la construcción del museo llamada Rufino Tamayo, pues otros artistas reclamaban que por qué él, que había vivido tantos años en el extranjero, se le daba el permiso para la construcción de su museo, y en uno de los lugares más cotizados de la Ciudad de México. Aunque no soy experta en el tema de arte, opino que hay quienes supieron relacionarse y moverse de lugar para lograr sus metas, como lo hicieron, con mucho esfuerzo, Rufino y Olga, Diego y Frida, y Dalí y Gala, entre otros.

La relación más cercana que tuve con Tamayo fue a través de Renecito (como yo le decía) a un extraordinario maestro en grabado que tuve en un taller donde aprendí grabado y monotipia, tiempo en el que me contaba anécdotas de cuando él fue uno de los grabadores de Tamayo y de cuando jugaba ajedrez con Olga y Rufino, en el taller de esta famosa pareja, en Oaxaca. En alguna ocasión le pregunté a Renecito si era cierto que Olga era una mujer alzada, a lo que me respondió: No era alzada, era una mujer que se retiraba de los medios pues la gente los asediaba constantemente.

Para terminar esta larga historia lo hago con la recomendación de una de sus pinturas que más me gusta, titulada: “Niños jugando con fuego” (1947), que se encuentra en el “Museo Tamayo Arte Contemporáneo”.

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Como dijo en otros tiempos el Arquitecto mexicano Teodoro González: “Paradójicamente Tamayo es el pintor más mexicano que tiene México, porque es el que retrata el subsuelo de México”.

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