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El Ensayo como forma filosófica en el pensamiento de Hölderlin

Foto: http://revision-filosofica.blogspot.com


Escapando a las trampas de su tiempo.

“El momento en que se acaba el periodo de lo nuevo individual es allí donde lo nuevo infinito se comporta hacia lo antiguo individual como poder disolvente, como poder desconocido.”
Hölderlin



El pensamiento filosófico de Hölderlin no le pide nada al de Schelling, mucho menos al de Hegel, incluso puede ser que, como piensa Felipe Martínez Marzoa, el poeta les lleve la delantera filosóficamente.

Resulta interesante el hecho de que los dos filósofos profesionales, por llamarlos de alguna manera, hayan desplegado en sistemas su versión del nuevo pensamiento proyectado en Jena, mientras que Hölderlin, en cambio, decide filosofar ensayísticamente, optando así por un pensamiento más fragmentario, a-sistemático, poniéndose así formalmente en directa oposición a sus antiguos compañeros. Esta decisión de estilo es completamente consciente y responde de manera precisa al lugar que ocupa el propio pensamiento en la ontología del poeta. A fin de cuentas, Hölderlin fue el único de los tres que adivinó que el pensamiento nuevo que habían vislumbrado de jóvenes necesitaba, para poder realmente ser nuevo, de una nueva forma de presentarse. El poeta, con esa sensibilidad poética que únicamente como poeta podía tener, adivinó que si lo que se quería hacer era superar la modernidad no se podía seguir pensando mediante el canon estilístico y formal propio de la modernidad, porque la forma del discurso nunca es un medio ni neutro ni transparente, sino está cargado de los valores históricos de la sociedad que lo enuncia. En específico: la forma sistemática del discurso moderno está cargada de su desmesurada confianza en la omnipotencia de la Razón. Quizás la pretensión de un sistema, que abarque todo, ya sea de una manera abierta y creativa, como el de Schelling, o de manera cerrada y totalitaria, como el de Hegel, sigue siendo un síntoma de hybris de la racionalidad ilustrada y su narcisismo enceguecedor y obnubilado.

Como poeta, Hölderlin sabía muy bien que la forma y el contenido no son nunca independientes, sino que se determinan mutuamente a tal grado que llegan a ser indistinguibles, y, sobre todo, tenía muy claro, que un pensamiento nuevo no puede expresarse mediante la estructura formal del pensamiento al que pretende superar.

La decisión estilística de Hölderlin nos lleva a pensar que adivinaba, por decirlo de una manera totalmente anacrónica pero efectiva con McLuhan, que el medio es el mensaje. El sistema es al fin de cuentas una construcción propia del pensamiento metafísico moderno que Schelling y Hegel no logran superar y, quizás, por eso no logran cumplir el ideal que se habían propuesto de jóvenes en el Proyecto.

Al final la historia le ha dado la razón a Hölderlin como filósofo, por lo menos en este punto: si el romanticismo es la quiebra de la razón ilustrada, el hecho de que el ensayo, junto con el artículo académico, se hayan vuelto el canon del pensamiento contemporáneo y que el pensamiento sistemático sea una rareza o una anomalía en el paisaje filosófico de hoy en día habla de que el romanticismo ha terminado, de cierta manera, por triunfar sobre la soberbia pretensión racionalista moderna que creía poder subsumir todo en sus pesados tomos. En ese sentido Martínez Marzoa tiene toda la razón al decir que Hölderlin iba en avanzada filosófica respecto a sus dos compañeros: estilísticamente estaba adelantado a su tiempo. La filosofía de Hölderlin formalmente es ya contemporánea.

Quizás precisamente porque sus ensayos no pretendían ser filosofía “profesional” sino simplemente filosofía (pensamientos, cartas, notas, etc.), es que pudo Hölderlin pensar de manera verdaderamente nueva en ellos, escapando así a las trampas de la academia y los editores, a las trampas de su tiempo.

Hay que decirlo, puede ser simplemente que tanto Schelling como Hegel hayan decidido, en distinta medida, con el paso del tiempo no ser tan fieles a la revelación de aquella noche en Jena, o que incluso decidieron traicionar sus principios, como queda claro en el caso de Hegel. Hölderlin fue el único que se mantuvo fiel a aquella revelación de juventud, y por eso su decisión formal resulta visionaria y digna de atención. Su pensamiento ensayístico sin duda adelanta el pensamiento aforístico con el que luego Nietzsche blandirá el martillo.

