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PARRESHÍA

Mentira y masa

Foto: lfmopinión.com


Creer en el Diablo.

En plena Guerra Mundial (1942) Denis de Rougemont escribe su gran obra, “La parte del Diablo”. La culpa, si puede así llamarse al reto, fue de Jacques Maritain: fenecían postres y velada en Nueva York y éste sostuvo que “lo que más se echa de menos en las democracias (…) es creer en el diablo”.

Porque, concluyó más tarde Rougemont: “el mayor de los peligros consiste en equivocarnos sobre la verdadera dirección de la amenaza.” El mundo “teme mirar cara a cara” las causas verdaderas de su confusión. “hemos dejado de ver el Mal y de temer al verdadero Peligro. Mostrar cuál es la realidad de Diablo en este mundo no es aumentar el miedo, es darle su verdadero Objeto.”

El peligro no es que el diablo se nos presente encarnado en rojo, pesuñas, cuernos y larga cola; sino que jamás se presenta así; creencias aparte, él “es el antimodelo absoluto, porque su esencia es precisamente el disfraz, la usurpación de las apariencias, la bravata descarada o sutil, en una palabra, el arte de hacer mentir las cosas.”

Sostiene Rougemont que hay dos maneras de mentir: decir que la balanza indica un kilo cuando marca 980 gramos; mentir relativo y comprobable. Y mentir falseando la balanza misma; desnaturalizar el criterio de lo verdadero haciendo imposible comprobación alguna. Tal es la mentira pura. “A partir del momento en que se falsea la medida misma de la verdad, todas nuestras virtudes se ponen al servicio del mal.”

Cuidémonos de no poder distinguir verdad de no verdad, porque entonces la naturaleza misma de la verdad habrá sido falseada de antemano.

Y es que la mentira en esencia no existe, sostiene el autor: “es una especie de descreación”, es la NO verdad. Pero, cuando es la propia verdad la que deviene imposible de definir y distinguir, caemos en la imposibilidad metafísica de la no verdad; luego entonces, aún siendo todo mentira, la mentira, en estricta lógica, no puede existir, porque ya no hay verdad que ésta pueda negar. No hay diablo a la vista, porque ya está en todos lados.

Pero sigamos a Rougemont: “El Ángel caído nos dice: yo soy tu cielo, no hay otra esperanza. El Príncipe de este mundo nos dice: no hay otro mundo. El tentador nos dice: no hay ningún juez. El Acusador nos dice: no existe el perdón. El Mentiroso lo resume todo ofreciéndonos un mundo sin obligaciones ni sanciones, cerrado sobre sí mismo, pero recreado sin cesar a imagen de nuestras complacencias; no existe la realidad (…) La prueba de que el Diablo existe, actúa y triunfa es precisamente que ya no creemos en él.”

La obra de Rougemont no nos es tan lejana y si bien responde al planteamiento filosófico de Maritain, su circunstancia fue el Nazismo entonces irresistible. Mientras Rougemont pergeñaba su texto, Arendt retrataba los rasgos del Totalitarismo en esplendor. Ambos seguían a Kierkegaard, quien descubrió el principio creador de la masa: “huir de la propia persona, dejar de ser responsable, o dejar de ser culpable, y convertirse al mismo tiempo en participe del poder divinizado del Anónimo (…) La muchedumbre es el lugar de cita de los hombres que se huyen, que se huyen de sí mismos y de su vocación.” (Rougemont)

Así como la verdad se oculta y falsea al ser colocada tras la no verdad, el que huye de sí se oculta y falsea en la masa.

Sin verdad y sin responsabilidad no hay culpa posible. Adán y Eva, tras comer del fruto prohibido “oyeron a Yavé que se paseaba por el jardín al fresco del día, y se escondieron de Yavé Dios el hombre y su mujer, en medio de la arboleda del jardín. Pero llamó Yavé Dios al hombre diciendo: Hombre, ¿dónde estás? Y éste contestó: Te he oído en el jardín, y temeroso porque estaba desnudo me escondí. ¿Y quién, le dijo, te ha hecho saber que estabas desnudo? ¿Es que has comido del árbol del que te prohibí comer? Y dijo el hombre: La mujer que me disté por compañera me dio de él y comí. Dijo, pues, Yavé Dios a la mujer: ¿Por qué has hecho eso? Y contestó la mujer: La serpiente me engañó y comí”.

Aquí vemos que experimentan la sensación de culpa, pero ¡ojo!, no por su desobediencia, sino por su desnudez. Es una causante de otra, pero Adán ya no ve la desobediencia que esconde en su desvestimiento. "La usurpación de las apariencias" ha tomado lugar en la creación: la desnudez viste la culpa. Adán, primer prestidigitador, oculta desvelando; luego se miente y miente. Por sobre la desobediencia, el autoengaño, el engaño y la NO verdad. No quiere que Yavé lo vea desnudo, pero no es su desnudez lo que le preocupa, antes bien la utiliza y la exhibe; la pone al frente; la asume y, finalmente, ella misma lo delata, todo antes de aceptar su verdadera culpa, comer del fruto prohibido. Finalmente ambos culpan a la otredad: la mujer que me diste, dice él; la serpiente, acusa Eva; una forma más de ocultarse. “Así son los hombres de nuestro tiempo, señala Rougemont, empujados por sus ‘complejos de culpabilidad’ y huyendo de la confesión de sus culpas, van a ocultarse entre los árboles, entre la muchedumbre.”

