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Perdonar

Foto: lfmopinion.com


Recuperando un texto del 2015 con relación al caso de Ricardo Alemán.

El renacer de un nuevo año, como todo reinicio, brinda la ocasión del perdón. Abordo el tema desde un enfoque laico y específicamente político. Sigo en estás líneas a Hanna Arendt en su libro La Condición Humana.

Arendt distingue tres actividades fundamentales del ser humano: labor, trabajo y acción. Las dos primeras pudieran describirse, en palabras de Locke, como “la labor de nuestro cuerpo y el trabajo de nuestras manos”. La labor responde a la necesidad y a la sobrevivencia, es lo que hacemos para mantenernos vivos, de allí que el destino de su producto sea el consumo; el cometido de su esfuerzo es ser consumido y agotado tan pronto ese esfuerzo se gasta. El trabajo, por su parte, produce objetos que tienen por finalidad su uso y que, por ende, son duraderos. Ejemplo de labor es la comida que día a día preparamos y consumimos; del trabajo es la silla que a lo largo del tiempo usamos para sentarnos a comer.

La acción, a diferencia de la labor y del trabajo, como actividad humana es la obra verdaderamente política, ya que sólo es posible en convivencia, es decir en la pluralidad. Así, inmerso en una pluralidad de individuos el hombre se distingue porque puede comunicar su ser por el discurso y la acción. A diferencia de la labor y el trabajo, al discurso y a la acción, que son actividades eminentemente políticas, no las mueve ni la necesidad ni la utilidad, como sí lo hacen con la labor y el trabajo.

Actuar significa tomar la iniciativa, comenzar, conducir. Pudiéramos decir que la primera acción humana es nacer, en tanto surgimiento de algo totalmente novedoso e irrepetible; pero con ese nuevo evento, es también la oportunidad de que a través de su libertad y con cada una de las acciones en su vida nos brinde lo inesperado e infinitamente improbable. Eso inesperado e improbable expresa a un sujeto que se distingue y afirma en la pluralidad de hombres. El discurso y la acción de ese individuo diferenciado, tejen relaciones, se comunican y enriquecen, no permanecen aislados. Al relacionarse, el discurso y la acción por él iniciados se transforman y adquieren un carácter impredecible; nadie puede en política predecir indubitablemente el resultado de su acción, éste sólo puede revelarse cuando aquélla concluye en definitiva. Pero también la acción adquiere un carácter irreversible: la palabra dicha y la acción realizada quedan; su aparición es indeleble. Eso era lo que diferenciaba al hombre libre del esclavo en la Grecia antigua: la Polis, según Pericles, aseguraba a quien actuaba, que sus hechos no quedarían sin testimonio, ni requerirían de un Homero que de ellos tuviera que hacer elogio siglos después, como el que el poeta hizo sobre la gesta de Troya.

Bien, así llegamos a nuestro tema, el perdón. La única posibilidad de redimir lo irrevocable de la acción humana es el perdón. Éste, como la acción misma, de requiere de su nacimiento y depende de la pluralidad. Por ello, el propio Jesucristo sostenía que el perdón no era exclusivo ni derivaba de Dios; al perdón lo deben de poner en movimiento los hombres en sus relaciones con otros hombres para que Dios, entonces, los perdone a ellos. La afirmación de Jesús es radical, el hombre no perdona porque Dios perdona y entonces él simplemente acompaña al perdón divino; sino que solo aquel que perdona de todo corazón será perdonado por Dios. “Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Porque a los hombres, además, se les perdona porque “no saben lo que hacen”.

Al perdonar no sólo ejercemos nuestra libertad, sino que le damos a la vida, a nuestra propia y libre acción, a nuestro albedrío, la oportunidad de un nuevo nacimiento y con él una infinitud de posibilidades.

Quien no perdona se priva de darle a sus acciones un nuevo aliento y se condena a lo irreversible de las mismas. Si la memoria es el antitiempo, al permitirnos traer al presente el ayer; el perdón es la llave a nuevos tiempos, llave que nos permite nacer a la acción de nueva cuenta.

Por eso el perdón es el extremo opuesto a la venganza; por ésta permanecemos atados al proceso iniciado por la acción original; por aquél nos liberamos de ella y renacemos a una nueva acción y a sus infinitas posibilidades. La venganza alimenta la reacción en cadena y nos encadena a ella; el perdón libera a quien perdona y a quien es perdonado. En la venganza no hay libertad posible, hay sólo reacción natural y automática, así como irreversibilidad. El perdón brinda la oportunidad de un nuevo comienzo, tantas veces como se otorgue. El perdón, a diferencia del ojo por ojo, es impredecible, inesperado y verdaderamente libre. La otra mejilla es en realidad la otra oportunidad.

“Los hombres, dice Arendt, aunque han de morir, no han nacido para eso, sino para comenzar”. Toda acción es un comienzo, pero la venganza no es acción; es reacción y por tanto no es libre, ni es comienzo, recorre caminos agotados.

Nuestra política requiere de una fuerte dosis de perdón para renacer. Los políticos necesitan empezar por perdonar. Hacerlo implica aceptar su absoluta derrota. Perdonar, primero, a sí mismos y luego a sus contrarios. La asignatura, sin embargo, no les es exclusiva, de nosotros demanda otorgarles también el perdón y perdonarnos por haberlos dejado ser. En nuestra debacle no hay nadie que se salve.

Un ejemplo: el talón de Aquiles de Andrés Manuel es la piedra de molino de resentimientos y venganzas que carga al cuello y que lo ata a su imposibilidad de reinventarse. Él dice que es firmeza de convicciones; pero cuando bien se observa, no es consistencia lo que vende, sino rencor, y el rencor, además de ser un árbol de espinas en el corazón, no produce más que rencor, es endogámico. Pero Andrés Manuel no es el único de nuestros políticos constituido de y en el rencor, tan sólo es el más visibles en sus irrevocabilidades.

Así, aunque pueda ser un ejercicio banal en este mundo moderno, deseo a todos y cada uno de ustedes en este año nuevo, la oportunidad del perdón para renacer en algo diferente. Nos lo merecemos. Si somos capaces de diferenciarnos de lo que hemos sido y estamos dispuestos a desaprender y des-aprehender para ser nuevos a cada nueva acción y comunicarnos para entendernos y hacer común lo diverso, tal vez tengamos derechos a un nuevo amanecer.

Publicado el 31 xii 15

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