RAÍCES DE MANGLAR

Timidez de agosto

Timidez de agosto

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El despertar

Timidez de agosto, de septiembre y de siempre. Estaba tan emocionado por entrar a esta prepa pero me cohíbe ver tanta gente junta. Debo reconocer que me sentía tan especial por el número de aciertos que saqué en el examen de admisión, sobre todo comparándome con la mayoría de mis compañeros de secundaria, que ver de golpe a tantos chavos igual o más talentosos que yo me hizo sentir pequeño. Como sea, no voy a descuidarme y haré lo posible por destacar.

Los primeros días en la escuela fueron muy raros. Esa sensación de pequeñez disminuyó una vez que conocí a mis compañeros de clase me di cuenta que si bien hay gente que es sobresaliente, sobre todo una chica llamada Jessica que me recuerda a mi rival de la secundaria, la mayoría son chavos comunes que se ve que sólo van a cotorrear.

No me he animado a hablar casi con nadie y por eso me senté en una banca al centro del salón, para ver por donde jalo, sin embargo no he podido hacer ninguna amistad.

Sin quererlo comencé a platicar con un grupito al fondo del salón. Son cuatro, todos hombres. Hay uno inmenso de nombre Javier, al que llanamente le dicen “gordo”, otro alto y delgado llamado Edgar pero que tiene rasgos orientales, algunos le dicen “Chino” y otros por alguna razón que desconozco le dicen “Pollo”. También está Erick alias “El Cholo”, Juan Romero que no tiene apodo y Raúl Lima que tampoco tiene pero que se la pasa hablando de lo geniales que son sus tenis Converse. Todos se han portado chidos conmigo menos el Gordo. Es una persona demasiado vulgar y alburera. No he podido entablar una plática con él sin que me haya hecho alguna broma o se haya mofado de mí. No entiendo cómo es que alguien como él alcanzó los aciertos para ingresar a esta prepa.

Ya van dos semanas de clases y cada vez son más evidentes las diferencias entre la gente. Se han hecho varios grupitos: el típico de mujeres, el de los chavos nerds, algunos otros homogéneos, pero el más llamativo es el de los fósiles, como les diría mi hermana. Son dos chavos y dos chavas mayores que el resto porque están recursando. El par de hombres es altísimo. Uno se llama Juan José, es moreno, delgado y toca la guitarra. El otro se llama Homero, es igual de alto pero más fornido y tiene barba.

Las chavas son de estatura normal, pero sus caras se ven algo más maduras que el resto de mis compañeras. La más simpática se llama Diana, tiene labios gruesos muy rojos por el labial. Sus ojos grandes se ven así porque están intensamente remarcados por el rímel. La otra de nombre Tatiana es un poco más bajita, es delgada y también se maquilla mucho, quizá por eso se ven tan mayores. Tendrán entre 16 o 17 todos ellos. La mayoría de nosotros estamos entre los 14 y los 15. De hecho yo estoy a unos meses de cumplir 15.

Sin duda llaman la atención porque mientras algunos somos serios durante las clases ellos se la pasan risa y risa. A veces es muy molesto. ¿Será que ya conocen el movimiento de la prepa o de plano no les interesa si reprueban? Los maestros los ubican perfectamente pero no les dicen nada y a algunos hasta los tutean. No me parece correcto y la verdad caen mal.

Mis problemas con el Gordo cada día son peores. Mientras él se la pasa haciendo bromas a mis costillas yo no dejo de decirle que es un vulgar y un idiota. El otro día tenía tantas ganas de soltarle un buen madrazo para que se callara. Me enfurece, pero debo admitir que es un pensador muy rápido. Siempre que le digo algo me contesta al instante y me deja sin palabras. Es como si se supiera de memoria cada ofensa y tuviera en automático una respuesta. Y lo peor es que cuando no contesta sólo se ríe y parece no importarle. Como sea no me he decidido a sentarme en otro lado porque no le hablo a nadie más y me voy a sentir patético aislado en un rincón del salón. No sé si es porque participo mucho en clase, pero la mayoría me ven como bicho raro y creo que les caigo mal. Quizá debería ser menos acaparador y arrogante.

