PARRESHÍA

Principio de realidad

Principio de realidad

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Ser y devenir.

Somos prisioneros en la historicidad; somos en una historia en curso.

No obstante, la necesidad de explicar todo desde nuestra perspectiva de sujeto y circunstancia distorsiona nuestra óptica. El filosofo del devenir, Nietzsche, sostenía que “nuestro intelecto no está preparado para los conceptos del devenir (…) intenta demostrar la permanencia de todo, porque surge de imágenes.” Para explicarnos y explicar el mundo congelamos el fluir de la realidad en momentos compartiméntados, fijos; en un ser y estar, sin ver que se trata de un siendo y estando. Así creemos que ese ser y ese estar pueden ser aislados, asidos y manipulados a discreción, cual piezas intercambiables, cuando la realidad, como el río de Heráclito, es devenir con propia entidad, impulso, inercia y dinámica.

Para entender nuestra realidad fluctuante, la congelamos en instantes estancos y desconectados. Nos es más fácil tratar de gobernar el momento aislado que el devenir que se nos viene encima y arrastra. Segmentado el fluir en instantes congelados y desconectados, tenemos la impresión inaugurar a cada momento el génesis; parir nuevos mundos y tiempos: “antes de mi la nada, después de mi el diluvio”, dice la soberbia hecha hombre.

Y si bien cada instante es un tiempo nuevo, lo es sobre lo que ya fue y fluye. La realidad no se nos presenta como un bloque de mármol virgen para modelar libérrimamente sobre él; acusa fisuras, rompimientos, deformaciones, manchas y las huellas propias del tiempo y de los hombres.

Y ese ser y estar que percibimos como aislado y estático es en sí impulso e inercia que, cual navío de gran calado no puede girar sino en prolongado arco, o, como doble remolque, no puede frenar en seco, o acelerar cual auto de carreras.

Pero en ese devenir no solo es el mundo, también somos nosotros; formamos parte de él. Somos hoy y aquí, pero también pasado y perspectiva... historicidad.

Con el pasado modelamos el futuro a base de valoraciones; de perspectivas que llevan insertas y veladas condicionantes del pasado que las marcan y limitan, tal y como nos limitan a nosotros. Nuestras aspiraciones de futuro, pues, están de alguna manera condicionadas por el devenir.

Por supuesto no todo es inercial ni fatídico. El pasado pesa y limita, pero no castra. El hombre, acotado por el pasado, puede aspirar, no obstante, a un mundo diferente. De otra suerte jamás hubiéramos salido de las cavernas.

En otras palabras, si bien no podemos cambiar todo, sí podemos cambiar. No todo, tal vez no de golpe, pero nuestro pasado no nos condena irremisiblemente. Somos en la historicidad y en el devenir, somos tránsito y en tránsito, entre un pasado que fue y pesa, y un futuro que aún no es y se busca; pero somos ante todo inteligencia, libertad, voluntad y acción.

El futuro tampoco es de generación espontánea; no surge de la nada ni es sobre la nada; sus alcances y posibilidades hunden sus raíces en lo que fue y es. Sin duda hay quiebres ciclópeos y saltos quánticos, pero aún ellos se dan en una realidad fáctica que constriñe sus alcances.

Así, el pasado y el futuro confluyen en el instante y, de cierta manera, lo condicionan.

Ahora bien, en este devenir qué pesa más en nosotros: el pasado que condiciona o el futuro que atrae. El cuestionamiento no es baladí porque ambas fuerzas juegan en la ecuación. Muchas veces, creyendo inventar nuevos tiempos, solo reciclamos añejas fobias y filias, o, aspirando conquistar el futuro, nos condenamos a reeditar el pasado. La propia ciencia ha demostrado que en los estados depresivos secretamos endorfinas a las que nos hacemos adictos en una especie de masoquismo por el que nos condenamos inconscientemente a no salir de nuestra depresión, al menos no sin ayuda. Vemos casos de personas que teniendo todo para salir adelante, inconscientemente hacen todo para ser una y otra vez humillados y derrotados, toda vez que se sienten mejor en el papel de víctimas que de triunfadores. Las más de las veces nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. De igual forma, hay individuos que, luchando por resolver un problema, en el fondo hacen todo para que no se resuelva y verse entonces privados de su lucha, rol, apostolado y discurso.

En otros casos, nuestras expectativas sobrepasan toda posibilidad real y creemos que con solo mentar las cosas se hacen realidad, o bien que basta con la voluntad para doblegar cualquier situación.

En todos estos casos se vive ajeno al principio de realidad.

Todo esto no tiene que ver con la autenticidad de nuestras aspiraciones, compromisos y esfuerzos; es ajeno a cuestiones ideológicas y extraño a cálculos políticos. Responde a fortalezas y debilidades propias; a posibilidades y obstáculos innatos y cultivados; al desarrollo de nuestra personalidad y a nuestra capacidad de procesar la realidad. Tampoco tiene que ver con un mundo dicotómico entre malos y buenos, ni siquiera con lo que hagan otros, sino con nuestro yo interior y la forma como se relaciona con el mundo y con el mismo.

No basta con querer, menester es poder; tampoco basta con poder, si no se sabe a dónde se va y cuáles las posibilidades reales de llegar. Y, en todo caso, hay que estar atento al devenir: lo que hasta ayer funcionaba, hoy ya no; lo que ayer era anatema, hoy es virtud; lo que ayer gustaba, hoy enfada. Los mosqueteros de hace 20 años, siendo los mismos, hoy son otros; Robin Hood, hecho Rey, sería un personaje muy distinto al bandolero justiciero. Lo que modelamos en la mente (tendencia) cuando enfrenta la realidad (estructura) encuentra la medida y horma de posibilidad real.

La realidad no es pues de libérrima manualidad; no es rehén de caprichos ni de obsesiones; es materia celosa y resbaladiza; dura de roer, terca, orgullosa, cambiante. Nos lastra al pasado y nos constriñe ante el futuro.

Gobernar es transitar en las procelosas aguas del devenir. El mayor pecado que podemos cometer es creer dominar la tormenta. La tormenta tiene vida propia. En cita de Isaiah Berlin hace un año Silva Herzog Márquez escribía que para transformar es más importante el tacto que la idea. Un político debe “ser capaz de palpar el carácter único de la circunstancia, entender las complejidades del momento, percibir el sentido del tiempo, leer el carácter de sus contemporáneos, anticipar aquello que apenas se insinúa, percatarse del peso de las inercias y advertir las primicias.” (Reforma 11 iii 19)

El pasado nunca está del todo cerrado y el futuro jamás está del todo abierto. Puede que en el hoy y aquí del instante gocemos de gran poder, pero en el devenir somos polvo en la tormenta interna de un grano de arena en una tempestad de constelaciones.

Aquél, el pasado, suele hacérsenos presente invisible, inadvertido, engañoso, inconsciente y sin previo aviso, haciéndonos tropezar una y otra vez con nosotros mismos; éste, el futuro, siempre renuente, nos hace, las más de las veces, arar en el mar, tejer la nada. Frente al devenir, solo queda la humildad como divisa.

Ya lo enseñaron los griegos, “los dioses ciegan a quien quieren perder.”




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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