PARRESHÍA

A ciegas y sin seguro

A ciegas y sin seguro

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Sentido y destino.

¿Cómo saber que llegamos si se ignora el destino?

¿Es posible conocer el momento del arribo, si no sabemos a dónde vamos?

¿Cómo valorar la pertinencia y bienaventuranza del destino cuando se desconoce?

¿Cómo distinguir si nos acercamos a alejamos de lo que ignoramos?

Y, una vez arribados, ¿cómo saber que ése y no otro era el lugar que buscábamos?

¿Es el viajar por viajar; el camino por el mero caminar; o es el punto de llegada lo que da sentido y valor a la travesía?

¿Hay sentido sin destino; llegada sin meta; Odisea sin Ítaca?

¿Todo propósito se agota en el hacer por hacer, en el ir por ir? “Toda acción es -sin ‘el espíritu’ y ‘el pensamiento’– una nada”. (Heidegger) Y para Nietzsche "la forma más extrema de nihilismo" es la nada, a la que equipara a "lo sin sentido".

De allí la importancia de las palabras. Hay palabras que dan contenido y las hay que refieren acción. No es lo mismo que te inviten al viaje número cuatro, a que te digan, por ejemplo “Sufragio Efectivo, no Reelección”.

Sufragio efectivo, no reelección fue la causa que incendió la chispa telúrica de la Revolución. “Viva la América, muera el mal gobierno” gritó Hidalgo en Dolores, en contra del invasor napoleónico que dejaba a la Nueva España sin Rey y al pueblo huérfano en la libertad de tomar en sus propias manos la soberanía inmanente. Separar del poder del Estado el eclesiástico en aquel México que, habiendo logrado su independencia de España, primero, y del poder económico peninsular, después, seguía hasta entonces sometido al poder colonial eclesiástico; tal fue el destino fijado por los hombres de la Reforma. “La tierra es de quien la trabaja” proclamó Zapata en la lucha agraria, para devolver a los pueblos originarios sus tierras concentradas, primero por la Iglesia y, luego, por el poder económico del porfiriato. En todos estos casos fue primero el destino, el propósito, la causa; luego el denominativo.

Hidalgo no llamó a independizarse por la independencia en sí; buscaba el buen y debido gobierno, una vez que la Corona española había sido secuestrada por Napoleón. Luego vendría Morelos con los Sentimientos de la Nación incorporando a la lucha contenidos de justicia social (“moderar opulencia e indigencia”) y estructura constitucional y programática.

Juárez no proclamo la Reforma por la reforma, pugnaba por un Estado efectivo ante un poder eclesiástico desmandado y hostil en su territorio. Lo de “Reforma” como apelativo, devino de las Leyes de Reforma de 1860, que llevaron a la legislación ordinaria las reformas de la Constitución del 57. La lucha había concluido y el nuevo orden había sido ya establecido. Alcanzado el propósito se impuso el apelativo.

Madero buscaba la democracia, la Revolución fue una resultante que lo rebasó a costa incluso de su propia vida; nadie llamó a la Revolución por la revolución: Madero luchaba por la efectividad del sufragio y la no reelección; Carranza por el constitucionalismo frente al golpismo huertista-norteamericano; Zapata por la justicia campesina. Ya esparcida la lucha, hubo tantas causas locales como grupos armados alzados; de allí lo difícil de domar esas fuerzas centrífugas una vez acabados los balazos del fuego revolucionario y matados entre sí los principales revolucionarios; de allí el riesgo siempre presente de que resurjan las tendencias rupturistas ante la ausencia de un centro ordenador, justo y eficaz, que asumiendo su papel de autoridad se coloque por encima de todo conflicto y actúe como arbitro de los contrarios y garante del interés nacional.

De allí la importancia de las palabras, porque viajar, cambiar o transformar indican formas de acción, verbos; no destino ni contenido. Las palabras que consignan propósito y destino, obligan a un fin, regulan acorde a los valores que persiguen dicho fin, otorgan sentido y cotizan la acción. Dan norte, brújula, al para qué y por qué cambiar, viajar, transformar.

Flaco favor hizo López Obrador a su transformación al definirla numerándola. El número en este caso solo define precedencia, no la cosa en sí misma. Vayamos ahora al vocablo transformación que significa acción o efecto de transformar. Trans-formar, hacer cambiar de forma a algo o a alguien. La mera acción de transformar nada nos dice del algo y la forma que se transforman, en qué se transforman, por qué y para qué se transforman. Transformación es el proceso y la consecuencia de lo que se trans-forma (cambia de forma) y en qué se transforma; pero no la cosa misma que se transforma y menos el contenido de su cambio.

Forma, por su parte, es la configuración externa de algo, modo o manera en que se hace, o en que ocurre algo, y modo o manera de estar organizado. De allí la trilogía de forma, horma y norma. La forma es lo configurado o el modo de hacer o estar, la horma es el molde que se le impone a la forma y la norma el deber ser que se le exige como conducta y modo. En todo caso, la forma es siempre el contenido de lo que se trans-forma.