No fue un buen día. El grupito de fósiles nos hizo la plática porque Juan José y Homero se llevan bien con el Gordo. Se sentaron cerca de nosotros y comenzaron a cotorrear. Nos fueron preguntando nuestros nombres y conforme les íbamos respondiendo el Gordo y Homero se aventaban algún chiste y exhalaban espesas nubes de humo de cigarro. Todos en ambos grupitos fuman menos yo. Cuando me pasaron el cigarro se los rechacé: fue lo peor que pude hacer.

Comenzaron a interrogarme: que cuántos años tenía, que si nunca había fumado o tomado antes, que si todavía me iban a dejar a mis papás a la escuela. Les contesté cada pregunta un poco incómodo hasta que Homero y Juan José me preguntaron si ya había tenido relaciones sexuales. Obviamente les dije que no.

—¿Entonces no has cogido nunca? No pues sí estás bien morro —dijo Juan José y todos se comenzaron a burlar. Yo me reía de nervios pero por dentro estaba que me llevaba y más por las escandalosas carcajadas del Gordo.

—Pues es que viene saliendo del cascarón, denle chance, ¿no? ¡Ja, ja, ja! —añadió Homero.

—Nel. Es puto. No le gustan las viejas —dijo el Gordo y se rieron. Hasta el Pollo que era el más relajado se reía. Quería que me tragara la tierra, pero intenté poner la frente en alto e hice como si también me diera gracia, esperando que cambiaran de tema.

No podía creer que todos ahí ya hubieran tenido relaciones. La mayoría ni siquiera teníamos novia pero igual todos le seguían la corriente a Homero y a Juan José. Ciertamente su imagen era imponente y daban la impresión de que sabían sobre lo que hablaban. Hasta las chavas le entraban a la comidilla.

—Es que un bebé. Mírenlo, parece como de segundo de secundaria. Ternurita —dijo Diana.

—Sí, pobrecito. Ya déjenlo en paz —secundó Tatiana sarcástica y me abrazó.

—Írala pinche caliente. Si lo vas a abrazar abrázalo bien —dijo Homero y empujándome por la espalda me apretó hacia el regazo de Tatiana. Ella le siguió el juego y me repegó sus pechos. Me sonrojé y otra vez soltaron sus risotas tan fuerte que todos en el salón voltearon. “Trágame tierra”, pensé y justo en ese momento entró el profe de Cálculo. Todos se fueron a su lugar.

Sin duda hoy fue el día más raro. Después de la primera clase nos avisó el prefecto que no asistiría la profesora de Taller de expresión oral y escrita pero que tampoco podíamos deambular por los pasillos. Intenté relajarme hasta la siguiente hora, pero los fósiles se nos arrimaron por segundo día consecutivo. Pude ver la complicidad en los rostros de Juan José y Homero cuando Diana y Tatiana se sentaron junto a mí, una de cada lado. Pensé que el coto de ayer se les pasaría pero no, siguieron molestándome con lo mismo. El Gordo estaba feliz de ver cómo me chiveaba.

—Después de lo de ayer estuvimos platicando tu situación y llegamos a la conclusión de que te hace una buena revolcada para que se te quite lo morro y pendejo —dijo Homero con una sonrisa burlona —Ahora sí que te toca escoger con quién vas.

De inicio no entendí a qué se refería con “revolcada”. Pensé que querían que me madreara con alguien: Yo no quiero problemas con nadie —dije y Juan José entendió perfecto mi confusión.

—No seas pendejo. No que te agarres a putazos, que te cojas a una vieja —me dijo riéndose —¿Ya ves cómo sí te hace falta cayo?

—Ok, pero no tengo novia —dije como para alivianar el cotorreo pero ya intuía hacia dónde iban.

—Mira we —dijo Homero —ahí tienes a Tatiana y a Diana. Las dos ya saben cómo está el pedo y dicen que va, que escojas.

No lo podía creer. Sabía perfectamente que me estaban agarrando de carrilla. Todos se reían menos yo. Nunca me pasó nada parecido antes, no supe cómo reaccionar y lo peor es que aunque me pareció grosero que Homero dispusiera de esa forma de las chavas ellas sólo se reían y le seguían la corriente. Ambas me tomaron de los brazos, pero Tatiana fue más allá y me tocó la pierna derecha. Nunca una chica me había tocado, me puse muy nervioso y temblaba.

—¡Ja, ja, ja! Miren cómo se pone. Está tiemble y tiemble. Ya déjenlo que le va a dar un infarto —dijo el Gordo y las risas llenaron el salón. Todos se dieron cuenta de lo que pasaba y no supe qué hacer.