En el proyecto la libertad es la condición de posibilidad de todo verdadero pensamiento: “sólo lo que es objeto de la libertad se llama idea.” Es interesante pensar la relación del estilo ensayístico de Hölderlin con este ideal fundamental del Proyecto ¿creería que el pensamiento sistemático era un modelo demasiado rígido como para permitir el surgimiento de verdaderas ideas, de un pensamiento vivo y libre?

Por supuesto la decisión de desplegar su pensamiento principalmente en poesía queda explicado desde el mismo Proyecto, donde “la poesía recibe (…) la más alta dignidad, vuelve a ser al final lo que era al principio –maestra de la humanidad, (…) sólo la poesía sobrevivirá a todas las demás artes.” Sin embargo, en otros textos el poeta resalta la armonía del pensamiento ensayístico con la realidad ontológica del mundo en el que sucede dicho pensamiento: el devenir como la rueda inescapable desde la que debe suceder el pensamiento como acontecimiento.

Hölderlin describe el ensayo como la manera adecuada para pensar desde el devenir y no tratando de escaparlo como hace la metafísica. El devenir, como esencia del mundo es el fundamento, a su vez, de la libertad. El devenir es, entonces, fundamento del fundamento y se explica por qué el ensayo es la forma necesaria del pensamiento filosófico de Hölderlin.

Si en el Proyecto el acto más alto de la razón aparece como un acto estético y, por lo tanto, la poesía, en tanto póiesis, siempre será el manantial de donde beban las ciencias y las artes, en otros textos Hölderlin completa esta sentencia escribiendo que el ensayo es la estructura formal en la que puede desplegarse esa “filosofía del espíritu que es una filosofía estética,” y en la que puede expresarse ese filosofo que “tienen que poseer tanta fuerza estética como el poeta.”

Como decíamos, el pensamiento sistemático moderno cree poder abarcar la totalidad con su racionalidad, en ese sentido es un pensamiento totalitarista y también por eso, visto desde la tradición poética griega que tanta influencia tuvo sobre Hölderlin, es el pensamiento de la desmesura, de la hybris, por excelencia. En el mundo de la tragedia griega la mesura es la mayor virtud a la que puede aspirar un mortal y la desmesura el peor mal que puede sufrir. La hybris, en realidad, era el único pecado en la Grecia antigua. Según Esquilo “No ser insensato es el mayor regalo de la divinidad” y “quien es mortal no debe tener pensamientos en exceso orgullosos. Pues la desmesura, en su florecer, da como fruto la espiga de la obnubilación, de donde recolecta una cosecha de muchas lágrimas.”

La constante presencia de la mortalidad del hombre en el mito griego tenía la intensión de ser un recuerdo de su carnalidad y su temporalidad, de su fecha de expiración, de su pertenencia al devenir, a Ananké la necesidad a la que incluso los olímpicos están sujetos. El mito era una enseñanza de humildad en pensamientos, obras y discursos consecuente con esta conciencia de ser en el devenir. Como señala Guthrie, era una cosmovisión arraigada al cuerpo y a su mortalidad. Era un pensamiento articulado desde la condición temporal del hombre y su pertenencia al devenir. El pensamiento sistemático en cambio piensa siempre para escapar a esta condición perecedera del propio pensamiento, su carácter humano, vivo.

Hölderlin forma parte de la tradición griega trágica y concibe el pensamiento propio del devenir, de la vida, como un pensamiento mesurado, por eso el ensayo es el medio propio para el despliegue de la nueva filosofía estética. Porque es una forma radicalmente abierta y, por lo tanto, mesurada en el sentido griego.

En “el devenir en el perecer” Hölderlin describe la conciencia trágica de ser en un mundo donde nada permanece, partiendo del hecho de que “de nada no resulta nada” por lo que para que cualquier cosa nazca, para que cualquier cosa llegue a ser, otra debe disolverse, morir, incluso ser descuartizada. “La disolución es ahora necesaria y porta su carácter peculiar entre ser y no-ser. (…) en el estado entre ser y no-ser, por todas partes lo posible se hace real (…) es un terrible pero divino sueño.” Y es que si lo que llega al ser no tuviera que también llegar a no ser, si no tuviera que disolverse, no podría haber nada nuevo, no habría variación, no podría haber vida. La vida así en Hölderlin una fuerza que efectivamente mueve el mundo, y la muerte es la parte de esa potencia que precisamente le permite ser posible. Devenir y vida son prácticamente indistinguibles en este ensayo de Hölderlin.

