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La inseguridad y la violencia

Foto: lfmopinión.com


Horror.

El tiempo pasa, como en una idéntica película, se repite cuadro a cuadro la misma escena de horror.

En la lluvia amaneció mojada de la entrepierna. El Rocío también humedeció el jardín. Con los pies descalzos apuntó con el índice los últimos rayos del Sol, mientras los colores se fundían en su ausencia.

Era sólo una pesadilla recurrente. Ahí, inerte, por una bala que llegó desde quién sabe dónde y atravesó la espalda.

La inseguridad y la violencia ya es una dualidad cotidiana en este país, siempre fascinado por la muerte.

A veces le toca a uno y a veces se salva uno de milagro.

Hasta el otro día, en donde la ruleta, la tragedia, se puede asomar más cerca o pasar de lado. Como la lotería de las ferias pueblerinas, donde lo que importa es tronar los cohetes aunque a veces se quemen y terminen sin manos o se les salte un ojo viscoso.

“México, creo en ti’,
Como en el vértice de un juramento.
Tú hueles a tragedia, tierra mía.
Y sin embargo, ríes demasiado
Acaso porque sabes que la risa
Es la envoltura de un dolor callado…”

(Ricardo López Méndez
)

Pareciera que nuestro sino es la sangre… tratar de agradar a los dioses sedientos (permanentemente insatisfechos), con sacrificios y penas.

Pareciera que nuestro nombre es aquél que mortifica al otro. ¿Es acaso una venganza contra nosotros mismos? Discriminación centenaria, explotación, desigualdad, concentración humillante del ingreso y la riqueza. Es en contra de las promesas incumplidas de gobernantes, de santos, de vírgenes inalcanzables, de mentiras piadosas y promesas reiteradas.

Faltan las letras negritas en la sofisticada calaca glotona: creciente demanda de drogas, creciente tráfico de armas, dinero rápido, pertenencia e identidad con el calculado riesgo frente al improbable castigo, incapacidad gubernamental y cretinismo, ineducación e incultura.

Los abrazos no son suficientes, lo que es obvio. Hacen al director de orquesta un inocente antediluviano escolapio “naif”, donde cada quien toca su instrumento al ritmo de su preferencia. Los poderosos se pitorrean, los del dinero lo guardan. Promueven la esperada recesión y el muy lamentable “se los dije”. Tenemos razón, hay una rabia soterrada mientras que se abruma con atenciones y referencias a los Gaytán Pinochet o a cualquier otro actor social que se declara agredido por el nuevo régimen. La cosa es apostar al fracaso del otro. El de buenas intenciones que no sirven precisamente porque nuestra esencia es la desigualdad, los negocios chuecos estratosféricos, la corrupción, la balanza cargada que arregla todo con comisiones y los abusos que a veces se aplauden en silencio. Los que no pagan impuestos. Blancos, barbudos, católicos.

Sin embargo, es ya inaceptable la inseguridad y la violencia que tienen sumido a México en una crisis definitoria, donde el paciente se cura o en efecto, se muere, todito él, de cuerpo entero. Cuando la necropsia parece irreversible y queda llorar, beber café con piquete y llamar al primo que está de mojado, o al otro primo más poderoso que ya es “ciudadano”. Ahí están las remesas.

La verdad es que la estrategia es indubitablemente ineficaz. Los resultados son de dar pena. Lo que pasa en Culiacán, Juaritos, Sonora querida, el resto de Chihuahua, Tijuana, Tamaulipas, Guanajuato, Michoacán, Guerrero, Morelos, Veracruz, Tepito; y en lo que queda también, así lo demuestran.

Y a ello súmele usted la atenta solicitud envenenada de Mr Trump para intervenir una vez más en la convulsionada miseria sangrienta de este país, que, desde cualquier ángulo, desde afuera, no parece tener remedio. Sólo los Marines pudieran ordenar el mercado, mientras en Chicago, Los Ángeles, Miami, Nueva York, las élites de élites se inyectan, aspiran, chupan, ‘snifean’ hasta la madrugada y el hartazgo.

¿Por qué no declaramos que todas las drogas serán ya legales y lícitas?; tal vez así los muertos serán sólo consumidores con seguro de vida. Al fin en la competencia prevalecerá siempre el más apto, el mejor equipado, los demás serán siempre simples daños colaterales, números en el inventario.

“Cristo va por las calles flaco y enclenque,
Barrabás tiene esclavos y charreteras.
y en las tierras de Chibcha, Cuzco y Palenque
han visto engalanadas a las panteras.

Duelos, espantos, guerras, fiebre constante
en nuestra senda ha puesto la suerte triste:
¡Cristóforo Colombo, pobre Almirante,
ruega a Dios por el mundo que descubriste!

(Rubén Darío
)

Toda la fuerza del Estado deberá ser para reducir la inseguridad y la violencia. Muy bien luchar contra la pobreza y las carencias que están en su médula, pero también y urgentemente es evitar asesinatos de mujeres, hombres y niños, de inocentes que no pueden salir de día ni de noche. Como se sabe, aunque no se cumpla, la principal obligación del Estado moderno es garantizar la seguridad de sus habitantes.

Lo que pasa en México hoy es una vergüenza para todos. Robos, secuestros, asesinatos por doquier, en una sociedad donde el crimen es ya la normalidad. Y los sinvergüenzas que desde el gobierno abusaron, salvo Rosario, andan de huida sin recibir su castigo ejemplar ante el agravio. En China, por ejemplo, condenan a muerte a los funcionarios que traicionaron la confianza del pueblo. Aquí se ven de lejos refugiarse en la academia, cambiar de nacionalidad, apapacharse los unos a los otros, protegerse por los mismos capitostes beneficiados e incluso formar polos de oposición familiares, cuando debieran de estar en la cárcel. La impunidad debiera de combatirse en todos lados, en todos los niveles y en forma permanente. Sin pretextos.

En este mismo tenor, de cabo a rabo deberán limpiarse las policías, cuadricularse las regiones más agresivas, rodear a los hampones, abrazarlos si se quiere, pero apresarlos, esposarlos y enjuiciarlos es lo mínimo que urgentemente se requiere hacer.

Dicen que de cada 10 crímenes, 7 no se denuncian, dos no se investigan adecuadamente, sólo uno se resuelve. Sin embargo, debemos mostrar que la incertidumbre se puede acabar. Que niños, jóvenes y adultos regresarán con certeza a sus casas todas las noches sanos y salvos, para al día siguiente reconstruir un mejor país, sin balaceras, sin muerte de inocentes, sin sangre estúpidamente derramada porque sí, sólo por dinero, por poder, por ser parte del inframundo de las drogas, de producción, distribución, exportación y consumo de sueños de opio y demás.

Ya es tiempo de aprender a resolver nuestras diferencias sin violencia, como si fuéramos civilizados. De lo contrario, el nuevo tiempo será para nuestro país, el siglo de la sangre, de la continuada inseguridad, la violencia interminable y el dolor. De las oportunidades perdidas.

Mientras se frotan las manos las calificadoras de riesgos, la inversión privada no fluye aún en espera de mayores tasas de ganancia, conforme aumente el riesgo. Se pasa la cuenta por adelantado. Se afectan decisiones de inversión. Sin seguridad y crecimiento no habrá desarrollo que perdure.

Como en una película conocida, en el atardecer, se repiten cuadro a cuadro los gritos callados de horror.





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