—Entonces, ya escoge we. ¿Vas con Tatiana o con Diana? —dijo Juan José.

—No, pues con ninguna.

—¿Cómo? ¿A poco no te gustan?

—Sí, las dos están muy bonitas pero es que no sé.

Para ese momento Diana me soltó y nada más nos veía, quizá le pareció suficiente o la broma le cansó, pero Tatiana continuó con el chiste.

—¿En serio no te gusto? Tú a mí sí me gustas aunque seas un bebé —me dijo y dibujó círculos son sus dedos en mi pierna lentamente.

Tatiana —dijo Homero —dale un beso para que se anime. A lo mejor ni eso sabe.

Tenía razón. La única novia que tuve en la secundaria fue de manita sudada, nunca la besé y por eso se aburrió rápido. Algunos de mis amigos y amigas sí tuvieron noviazgos más aventados y hasta me llegaron a contar que tuvieron sexo. Yo todo eso lo creía a medias porque nunca tuve ese mismo arrojo y era feliz en mi mundo de tareas, Playstation y amores imposibles. Mis papás me enseñaron que a las mujeres debía de honrarlas y respetarlas, pero ahora tenía a una chava diciéndome todo eso y no sabía qué tanto era en broma y qué tanto en serio. La verdad es que Tatiana, pese a lucir mayor no es fea, aunque su cara me recuerda a un pájaro.

—Sí, te voy a dar un beso y a lo mejor con eso agarras la onda.

—Sí we, ya dáselo porque ya me aburrió que no hace nada —exclamó Homero.

Yo, sin saber qué estaba pasando le dije lo único que pude decir: “si”.

No se esperaban eso. Le dije que sí, que no había problema, que estaba bien un beso para empezar, pero por dentro lo único que quería era estar en otro lado, lejos de esa escuela, de esas chavas alocadas, de esos compañeros ojetes y burlones. Tatiana, sacada un poco de onda, me acercó su cara. Tocó con su nariz afilada la punta de la mía y sentí la calidez de su respiración, aprovechando mi parálisis me dio un beso pequeño y suave sobre los labios, así, rápido e inofensivo. Todos, hasta el Gordo, aplaudieron y chiflaron sin dejar de lado la mofa. Sí, se estaban burlando pero no me importó porque aquel beso y mi actitud final ante la situación me parecieron todo un triunfo.

Hoy matamos clase. Nos fuimos todos en bola hasta el monumento de la Ciudadela y nos sentamos cerca de los cañones. Estaba un poco preocupado. Nunca me había ido de pinta antes. En fin, intenté no pensar en eso porque iba con Tatiana. Quise hacerle la plática porque más allá del cotorreo en serio tenía ganas de conocerla, pero las interrupciones de Homero y Juan José no me dejaron.

—¿Entonces a dónde van a ir? Por allá está el Pánuco —dijo Homero señalando en dirección a la escuela. Yo no sabía qué era el Panuco. No me había tomado la molestia de explorar la zona. Resulta que el Pánuco es un hotel que está justo frente a la prepa y ahí es donde van las parejitas.

—¿Pero cómo vamos a entrar? Todos somos menores, ¿no piden credencial o algo así? Además yo no tengo dinero —dije.

—Eso es lo de menos. Nosotros ahorita vemos qué onda —sentenció.

Fue todo muy confuso. Tatiana no decía nada, volteaba a ver Diana y esta sólo se encogía de hombros. Yo tampoco sabía qué hacer. Era como si sólo estuviese de cuerpo presente pues mi mente me decía que parara, que no importaba si todos pensaban que era puto o que el Gordo me agarrara de bajada todo el semestre o toda la prepa, no tenía porqué seguirles el juego. No pude. Lo cierto es que me importa mucho lo que dicen, no quiero que se burlen de mí.

Recordé la actitud de ayer e intenté mostrarme seguro.

—Sí, vamos, ¿cómo ves? —le dije a Tatiana. Ella dudó, miró de reojo a sus amigos y tras unos segundos finalmente dijo que sí, pero que hoy no podía. Homero y Juan José estuvieron de acuerdo y aseguraron que nos iban a hacer el paro con el asunto del hotel pero hasta el viernes. Diana no dijo ni pío. Algo no anda bien, lo sé, pero no quiero que se sigan burlando de mí.

