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Dos cientos cincuenta y contando

Dos cientos cincuenta y contando
Beethoven.

Le ordené a Alexa reproducir el concierto de violín y orquesta. Le cuesta trabajo identificar mis gustos y preferencias, ha habido ocasiones que toca sin mi permiso el último rageeton del cuadrante. Un verdadero desastre. En esta ocasión, sin embargo, no hubo confusión alguna. Todo mundo, hasta ella, sabe qué es cuál.

Este año se cumplen 250 del nacimiento de Ludwig van Beethoven, excepcional compositor y pianista alemán, referencia obligada en la transición de lo clásico al romanticismo.

Como en la mayoría de los casos de hijos sobresalientes, su padre asumió un importante quehacer y fue factor de su evolución musical, Johann apostó a que su hijo pudiera convertirse en un niño prodigio como Mozart, y se esmeró en darle a Ludwig una dedicada educación musical desde muy joven.

Más tarde, a los 21 años, ya pianista, se mudó a Viena, donde Joseph Hayden fue su maestro. Su opus 1 tiene fecha de 1795, un poco antes de su Sinfonía Nº 1 que lo distinguió rápidamente por su modernidad en el uso de cambios de tonalidades y otras expresiones de riesgo ante patrones establecidos.

La música personal Beethoveniana pronto rompió esquemas y sumó aplausos. Hasta la fecha, por ejemplo, la Sinfonía Nº. 3, Heróica, en cuatro movimientos, se considera no sólo una grandiosa obra de arte, sino expresión universal, ejemplar de cambio, cuando menos desde que se estrenó y algunos críticos la llamaron “ininteligible”. Sin exagerar, está Sinfonía, cambio la tendencia de la música.

Se sabe que Beethoven tuvo un carácter tosco y muy poca grata personalidad social, por lo que se refugió, por fortuna, en su quehacer musical. Sufrió depresiones, limitaciones económicas, consideró varias veces el suicidio sabiéndose irremediablemente sordo.

Sin embargo, Beethoven es un ejemplo universal de persistencia, de constancia en su nuevo estilo musical. Se ama su música porque es universal, porque la sentimos nuestra, porque nos habla a todos con el mismo idioma. ¿Quién no se ha emocionado al oírlo? ¿Al hablarnos de sus mismos dramas? ¿Al provocar? ¿Al inspirar? Además del reconocimiento a su genio, la humanidad le debe, sin duda, haber influido por su arte, para tener todos mejor calidad de vida, para buscar con pasión el placer.

Aquí estoy en esta tarde, tecleando con dos dedos (como cuerdas únicas del violonchelo), y decidido a hacer honor a mi compromiso semanal con la certeza que algún día rendirá frutos y oyéndolo recuerdo a Bernstein, a Solti, a Von Karajan, a mi tocayo Arturo Benedetti Michelangelo, al estimado Eduardo Mata y su esposa con quienes pasamos un memorable fin de semana en Tepoztlán, lleno de música, de buen comer y beber. De interminables amaneceres como si el tiempo nunca se acabara. Veo a Ferretis, que también debió ser director de orquesta en lugar de ser asesinado, sin misericordia, en San Miguel de Allende.

Comprábamos los boletos menos caros, de las últimas filas en Lincoln Center y en Bellas Artes y nos figuramos en el pódium, recibiendo los aplausos. Transfigurado en la música, mi imaginación me llevó a viajar hacia la primera mitad del siglo XIX cuando la independencia de los EUA apenas tenía unos años y empezaba la expansión del imperio actual. Cuando la revolución francesa de 1789 dio paso a Bonaparte. Cuando se iniciaron las luchas libertarias de la mayoría de los países latinoamericanos y cuando dedicó la Tercera a Napoleón y al auto coronarse éste se disgustó a tal grado que borró el nombre del emperador y en su lugar escribió: “compuesta para festejar el recuerdo de un gran hombre”.

Recuerdo cuando aplaudí la Novena y sentí que el gran sordo se reía tanto de mi, como de todos. Como diciendo, ahí les dejo eso para cientos de años más.

Pensé terminar este mínimo homenaje lleno de añoranzas cuando el Macintosh reproducía su genio y en honor de mi padre, que me enseñó a Beethoven, guardé silencio, como si las afinidades electivas de otro sobresaliente me dijeran: ¡Aprende! Todo esto es para ustedes, la humanidad lo merece. No lo desperdicien. Y de pronto las pequeñas grandes cosas tomaron otra vez su verdadera dimensión.

Entrecerré los ojos y la página estaba ya en la indignación que me produjo las declaraciones, increíblemente atribuidas al famoso Peje con respecto a los feminicidios terribles, imperdonables, recientes. Imaginé su necesaria disculpa pública por su insensibilidad manifiesta frente al dolor, al abuso. Este coraje de impotencia me hizo corregir el texto original “a la memoria de quién pudo ser un gran presidente”

Busqué ayuda, mi amigo Rubén, preocupado también por la salud de nuestro país, me envío artículos de varios autores. Leí a Sara Sefchovich (El Universal 23/02/2020), !qué lucidez!. Debía de ser texto gratuito para las mañaneras y recitarse en voz alta, hasta aprenderlo de memoria.

Busqué ayuda, perdido en la Séptima, opus 92, cuando intentaba recuperar su salud en Teplice en la hoy República Checa, como yo hoy trato de entender, sumido en el allegretto, tal vez aún hay esperanza me digo una y otra vez.

Hola Rubén, le escribo: apenas leí el texto de Sara, creo que tiene toda la razón ¿Qué pasa? ¿Estaremos condenados?

Me contesta mi amigo, al tiempo que se diluye el movimiento: “El poder, es el poder no acotado, envenena todo”.

El pasado autoritario, se fue para siempre, aunque quisiera regresar. El presente convulso, mortifica, duele, discrimina, asesina. El futuro está lejos, intangible. La transición, la señalada transformación, está en los primeros acordes, es apenas un proyecto y pudiera ser, lamentablemente, otra mentira, un frustrado intento como los anteriores. ¿Hasta cuándo podremos efectivamente celebrar y echar las campanas al vuelo?

Sin embargo, a pesar de todo, me digo en silencio: todo mundo debiera entonar el Himno de la Alegría, de la Coral, alguna vez en la vida, aunque pocos quieran escuchar ya.

Mi vida sin ti
No tiene sentido

Estoy jodido sin tus besos
Sin tu cuerpo
Sin tus labios

Cuando te alejas
He diseñado una estrategia
Para recuperar tu cuerpo
Tus deseos
Tu aroma
Tu ser

Se trata de una estrategia singular
Para recuperar

El tiempo olvidado
El tiempo perdido
El tiempo jodido

Tengo deseos de seducir
De volver a decir
Que eres lo mejor de mi

Que si desperdicias mi vida
Te volveré a insistir

Tus labios
Tu mirada
Tus ritmos

Todos tus pensamientos

En esta estrategia infalible
Se trata de demostrar
Es fácil. Te quiero convencer
Que como a nadie te quiero
Que, si te vas, me muero

Y si en cambio te quedas
Volveré a renacer.

¡vámonos amándonos pués!






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Arturo Martinez Caceres

Arturo Martinez Caceres

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