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La ciudad de Alejandro Magno

Foto: ancientorigenes.net


Urbanismo, arte en el que probaría ser tan genial como en el de la guerra.

Ya Homero en el siglo ocho antes de nuestra era menciona el ventajoso puerto natural resguardado por la isla de Faros que existía al norte del lago Mareotis (hoy llamado Mariout) en el delta del Nilo. En el libro cuarto de la Odisea, Menelao, rey de Esparta y esposo de la hermosa Helena, cuenta que allí estuvo varado durante veinte días por no haber hecho los sacrificios correspondientes a los dioses a su regreso de Troya.

Siglos después, cuando Alejandro llegó a este lugar y observó que el contorno de la bahía tenía la forma de los cuernos de un toro lo tomó como una señal de que ese era el lugar indicado para fundar la ciudad más importante de todas las que fundaría. En Egipto los cuernos del toro eran el signo de la gran diosa Isis y por su similitud con la forma de la luna en su fase más benéfica representaban un símbolo tremendamente auspicioso. En este caso el símbolo no defraudaría, el futuro de la ciudad sería grande.

La creación de esta ciudad es uno de los eventos más interesantes en la vida de Alejandro porque nos muestra una de las facetas menos conocidas del magno macedonio. Bien sabidas son las proezas militares de este hombre al que sus seguidores consideraban una encarnación del propio Ares, dios de la guerra. No cabe duda de su genio como guerrero y estratega, pero la fundación de Alejandría nos muestra al gran rey ilustrado que es mucho menos conocido. Ese que había sido formado por Aristóteles y que después de conocer a Diógenes, “el perro” de Sinope, había dicho que si no hubiera tenido que ser Alejandro Magno hubiera escogido ser aquel sabio andrajoso que vivía pepenando en las calles de Atenas. El Alejandro que amaba el conocimiento y cuya curiosidad no tenía límites. Ese Alejandro que nunca olvidó mandar de regreso a Grecia especímenes de plantas y animales exóticos de las tierras lejanas de oriente que iba conquistando para que Aristóteles pudiera estudiarles. El Alejandro que en muchos sentidos pudo haber sido el gran rey filósofo que soñara Platón en la República, si tan sólo su vida hubiera sido más larga.

En los días que estuvo en el sitio donde se erigiría la ciudad que se convertiría en el centro cultural y comercial del mundo antiguo se olvidó por completo del combate y la conquista, y consagró su atención al urbanismo, arte en el que probaría ser tan genial como en el de la guerra.

Plutarco cuenta que Alejandro diseñó la cuadricula de la ciudad de tal manera que las calles que iban del mar hacia el lago coincidieran con el ángulo en que soplaban los vientos Etesios, de manera tal que éstos pudieran siempre correr a través de la ciudad manteniéndola fresca en el verano.

Alejandro también supo ver que la locación era perfecta para construir dos puertos, uno marítimo que conectaría con todo el comercio del mediterráneo y otro de agua dulce en el lago Mareotis que conectaría con el resto de Egipto. Trazó también un canal navegable que conectaría el lago con el mar. Brillantemente supo ver que al conducir a su ciudad todo el comercio del Nilo, por donde fluían los frutos de lo que siempre fue el granero del mundo antiguo y por donde también llegaban todas las riquezas del interior de áfrica al mediterráneo, garantizaría la prosperidad y la relevancia política y cultural de su ciudad.

Dos grandes avenidas perpendiculares de más de 30 metros de ancho serían los ejes de la ciudad. Una correría de norte a sur conectando el puerto marítimo con el de agua dulce, agilizando el comercio y el transporte de mercancías. La otra correría del extremo oriental al occidental de Alejandría, haciendo fácil atravesar la ciudad. La cuadricula geométrica con la que trazó la ciudad haría que fuera posible ir de un punto a otro de la ciudad de la manera más rápida (y fresca) posible.

La planeación racional y ordenada de Alejandría no tendría rival en el mundo hasta la reconstrucción de Paris por el Barón Haussmann en el siglo 19 de nuestra era. Esto hizo que en el mundo antiguo no existiera otra ciudad tan eficiente como la de Alejandro en Egipto, lo que garantizo su éxito comercial y económico. Por todas las noticas que nos llegan parece que tampoco tenía rival en salubridad y belleza.

El puerto de la ciudad había sido diseñado tan perfectamente por Alejandro que todas las fuentes coinciden en que no había ningún barco, no importa que tan grande fuera, que no pudiera tocar tierra en Alejandría. Por esto durante más de 300 años la ciudad efectivamente llegaría a ser el centro del comercio del mundo antiguo. Si se decía que todos los caminos llevaban a Roma, también podría haberse dicho que todos los barcos pasaban por la ciudad de Alejandro. Por eso Octavio, cuando la arrebató de manos de Marco Antonio, decidió hacerla propiedad exclusiva del Cesar, junto con el resto de Egipto.