En uno de los recesos intenté hablar con Tatiana pero estaba como molesta conmigo. ¿Conmigo por qué si son sus amigos los que me estaban agarrando de bajada? ¿Por qué no se enoja con esos güeyes? La verdad es que lo que menos quiero es que se ponga en ese plan porque no es mi culpa. ¿Qué esperaba que dijera si ella misma le entró a la comidilla? ¿Acaso pensó que se podía seguir burlando de mí? Si no quiere que pase lo del viernes está bien pero que entonces lo diga ella. Yo no voy a echarme para atrás. Además, estoy seguro que a la hora de la hora no se va a hacer nada. Sólo son una bola de habladores.

Y está bien, ni que fuera a fuerza, ¿no? Aunque la verdad que mala onda porque fue a decirme que le gustaba y ahora no sé qué pensar. A mí también me gustó el beso y aunque fue incomodó también sentir su mano en mi pierna, pero lo que más me agradó fue la idea de que yo le gustaba a alguien. ¿Entonces eso no era cierto?

Falta un día y Tatiana aún no me habla. No sé qué me pasa. En lugar de molestarme su actitud de ayer hoy la vi y me di cuenta que me gusta mucho. No podría decir cuántas veces voltee a verla en clase. Anoche no pude dejar de pensar en ella y en lo de mañana. Tengo miedo de todo, de que se anime y pase y también tengo miedo de su rechazo. No quiero ir a la escuela pero tampoco tengo algún pretexto creíble. Si pudiera regresar el tiempo ni siquiera me hubiese metido a esa prepa o al menos me hubiese sentado en otro lado o hecho amistad con alguien más. Extraño a mis amigos de la secundaria. Ellos sí me entendían y estimaban. Nada en ese ambiente me hubiera llevado a este problema. ¿O es que acaso así es la vida y tengo que pasar necesariamente por todo esto? Siempre creí que mi primera vez iba a ser algo especial. Quizá no deba divagar tanto. Sí, probablemente mañana no va a suceder nada y todo será igual que siempre y mi única preocupación será lidiar con las majaderías del Gordo.

Nada era como lo imaginaba. Me desperté con una sola incertidumbre y me acuesto con un montón de dudas. No parece un trato justo, la verdad.

—¿Entonces qué we? ¿Hoy vas a tronar como ejote? ¡Ja, ja, ja! Por fin vas a ser hombre, chinga —palabras del Gordo.

—Ya cállate. No va a pasar nada.

—No mi chavo. A mí me contaron otra cosa, que ya andas de puto echándote pa’ tras.

—¿Quién te dijo?

—Pos ya ves. Me dijeron que desde el miércoles andabas de joto queriendo hablar con ella para que no quedaras como marica, pero pues lo que se ve no juzga, ¿no? ¡Ja, ja, ja!

—Ni sabes güey y ahí andas de hocicón —dije y estuve a punto de darle un puñetazo a mi interlocutor, pero me guardé la ira y me fui directo hasta donde estaban los fósiles. Juan José me miró e hizo una mueca burlona, entonces le habló a Tatiana y sin decir nada más sentenció: “vamos”.

Salimos de la escuela Homero, Juan José, Tatiana y yo. Diana prefirió quedarse a clases, pero claramente vi que miraba a Tatiana, como si quisiera que ella reaccionara y se negara, pero no dijo nada. Homero conocía a un empleado del Pánuco y por 200 pesos dejaba que los estudiantes entraran por una hora a algún cuarto del hotel. Ese era el bisne en aquel lugar. Después de que pagó y como si fuera necesario me dijo: “Sale mi chavo. Te rifas, ¿eh?” y entonces entramos.

El empleado nos llevó hasta la habitación y nos dijo “tienen una hora exacta. No se cuelguen. Yo les voy a venir a tocar” y se fue. El cuarto era muy insípido y tenía un ambiente extraño, como si algo sucio y malvado viviera ahí y su presencia nos inspirara una sensación de prisa. Tuve un déjà vu, quizá motivado por esa vez en que mis papás y yo nos hospedamos en un hotel de Toluca. Se parecía mucho a este, aunque entonces me pareció lujoso y enorme.

Tatiana no estaba molesta, pero parecía fuera de sí misma.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Segura que quieres hacerlo? —le dije tembloroso. En realidad yo tampoco sabía, pero sentía que debía mantenerme seguro.