La “disolución (…) se presenta como lo que realmente es, -como un acto reproductivo, por el cual la vida recorre todos sus puntos y, para obtener la entera suma, no persiste en ninguno, se disuelve en todos y cada uno para producirse en el siguiente.” La vida es así infinita y eterna gracias a la muerte. Gracias a la disolución, que abre el mundo de lo posible, la vida, y el cosmos mismo, siempre está por parir algo nuevo, por re-inventarse, por re-crearse. Es Uróboros, la serpiente que se devora a sí misma.

Por el carácter necesario de la disolución, por su realidad, es que la vida, como lo que surge nuevo e ideal, puede ser indeterminada, abierta, y por lo tanto libre. Libre de crearse, de darse forma en incontables variaciones. Libre, pues, para ser lo nuevo infinito. Para Hölderlin, es precisamente la muerte, como punto final de la vida lo que hace que la vida no tenga fin, que sea eterna.

Hölderlin sabe que el destino del hombre es como la condena de Sísifo, un eterno intentar para nunca alcanzar. Camus cita a Píndaro en el epígrafe de su Sísifo: “No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, apura el recurso hacedero.” En la tradición en la que se inserta Hölderlin, el conocimiento no es un objeto terminado sino una actividad constante. Un hacer pensamientos, un recurso hacedero.

El pensamiento humano nunca puede concretarse como un sistema omnicomprensivo, sino que apenas puede llegar a intento, a ensayo, porque está condenado a fracasar. Tratamos, buscamos conocimiento, pero nunca pasamos de la opinión. A lo mucho podemos aspirar a tener opiniones bellas, pero para el hombre mesurado, para la conciencia trágica griega, esto es más que suficiente.

Incluso respecto a nosotros mismos no tememos más que opiniones: “el yo, para conocerse a sí mismo mediante sí mismo, sólo mediante una distinción innatural (que se suprime a sí misma) puede remplazar la íntima ligazón natural en la que está consigo mismo.” La pretensión de conocimiento, que a su vez depende de la pretensión de autoconocimiento, tiene su fundamento primero, por lo mismo, en un acto contra natura en el que la vida se separa de sí misma fantasmagóricamente, y que precisamente por ser innatural no puede prosperar. Pero al mismo tiempo no podemos dejar de intentar, de ahí lo trágico de la condición humana. Pensamos siempre “sólo en aspiraciones, en ensayos de pensamiento, que, realizados de esta manera, se suprimirían a sí mismos.” Argullol retoma este punto en Aventura, una filosofía nómada: “Lo que más nos acerca a la experiencia del conocimiento es la tentativa: nos movemos por intentos. En este sentido adquiere un significado radical la afirmación de Montaigne acerca del ensayo, según la cual éste sería el ámbito literario que profundizaría más en la relación entre el hombre y el conocimiento porque nos introduce en la tentativa y en el experimento”

Más que Homo Ludens o Faber, somos el ser que anhela, que aspira a…, que imagina, que proyecta, que intenta: un Homo Aestheticus. De sapiens, por supuesto, no tenemos nada, más que el anhelo de sabiduría.

El ensayo como forma filosófica es entonces el medio propio del pensamiento vivo, el pensamiento de este ser vivo que anhela, pensando desde el devenir, no tratando de escaparlo, y que, como fiel reflejo de la vida a la que pertenece, “recorre todos sus puntos y, para obtener la entera suma, no persiste en ninguno, se disuelve en todos y cada uno para producirse en el siguiente.” El pensamiento es un río no un estanque y, siguiendo esa metáfora, el sistema como forma filosófica resultaría ser un dique.

El ensayo que es siempre un mensaje que se autodestruye, como la vida, lleva la muerte siempre al lado y termina por envejecer y soltar sus tenciones, disolverse, haciendo posible que el pensamiento pueda seguir pensando; el ensayo es el medio propio de un pensamiento generoso que se sacrifica para que un nuevo pensamiento pueda ser pensado. El ensayo culturiza en el sentido etimológico de la cultura: planta y cosecha vida. El ensayo permite un pensamiento vivo y lo reconoce y lo presenta antes que nada como actividad en el devenir. Permite que el pensamiento fluya y explore sus infinitas posibilidades y así permite a la filosofía vivir y ser estética cumpliendo con los ideales del Proyecto. Pero más que nada le permite ser eterna e infinita.

Como solía decir el dadaísta Francis Piccabia: nuestras cabezas son redondas para que nuestros pensamientos puedan volar en cualquier dirección.

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"Más que Homo Ludens o Faber, somos el ser que anhela, que aspira a…, que imagina, que proyecta, que intenta: un Homo Aestheticus. De sapiens, por supuesto, no tenemos nada, más que el anhelo de sabiduría", Luis Rodrigo Farías.

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