PARRESHÍA

Fraude a la historia

Fraude a la historia

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Cortes.

El derecho de conquista lo daba la Bula del Papa Alejandro VI del 4 de mayo de 1493 que reconocía en favor de los Reyes de Castilla y Aragón el dominio de las tierras e islas más allá de cierto meridiano. Disponiendo de lo desconocido.

Los reinos que encontró Cortes estaban dentro de esa concesión, pero su poder era derivado de Velázquez, Gobernador de Cuba y, por tanto, el provecho de lo conquistado sería para éste.

Por eso es que Cortes decide cortar ese lazo fatal fundando un Ayuntamiento y, al hacerlo, establece un dominio real que, con ese carácter, le permite tratar directamente con el Rey, sin intermediación de su compadre Velázquez: “ya no quedarían de tal manera y por virtud de la ley más que dos autoridades en el país, la virtual del Rey de España (ya era entonces Carlos I, en quien se juntan los reinos de Castilla y Aragón) y la efectiva del Conquistador.” (México a través de los Siglos, Vicente Riva Palacio, 1972)

Así dio por fundada la Ciudad con “unas cuantas enramadas por casas, una picota en la plaza y una horca fuera de la puebla” (población). Acto seguido se eligió a Portocarrero y Montejo como alcaldes ordinarios, a Alonso de Ávila, a los dos Alvarado y a Sandoval como Regidores, a Juan de Escalante como Alguacil Mayor, como Capitán de Entradas a Pedro de Alvarado, maestre de campo a Olid, alférez Real a Corral, procurador a Álvarez Chico, tesorero a Gonzalo Mejía, contador a Alonso de Avila, alguaciles del real a Ochoa y a Romero y como escribano a Diego Godoy. Así nació la Villa Rica de la Vera Cruz, primer Ayuntamiento de la América continental.

El Ayuntamiento, entonces, exigió a Cortes presentar los poderes que tenía de Velázquez, “y examinados que fueron, declaró el cabildo que habían cesado”, liberando la autoridad recién instituida a Cortes de sus sujeción a Cuba. Era entonces menester nombrar, ya en representación directa del Rey, a un Capitán General y Justicia Mayor, siendo designado el propio Cortes quien se adentró de inmediato camino a Tenochtitlan. Semanas después llegó a Veracruz una nave comandada por Francisco Salcedo, con sesenta soldados y diez caballos, así como con noticias de Velázquez con atribuciones de Adelantado para rescatar y poblar las tierras que se descubriesen por interpósita persona.

Fue entonces que Cortes escribe su Primera Carta de Relación al Rey de España, mediante la cual los vecinos de la Veracruz solicitan al rey apruebe todo lo actuado y le envían los tesoros hasta la fecha conquistados. Remite la carta con Portocarrero y Montejo (10 de junio de 1519), por lo que Veracruz se queda sin alcaldes ordinarios y Doña Marina -oportunamente- sin dueño (originalmente había sido dada como botín por Cortes a Portocarrero).

Aprovechando el viaje, hubo quienes intentaron apoderarse de un bergantín para retornar a Cuba y acusar a Cortes con Velázquez, pero toda vez que atentaban contra el mandato del Ayuntamiento, Cortes, en su calidad de Justicia Mayor, ahorcó a dos, a otro le cortó los pies, a dos hermanos mandó propinar 200 azotes y amonestó a un clérigo. Acto seguido, para matar cualquier tentación de sublevación, mandó dar con las naves al través: desmantelarlas.

Fue, sin embargo, hasta el 15 de octubre de 1522, después de la caída de Tenochtitlán, que el Emperador Carlos V (Primero de España) regresa a España (había estado ocupado en sus otros reinos europeos) y convalida y legitima todo lo actuado por Cortes, en especial la creación del Ayuntamiento de Veracruz y, en consecuencia, lo nombra Capitán General y Gobernador de la Nueva España. Es decir, avala lo actuado en Veracruz y lo promueve a cabeza del mando político y guerrero de un territorio nombrado pero aún indefinido. El Rey pone fin, así, al conflicto entre Velázquez y Cortes. Para ello, designó a una junta de notables que le dio la razón al conquistador de haber fundado Veracruz, designado autoridades autónomas (de Diego de Velázquez) y relacionado, así, directamente con la corona, en total independencia de autoridades intermedias y con capacidad para tomar decisiones y nombrar autoridades hasta en tanto el Rey las confirmase, cosa que hizo Carlos V y, al hacerlo, convalidó jurídica y políticamente todo lo actuado por Cortes conforme la legislación entonces vigente.

Regresando a Cortes, éste requería un título con que conquistar sin vínculo alguno con Velázquez; lo encuentra en la figura del ayuntamiento, dado que “los alcaldes mayores suplían a los gobernadores en su falta cuando el Rey estaba lejos y no podía hacer el nombramiento, y los mismos ayuntamientos podían elegir alcalde mayor cuando era difícil de obtener la real provisión.” (Riva Palacio)

Estamos en 1519, en los estertores del medievo, antes de Maquiavelo, mucho antes de la República y el Estado Moderno, muy lejos de la democracia representativa moderna. Eran tiempos previos a la monarquía absoluta y, por si fuera poco, en plena conquista; al otro lado del océano, en tierras hasta entonces desconocidas y de cara a civilizaciones ignotas.

Enviados a España los dos alcaldes ordinarios, Portocarrero y Montejo, Cortes asume el poder total de la Villa Rica y del ejército, frente a los sublevados y remisos a conquistar, de cara a las tropas enviadas por Velázquez, ante el gran Imperio Mexica por conquistar y con la gloria o la muerte por horizonte. Cuando Narváez, segundo enviado por Velázquez, éste con dieciocho naves, llega a costas veracruzanas a reducir a Cortes, éste le exige cartas reales, habida cuenta que ya no reconoce mas poder sobre el suyo que el del Rey; finalmente lo enfrenta y vence con cuatro disparos “y únicamente uno útil”.

Estamos, sí, ante un insurrecto medieval, conquistador, ambicioso, taimado y leguleyo; que enfrenta insurrecciones en sus propias filas y aspira a válido del Rey o, cuando menos, a burócrata real. Enfrentado, por igual, a enemigos extraordinarios, aliados desesperados y un mundo mítico en el que ve la oportunidad de venderse como la encarnación de Quetzalcoatl; que aprovecha los huecos de la legislación de una España convulsa en una Europa descentrada ante el descubrimiento de homínidos que han venido a quebrar todas sus certezas y reacomodos políticos de monarquías en asenso al absolutismo; pero no ante un fraude electoral.

No podía haber fraude electoral porque la figura no existía jurídicamente. Aplicar al pasado categorías del presente solo distorsiona las cosas.

Finalmente, de este episodio Riva Palacio concluye: “Tal es en el fondo la verdad de todas aquellas combinaciones políticas que fueron tan comunes después de las guerras civiles en México, y conforme a las cuales un revolucionario vencedor nombraba una asamblea o un congreso a quien se atribuía la representación nacional, y que a su turno, tomando el nombre de la nación, entregaba el poder en manos del mismo a quien debía su nombramiento.”





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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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