—Sí —dijo y comenzó a desvestirse. Se quitó todo menos el sostén. La imagen era extraña. Su cuerpo no era feo, pero contrastaba con las imágenes que tenía en mi mente debido al porno. La visión de la piel directa, de lo prohibido era demasiado poderosa, no estaba listo. Parecía algo irreal que estuviésemos ahí, los dos, casi extraños si no fuera por la lista de asistencia de nuestras clases.

Su desnudez me cohibió e intenté no mirarla aunque sentí que debía hacerlo. Comencé a desvestirme para quedar a pares. Fui despojándome de mi pantalón, de mi playera y de todo lo demás. Titubeé.

—Estás más flaco de lo que imaginé —dijo, pero su voz no tenía matices. Sentí mucha vergüenza y me metí bajo las sábanas. Ella hizo lo mismo.

Finalmente comenzamos. Los nervios no me dejaron al principio y el pensamiento y la presión de que quizá todo eso se iba a saber me inutilizaron. Nada era placentero hasta ese momento, aunque ella sabía un poco más lo que hacía que yo, otra cosa es que quisiera. El momento de la penetración fue lo más confuso. Por una parte me impresionó el descubrimiento de que nosotros, los hombres, pudiéramos sumergirnos tanto en una mujer, pero por otro lado me daba la impresión de que ella no estaba ahí. Las películas, las revistas, todo eso que compartíamos en la cofradía masculina era falso.

Fueron cerca de 20 minutos de simulación y otros 20 de espera. Nos vestimos, ella dándome la espalda, yo debajo de las sábanas, avergonzado de mi cuerpo y en general de mí. Ni siquiera hubo necesidad de que el empleado tocara la puerta. Ambos acordamos sin mirarnos a los ojos que ella saliera primero. Cuando se fue creí por un momento que volvería y me diría algo más, cualquier cosa. No lo hizo. Salí y no tomé mis siguientes clases. Agarré mi mochila y estuve vagando por la Ciudadela, por el tianguis de artesanías, por la avenida Juárez hasta que ya no pude quemar más el tiempo y regresé a mi casa para escribir esto.

Esto, ¿por qué escribo esto? No entiendo aún qué sucedió en el Pánuco, pero lo que sea que fuera no hubo espacio para el amor o para la voluntad. Sólo hubo vergüenza, desatino y culpa y unas ganas inmensas de pedir perdón, ¿pero a quién? ¡Dios! ¿Acaso esto es siempre así? Ahora entiendo por qué decían ellos, todos ellos, que esto era el pecado. Cuanta vergüenza. Ojalá nunca encuentren este diario.

Han pasado dos semanas. La verdad es que no tenía ganas de escribir nada. Fue como si me secara o no mereciera la tinta del bolígrafo. Le di a Tatiana una carta porque no quiere hablar conmigo. Diana me hizo el favor de entregársela. Quería decírselo en persona, pero no quiso y de todas formas yo no podía. Después de aquel día todo se volvió peor. De inicio todos en el salón se enteraron. El Gordo hizo bien su chamba, a Juan José y a Homero les importó todavía menos y mis demás compañeros me miran con una especie de desaprobación que no soportó. Siento las burlas de todos, como si supiesen cada detalle.

Cada momento que pasa crece mi ansiedad y quiero salir corriendo, pero lo que más quiero es que Tatiana me vea, que me hable. Sé que también está afectada porque la he notado más callada y ríe poco. También es como si se mofaran de ella, pero continúa juntándose con esa bola de idiotas. ¿Tendrá el mismo miedo que yo al aislamiento? Confieso que pese a lo crudo que fue he deseado repetir la ocasión con ella, ya en más confianza, despojado de la vergüenza y la culpa. Me aferro a sus palabras aunque fueran parte de una broma: “Tú a mí sí me gustas aunque seas un bebé”.

Nunca me sentí tan humillado como hoy. Puedo ver a la escuela entera riéndose de mí, de mi debilidad. Supe de mala manera todo el asunto y ahora entiendo todo, entiendo por qué el interés de Tatiana se volvió franca nausea y entiendo por qué no quiere saber nada de mí.

Resulta que lo que empezó como una mofa escaló hasta convertirse en apuesta. Sí, así es. Homero y Juan José apostaron con Tatiana para que se acostara conmigo. Me lo dijo Diana. Se les hizo fácil cambiar sus chistes por algo más grave y estúpido. Lo más penoso fue nuestra disposición a ser hazmerreír de ellos.