Decíamos la semana pasada (El Tigre y el Laberinto) que sin la persona, sin el ser, sin rostro (disimulados tras la mentira) no hay responsabilidad, se es nada y nadie; Ninguno, en palabras de Octavio Paz. “La persona es en nosotros lo que responde de nuestros actos, lo que es ‘capaz de respuesta’ o responsable; en una muchedumbre no hay respuesta individual; para que deje de haber responsables basta con que haya una masa.” (Rougemont)

Verdad y masa son incompatibles porque la verdad requiere ver cara a cara. La verdad es el ser tal cual se muestra; la no verdad es un pseudonimo, no el ser en sí mismo; es una careta que oculta y obstruye la verdad. Por su parte, la masa es algo, no alguien. Diseccionemos el tema para entenderlo: El aislamiento individual, sostiene Arendt, no constituye lazo común y “la atomización social y la individualización extremada” aíslan y preceden a los movimientos de masas; éstos, a su vez, al totalitarismo que “nunca se conforma con dominar por medios externos, es decir, a través del estado y de una maquinaria de violencia; gracias a su ideología, peculiar y el papel asignado a ésta en ese aparato de coacción, el totalitarismo ha descubierto medios de dominar y de aterrorizar a los seres humanos desde dentro”. Concluye Arendt: “La dominación total no permite la libre iniciativa en ningún campo de la vida, ni ninguna actividad que no sea enteramente previsible. El totalitarismo es el poder que substituye invariablemente a todos los talentos de primera fila, sean cuales fueren sus simpatías, por aquellos fanáticos y chiflados cuya falta de inteligencia y de creatividad sigue siendo la mejor garantía de su lealtad.” (Los orígenes del Totalitarismo)

La mentira oculta la verdad, la masa al hombre. Ambos son sombras del poder del Anónimo. En el disfraz y en la masa no hay rostros; la verdad no se muestra porque algo la obstruye a exhibirse. De igual forma, en la masa no hay responsables: Fuenteovejuna. Por un lado, se oculta la desnudez (otra vez Paz: “no nos queda sino la desnudez o la mentira”*), por otro, se rehúye la responsabilidad en masa.

Helena es en la mitología griega el poder del simulacro, nunca se sabe cuando es cuerpo y cuando simulacro. Dice Calasso que tal era su capacidad de imitación que le llamaban Eco. Dos eran sus cualidades y siempre iban unidas: traición y belleza. La belleza ligaba a los dioses y mortales. El propio Zeus rendía su fuerza ante la mortal belleza femenina. La traición enfrenta a los hombres, así sea en pos de verdadera o simulada belleza.

Huyendo de Esparta, Paris y Helena recalan en el Nilo, el Rey de Menfis, Proteo, descubre su pecado, pero no puede condenar a muerte al adúltero por ser extranjero, así que retiene a Helena y sus riquezas, y deja libre a Paris que regresa a Troya sin Helena, solo con su simulacro. Diez años se guerra por una mujer ausente que los troyanos hubiesen entregado gustosos si la hubiesen tenido en su poder. Esta historia no la canta Homero porque, dice Heródoto, no era épica. De ser así, lo verdaderamente escandaloso de la guerra de Troya y de la historia helénica toda es la sangre derramada por “un cuerpo de mujer que no existía, por un impalpable fantasma” (Calasso).

Quizás desde entonces todas las guerras y conflictos responden a una verdad simulada: la verdad única, el pueblo escogido, la supremacía racial, la seguridad interna, las armas nucleares, el Santo Grial, los pobres, el progreso, la honra, el derecho de sangre, la democracia, la primacía.

“Una vez metidos en la galería de los dobles (de la NO verdad), dice Calasso, todo se escapa y se prolonga en una perspectiva donde nada es último.” Donde todo es sombra reflejada en la pared de la cueva de Platón. Así, el agresor se clama víctima; la negación de la ley, justicia; la rijosidad, libertad de opinión; la quiebra, crecimiento; el caos, redención. Imposible distinguir la noche del día, el techo del piso; la palabra del ruido; la verdad de la NO verdad.

En palabras de Rougemont, “es el antimodelo absoluto (…) la usurpación de las apariencias, la bravata descarada o sutil, en una palabra, el arte de hacer mentir las cosas.”

Pero Maritain erraba, no es la democracia, sino la humanidad entera la que echa de menos creer en el diablo.

Cuidémonos de trastocar la medida de la verdad, de hacerse uno mismo mentira y masa; de huir de sí.











*. - “No nos queda sino la desnudez o la mentira. Pues tras este derrumbe general de la Razón y la Fe, de Dios y la Utopía, no se levantan ya nuevos o viejos sistemas intelectuales, capaces de albergar nuestra angustia y tranquilizar nuestro desconcierto; frente a nosotros no hay nada. Estamos al fin solos. Como todos los hombres. Como ellos, vivimos el mundo de la violencia, de la simulación y el “ninguneo”: el de la soledad cerrada, que si nos defiende nos oprime y que al ocultarnos nos desfigura y mutila. Si nos arrancamos esas máscaras, si nos abrimos, si, en fin, nos afrontamos, empezaremos a vivir y pensar de verdad.
“Nos aguardan una desnudez y un desamparo. Allí, en la soledad abierta, nos espera también la transcendencia: las manos de otros solitarios. Somos, por primera vez en nuestra historia, contemporáneos de todos los hombres.”
Octavio Paz, El Laberinto de la Soledad
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