En el cuadro central de la ciudad, donde se cruzaban las dos grandes avenidas, se erigirían el Palacio Real, el mausoleo real, el gimnasio o escuela, el teatro, el templo de Poseidón, el templo de Pan y, el más importante, el templo a las Musas con su zoológico, su jardín botánico, su observatorio y su enorme biblioteca, que articularía el modelo peripatético de Aristóteles de una manera tan genial, que ni en sueños lo hubiera podido haber imaginado el Estagirita. De cierta manera, con la ciudad de Alejandro la filosofía se reivindicaba, triunfaban por fin las ideas de Sócrates a través de la tercera generación de sus discípulos, triunfaba la racionalidad y el amor al conocimiento.

Con el proyecto de la ciudad Alejandro probó que tenía una concepción holística de gobierno, brillantemente sabía pensar económica, militar y políticamente de manera simultánea, y probó la efectividad de esta forma de pensar. Pero como el rey filosofo de Platón, sobre todo entendía la importancia que tiene tener el control de la cultura, el conocimiento y la circulación de ideas para un gobernante, no obstante, gracias a la influencia de Aristóteles, concebía la labor cultural del gobernante más como la de un promotor o un gran amigo del conocimiento y no como la de un censurador en jefe, que es muchas veces lo que parece el gobernante ideal de Platón.

Era uno de los axiomas de Alejandro que para poder gobernar un conquistador necesitaba conocer la cultura de los conquistados, por lo que era imprescindible traducir sus libros, si contaban con ellos, para estudiarlos. No sólo eso, sino que Alejandro sentían una genuina curiosidad y respeto por las culturas de los pueblos que sometía. Esta fue la semilla de la gran biblioteca de Alejandría que cambiaría para siempre el panorama cultural del mundo antiguo.

Cuenta también Plutarco que en los escasos días que estuvo allí el gran macedonio trabajaba incansablemente trazando la ciudad, no sobre papel sino con sus propios pasos in situ, seguido por un equipo que con cal iba haciendo las marcas que les indicaba. Trazaron tanto que pronto la cal se había terminado por lo que Alejandro tuvo que ordenar que se usara la harina con la que se alimentaba al ejército para continuar el trabajo. Desafortunadamente parece que todo lo trazado en harina fue devorado por las aves lugareñas.

Sin embargo Alejandría se convertiría, si bien bajo la tutela de los Ptolomeos pero como lo había planeado su fundador, en el ombligo del mundo antiguo. Dentro de sus murallas florecería el comercio, el conocimiento y la cultura como en ningún otro lugar. Sin duda fue en su momento la ciudad más cosmopolita y universal del mundo conocido. En sus calles era común ver gente de las más variadas y distantes naciones: persas, judíos, romanos, griegos, africanos, etcétera, incluso se habla de que llegó a haber algunos monjes budistas. Todos los dioses eran aceptados. En el templo de las Musas y su biblioteca todas las ideas y conocimientos eran permitidos y respetados, ya que al fin y al cabo todas eran obras de las musas y, por lo tanto, igualmente valiosas. Esto llevó a que se diera un sincretismo que fue increíblemente fructífero. En la ciudad de Alejandro se encontraron por fin, y quizás como nunca más en la historia hasta la modernidad, oriente y occidente. Allí nacieron incontables nuevos dioses, productos de este encuentro de culturas, entre ellos Serapis que se convertiría en el dios patrono de la ciudad. Pero más importante, gracias al templo a las Musas trazado por Alejandro, la ciudad sería un hervidero de ideas. Allí se gestaría la geometría euclidiana, allí florecería la astronomía como nunca antes, lo mismo haría la zoología, la botánica, la física, la geografía, la historia, la matemática, la mecánica, la anatomía, la crítica literaria, la traducción y la filosofía. En Alejandría Aristarco de Samos descubriría que la tierra gira alrededor del sol, Hiparco de Nicea descubriría la oscilación de la tierra, Eratóstenes calcularía casi acertadamente el diámetro de la tierra y propondría que África era circunnavegable y que era una posibilidad para llegar a oriente por mar, como haría siglos más tarde Marco Polo. Allí también Arquímedes crearía la ciencia hidrostática. En la biblioteca de Alejandría por orden expresa de Ptolomeo Soter se traduciría el libro sagrado de los judíos al griego, dando como resultado la Biblia Septuaginta, o de los setenta, que sentó las bases para el cristianismo.

Es incalculable el impacto histórico que tendría la ciudad que trazó con harina Alejandro Magno en unos cuantos días veraniegos. Impresionante como logró entender la importancia del conocimiento para el poder y como supo proyectar una ciudad consagrada precisamente al conocimiento y garantizar su prosperidad tomando las necesarias previsiones económicas mediante un urbanismo brillante. El mundo jamás seria el mismo, su ciudad fue su gran regalo a la humanidad.

Tras su muerte Ptolomeo Soter llevaría su cadáver de regreso a Alejandría donde, en un féretro de oro, yacería siempre en el corazón palpitante de la ciudad de sus sueños, la ciudad universal, la rica ciudad del conocimiento, que durante varios siglos florecería a su alrededor.



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Con la ciudad de Alejandro la filosofía se reivindicaba, triunfaban por fin las ideas de Sócrates a través de la tercera generación de sus discípulos, triunfaba la racionalidad y el amor al conocimiento.

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