La definición más elaborada del caso se bifurca en la Transformación de la "vida pública nacional” y de la "vida nacional". El sujeto, pues, es indefinido; indistintamente se mienta el ámbito público y el nacional, y no son lo mismo en su composición, alcances e implicaciones. Lo publico es lo que nos concierne a todos, lo nacional implica lo público y lo privado, y éste último no le concierne a todos, el propio Estado está obligado a respetar y garantizar la vida privada de sus individuos, solo pudiéndola afectar por causa legal que funde y motive autoridad competente conforme ley expedida con anterioridad al caso concreto de que se trate. De allí que lo primero sea deslindar con precisión el sujeto de la transformación, más aún cuando el discurso público se puebla de sermones moralinos, acentos religiosos y abiertos ritos paganos ajenos a su ámbito constitucional explícitamente laico.

Por otro lado, la rijosidad en el decir pudiera alcanzar espacios de explicación y hasta justificación en el ámbito público; no conveniente ni recomendable, pero generalmente presente con los matices propios de la lucha política. Pero el discurso público rijoso en los ámbitos de la vida privada de los ciudadanos, de sus derechos, bienes, familias y honras es de suyo inadmisible y ominoso.

Para efectos de este análisis asumimos que se trata de una confusión discursiva y que la llamada Cuarta Transformación versa exclusivamente sobre la vida "pública" nacional. Aún así, el sujeto es tan difuso e inaprensible que nos deja de nuevo en el limbo de la indefinición; insuficiente por sí mismo para explicar propósito, concitar voluntades, dotar de estructura programática y generar una unidad de acción efectiva. Difícil, así, lograr una verdadera acción creadora, toda vez que carecemos de cuerpo conceptual que la razone; solución, método y programa que la conviertan en objetivo, ruta, sistema y proceso; finalmente se echa de menos una unidad en la acción eficaz que la convierta en causa compartida y eficaz. Por ejemplo, para todo efecto práctico, llevar el crecimiento económico a cero o polarizar a la sociedad puede entenderse como transformación de la vida pública nacional, y toda vez que como desconocemos en qué consiste ésta, no sabemos si tal es su propósito o estamos ante su negación o, al menos, fuera de rumbo.

Por supuesto que la ausencia de carta de navegación auspicia un poder discrecional, amplia márgenes de maniobra y abre espacios de arbitrariedad, circunstancias todas que constituyen en sí un destino. Por otro lado, debilita la consistencia y alcances de los equilibrios y controles de ese Leviatán que, en su circuito ascendente, precisamente en su desafuero, se rehusa con mayor insistencia y fuerza a toda definición del sentido y destino, toda vez que los aprecia como sujeción, exigencia, debilitamiento, adversidad y hasta personalmente adversarios. Y nuevamente, encontramos que concentrar el poder puede también entenderse como transformación de la vida pública nacional, y dado que ignoramos el verdadero contenido de transformación aducida, no sabemos si sea ello lo que realmente se busca. El concepto, pues, es tan omniabarcante que cualquier cosa -la antípoda misma - puede caber en él.

Reitero, transformación es devenir (llegar a ser, sobrevenir, suceder, acaecer), cambio, diría Heidegger; en ese sentido tenemos que tener presente que “desaparecer también es devenir; devenir no quiere (…) decir (necesariamente) nacimiento o, menos aún, desarrollo y progreso”; el sentido y virtud de la transformación lo da el contenido del devenir, no la acción de devenir. El mismo autor sostiene que "lo esencial del revolucionario no es la transformación como tal sino que en ella saca a la luz lo decisivo y esencial." Sacar a la luz a la luz, exponer y someter a análisis y discusión lo que nos es decisivo y esencial, aquello que mueve a cambios radicales, que arrasa con lo establecido, que llama a crear algo diferente. Nuevamente nos remite al qué de la acción transformadora, mientras lo decisivo y esencial no se ponga al frente y a la vista de todos, la transformación carecerá de consistencia y modo.

Ahora bien, tal vez la transformación por la transformación misma y, hasta hoy, desconocida pueda desatar un profundo movimiento que, concluido, ubique su destino y encuentre su propia y auténtica denominación, pero mientras se niegue a dejar de ser proclama para elevarse en programa, nadie sabrá su puerto de destino. De allí la pregunta original, ¿cómo saber que hemos llegado si carecemos de paraíso prometido?

Es un hecho que la transformación por la transformación embriaga voluntades y mueve pasiones en amplias franjas fieles al movimiento que las concita; pero aún así estamos frente a un dogma de fe, no de cara a la certeza y racionalidad en el destino y en su ruta. El problema es que incluso ellos, en su fe redentora, viajan a ciegas y sin seguro.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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