RAÍCES DE MANGLAR

Dr. Salazar (III)

Dr. Salazar (III)

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Solo existo.

Hematoma. Eso sí lo recuerdo. También cosas como hipotermia, hemorragia o contusión. Quizá debido a esto último es que todo lo demás mermó o tal vez fueron los siglos de encierro.

Aún recuerdo la visión del ángel que se cernía sobre mí cuando en mi desesperación intenté anularme. Primero por ahorcamiento, fue lo más inmediato y lo más digno que se me ocurrió, pero esa masa amorfa y viscosa hecha con sobras con la que nos alimentan me volvió un bulto torpe y pesado y las agujetas no soportaron mi peso. Recuerdo caer en cámara lenta y sentir en mi cráneo y en mi espalda toda la saña de Dios.

Me disloqué un hombro.

Después y más recientemente la contusión. Fueron tres golpes los que soporté antes del desmayo. Tomé vuelo y tres veces fue a dar mi cabeza contra estos muros húmedos y hediondos. A partir de ahí y sin siquiera llegar a la fractura de cráneo mi brillantez se ha ido desvaneciendo poco a poco.

Mi inteligencia, todo aquello que me hacía ser el Doctor Salazar se he perdido entre los años. Cada vez me parezco más a estas bestias chimuelas y de fealdad exagerada con las que comparto vida y celda.
Justo esa vez que quise reventar contra la pared, después del primer golpe tenía ya a un grupo de curiosos y entusiastas aplaudiendo mi suicidio. “Vamos Salazar, dale duro”, “Levántate matasanos de mierda”, eso y sus asquerosas carcajadas. Después me enteré que no faltó quien apostara a favor de mi muerte cuando languidecía en la enfermería.

Bueno, pues esa miseria en el alma y en el cuerpo me la fueron contagiando y ahora yo, el Dr. Enrique Salazar Dobledo, soy una bestia mundana y sucia. También yo me he burlado del destino funesto de aquellos que en algún momento me antagonizaron, también yo he marcado con el hierro candente de la burla y la ignominia a estas legiones de harapientos. Mi castigo ya no es el hacinamiento ni el encierro. No Susana. Ya he pagado con humillación e indefensión la muerte de tu amado.

¡Ay, lo qué es uno de joven! Ya ni tu nombre dicho contra la intemperie o el concreto me salva del ridículo. Porque es eso Susana, es un ridículo aquello que sentí por ti, aquello que me llevó a torturar y matar a sangre fría a Guillermo. Y más ridículo y grotesco es hoy, cuando me doy cuenta que seguramente el tiempo ya se encargó de tu belleza y lozanía. Que todo eso que me urgió a asesinar al carpintero desapareció y ahora Susana Benavides no es más que una doctora de edad mediana, tal vez casada con algún colega médico de edad similar y que yo, el Dr. Salazar y también el carpintero Guillermo, no somos más una macabra anécdota en tu vida. Algo para contar a los amigos y a los nietos. Vaya manera de trascender.

Aunque no lo creas el encierro me ha hecho recapacitar y me han dolido mis acciones. Por supuesto, no tanto como aquellos cortes finos en la piel de Guillermo y su mirada de sufrimiento y espanto clavada en mí. Claro, no podía ser diferente porque le corte los párpados. Oh, pero también fue revelador y muy ilustrativo.

Por ejemplo, con Guillermo me enteré lo maravillosa que es la coagulación y la forma tan eficaz en que se vuelve un tapón para las heridas. Primero y más obvios fueron los cortes en las muñecas, hice mis apuntes y se gastó el lápiz antes de ver a Guillermo desfallecer. Erré en la profundidad de las heridas, aunque confieso que ya no recuerdo si ese error fue a propósito para alargar la agonía del joven Guillermo o si en serio me faltó fuerza en la vivisección.

Los párpados se los corté cuando aún se encontraba inconsciente. Aún recuerdo la textura suave de aquella epidermis sanguinolenta y lisa, pues la frote con mis dedos índice y pulgar hasta que me aburrió. Lo siguiente fue la nariz que trocé con unas tijeras de níquel hasta que el carpintero adquirió una faz cadavérica. No podrías imaginar, Susana, la expresión de Guillermo cuando vio su reflejo en un pequeño espejo de tocador que por ahí tenía. Nadie podría pues antes de morir, debilitado y en shock, llevé al aún vivo Guillermo hasta el baño, lo hinqué contra la tina y de un tajo le rebané el cuello. Se sacudió tenuemente mientras la sangre llenaba mi tina, pues por descuido olvidé retirar el tapón del caño. Prendí un cigarrillo y lo miré hasta que finalmente pereció.

Digo que nadie podría saber porque después de una larga meditación tomé la decisión de cortar el cuerpo de Guillermo en fragmentos más o menos pequeños para poder deshacerme de las pruebas. Eso lo hice por dos largos días en los que sólo salí para comer y cuando regresaba encontraba el cadáver cada vez más pequeño.

Así lo quise ver siempre: pequeño, reducido, menos que yo. Porque cuando él te abrazaba lucía grande, fuerte y viril y tú en sus brazos parecías una pequeña y feliz muñeca de porcelana. Yo junto a él era un blandengue y viejo. La sensación de impotencia era brutal. Me sacudía mi ego, ahora lo veo, ahora que sé que nada valió la pena.

Veme, mira al doctor, al gran Doctor Salazar. Mira como recuerda cada detalle de su crimen pero ya no puede pronunciar fórmulas químicas o conceptos médicos porque ya no están y no es como si los hubiese olvidado. No tengo ese gusanito clavado del que podría saber. No, todo es como si nunca hubiese estado en mi mente y todos estos años de encierro fuesen una fantasía. Quizá fue la contusión o quizá sólo soy un ladrón común o un enfermo mental y esto no es un penal de máxima seguridad sino un nosocomio fétido. Ya nada parece real y todo es tan lejano.

No, Susana. Tampoco tú eres real o Guillermo o yo. Veo mis ropas manchadas de sangre, las costras en el piso, las ratas husmeando y fue en otro siglo, en otra vida que estos harapos grises y malolientes fueron una limpia y pulcra bata de médico cirujano. “Enrique Salazar Dobledo”, dicen cada vez que no pasan lista, así, mi nombre llano, sin título alguno o dignidad. Sólo existo, sólo existo.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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