Diana me aseguró que intentó convencer a Tatiana de cancelar aquello, pero su orgullo y la idea de que yo era un pelele que me echaría para atrás la llevaron hasta el final. ¿Y por qué no me lo dijo? ¿Qué creyó que iba a pasar si se negaba? Seguramente sentía el mismo miedo al rechazo, a la soledad, a que sus amigos, si es que a esos despreocupados imbéciles se les puede llamar así, la consideraran cobarde como yo a que me tengan por un poco hombre. ¿Y qué es ser un hombre? ¿Alguien que no pueda negarse, que tenga siempre disponibilidad aunque enferme su alma? ¿Y yo acaso no podía también negarme? Somos iguales: jóvenes, inexpertos, incapaces de decir no. Ambos unos imbéciles.

Quisiera decir que los dos fuimos víctimas, pero lo cierto es que nos equivocamos. Yo no supe o no quise leer los signos de tu rechazo y ella preferió llegar hasta el final por temor a no encajar. Así de sencillo. No hay que buscarle tres pies al gato. Quizá entender eso sin que nos corroa el rencor sea señal de madurez, pero hoy sólo puedo sentir humillación. Le dimos su lugar a la gente equivocada por miedo al qué dirán, pero de todas maneras terminamos donde empezamos y peor, porque perdimos algo más que nuestra inocencia: nuestra dignidad.

Sé lo que hablan de ella y comprendo que la gente es más dura por el hecho de ser mujer, pero la responsabilidad de esos actos es de cada quien. Probablemente es algo que teníamos que aprender.

—We, deberías sentirte alagado de que apostaron contigo —dijo el Gordo y los demás rieron.

—¿Alagado de qué? ¿De qué te la pases chismeando como argüendero? —le grité furioso.

—A mí no me eches la culpa de tus pendejadas. Desde el principio sabías que esos weyes te estaban cargando carrilla nada más y en lugar de agarrar el pedo ahí vas de Don pendejo.

—Pues sí cabrón, pero tampoco tienes porque andar de ojete contándoles a todos. Se supone que eres mi compa.

—¿Tu compa? ¡Ja! No digas mamadas. Tú no eres mi compa. Jalas con nosotros porque no te hemos abierto. Desde que te conocí me caíste de la chingada por mamón y luego de lo que te pasó con la puta de la Tatiana más por pendejo —reclamó y cada palabra, cada grosería se sentía injusta. No acepté esas ofensas tal y como otros días. Está vez eran afrentas reales, dichas con saña por parte de un adolescente sin un gramo de empatía.
Mi reacción fue sorpresiva para Javier. Con todas mis fuerzas le solté un puñetazo directo a la cara, pero a duras penas le cambió el gesto. Me derribó de un solo golpe. Sentí vértigo tras el latigueo que hizo mi cara y antes de poder levantarme el Gordo me tomó del brazo, me hincó y comenzó a torcerlo. Apreté los dientes intentando resistirme, aferrándome a mi furia, pero su fuerza y su enojo me sometieron completamente.

—¿Ora sí qué decías pinche chamaco verguero? Si quieres que te suelte pídeme perdón perro —decía y jadeaba de coraje.

La impotencia que sentí era absoluta, todos a nuestro alrededor nos miraban, a algunos se les notaba la emoción y la adrenalina de la pelea ajena. Hacía años que no me peleaba, desde la primaria creo. Juro que intenté resistir pero el dolor me hizo decirlo con la misma vergüenza que experimenté ese día en el Pánuco.

—Perdón.

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Francisco  Cirigo

Francisco Cirigo

En su novela Rayuela, Julio Cortázar realiza varios análisis sobre la soledad, exponiéndola como una condición perpetua, absolutamente fatal. Dice que incluso rodeándonos de multitudes estamos “solos entre los demás”, como los árboles, cuyos troncos crecen paralelos a los de otros árboles. Lo único que tienen para tocarse son las ramas, prueba inequívoca de la superficialidad de sus relaciones. Las personas somos como árboles y nuestras relaciones son ramas, a veces frondosas y frescas, a veces secas y escalofriantes, pero siempre superficiales. Nuestros troncos son islas sin náufragos posibles.

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