PARRESHÍA

Nueva normalidad

Nueva normalidad

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Sociedad punitiva

¿Qué diría Foucault de la exclusión universal?

Para él, las sociedades no deben ser valoradas por su trato a los muertos, sino a los vivos. Su singular visión lo llevó a estudiar la exclusión y de allí el poder punitivo y el sistema social disciplinario de vigilancia y castigo.

Hoy, más que nunca, su obra adquiere sentido.

Partamos de que toda exclusión es un acto de poder. Toda exclusión fortalece al excluyente. ¿A quién beneficia esta exclusión? La exclusión empieza por señalar al excluido y sigue con ocultarse tras la sociedad, y es ésta, se dice, quien excluye. El directamente excluyente se parapeta tras un supuesto y democrático consenso social. Algunos invocan democracia participativa, pero ese es otro tema.

Foucault - nunca más actual- lo explica de este modo: en un hospital psiquiátrico, cuando se confina a un loco se constituye y reconstituye una “racionalidad que se instaura autoritariamente” en el marco de las relaciones de poder dentro del nosocomio; racionalidad que se “reabsorbe” bajo la forma de un discurso científico acerca de la locura: “El loco es el blanco de cierta relación de autoridad que va a enunciarse en decisiones, órdenes, disciplinas, etc. Esa relación de autoridad se funda en cierto poder, que es político en su trama última, pero que también se justifica y se enuncia sobre la base de una serie de condiciones de racionalidad (…) (de) la manera misma como el discurso y el personaje del médico funcionan en la comunidad científica y la sociedad, se reconvierte en elementos de información racional que van a realimentar las relaciones de poder características de la sociedad (…) una relación política que estructura toda la vida de un hospital psiquiátrico se reconvierte en discurso de racionalidad, sobre cuya base, precisamente, la autoridad política (…) va a resultar fortalecida.”

Más aún: “dentro de un hospital el enfermo aparece sin duda como el blanco de la relación de poder político, pero se convierte entonces en el objeto de un saber, de un discurso científico en un sistema de racionalidad general que se ve reforzado por ese hecho mismo, ya que la racionalidad adquiere así el poder de conocer no solo lo que pasa en la naturaleza, en el hombre, sino lo que pasa en los locos.”

Las formas excluyentes fueron hasta antes del siglo XIX: la infamia, castigo principalmente social; el talión, resarcimiento del daño entre particulares; la esclavitud, trabajo forzado y público; y, finalmente, el encierro. La prisión, instaurada a principios del XIX, dejó atrás la picota, el descuartizamiento, la horca, la hoguera y el potro de tormentos. Con la cárcel se impuso el modelo de encierro, que “no es colectivo como la infamia, graduado en su naturaleza misma como el talión, reformador como los trabajos forzados. Es un sistema punitivo, abstracto, monótono, rígido, en el que solamente hay una variable: el tiempo. El “tiempo de libertad como precio de una infracción.”

Pero el encierro no surgió solo como sistema punitivo; tuvo su derivación en otro más generalizado, disciplinario, de vigilancia y control. Veamos: la industrialización rompió la localización feudal, así como la fijación y control de individuos por castas, cofradías, gremios, corporaciones u oficios que dotaban de pertenencia, regían y sancionaban comportamientos. Con la fabrica llegó un relevo del poder que pasó concentrado a manos del patrón de la fabrica y del capataz del taller. Un poder impuesto jerárquica y generalizadamente. Poder que generó su propia racionalidad, su discurso y su regulación, y que en ellos se reabsorbe y de ellos se fortalece.

Así, el poder que da la marginación en las cárceles, tiene su reflejo en encierros de fijación, selección, distribución y “reparto de los individuos a lo largo de y en los aparatos de producción, de transmisión del saber, de represión, y se les otorga la suerte de suplemento de poder que estos necesitan para funcionar. Esas instituciones no son del tipo de encierro clásico, sino más bien de lo que podemos llamar un secuestro, con referencias a una especie de autoridad arbitral que se apodera de algo, lo retira de la libre circulación y lo mantiene fijado a cierto punto, durante cierto tiempo.” Estamos, pues, frente a una “sociedad de poder disciplinario, es decir, dotada de aparatos cuya forma es el secuestro, cuya finalidad es la constitución de una fuerza de trabajo y cuyo instrumento es la adquisición de las disciplinas y los hábitos.”

Habrá quien diga que el poder estatal se difumina en estas instituciones de encierro social (laborales, religiosas, educativas, de salud), instituciones que asumen para sí estructuras y funciones de pequeños Estados; no obstante, son y solo pueden ser dentro y bajo la protección del Estado Nación, a través, dice Foucault, de un “sistema de remisiones y reciprocidades”, como hoy lo vemos.

Ahora bien, qué buscan estas instituciones del encierro. La adquisición total del tiempo del encerrado para sujetarlo a un sistema de producción y pensamiento. El sometimiento total “del tiempo de la vida a los ciclos de la producción capitalista” (Hartcourt), a través de técnicas divisivas.

El secuestro, además, es pedagógico y normativo, va mucho más allá de la materia propia de la sujeción (curativa en hospital, educativa en escuela, laboral en fabrica, encierro en el asilo); es de suyo invasiva y sincrética, propia del aislamiento y la vigilancia. En los hechos es una fabrica social, modeladora de comportamientos, productora de un orden de conocimientos y valores. El secuestro, pues, es un encierro disciplinario, propio de una sociedad disciplinaria para constituir fuerza de trabajo y hábitos, para inocular vigilancia y castigo.

El hábito, sostiene Foucault, liga al hombre al aparato productivo. Lo vincula a un orden de cosas, de tiempos, de comportamientos, de poder. Lo hace a través de “un juego de coerciones y castigos, aprendizajes y sanciones”. El encierro fabrica normas y normados.

Para Foucault, en esta sociedad de hábitos, se utiliza un discurso de pretensiones “científicas” y naturaleza médica, psiquiátrica, psicológica o sociológica -hasta antes con alcances prescriptivos-, para instaurar una forma social, copiada del modelo penal y traducida a un diseño disciplinario de vigilancia y castigo. Forma y diseño que modelan un nuevo tipo de poder y distribución de órdenes y prescripciones. No es, nos dice, únicamente el predominio de una institución y tipo de poder, sino la forma de producir una verdad, un saber y un comportamiento a través de experimentos con la sociedad toda.

Porque la prisión no impuso sólo su racionalidad, sino principalmente su óptica y arquitectura. Julius imaginó el panoptismo (pan: todo; optós: visión) y Bentham lo hizo arquitectura en forma de estrella con una torre central, donde reside la autoridad, desde donde se transmiten ordenes, a donde confluye toda la información y desde donde se tiene una vigilancia universal y constante, en todos los sentidos y en todos los momentos. Arquitectura de teatro invertido, que muestra a todos a un solo individuo en el centro del escenario. Diversa a la de la fortaleza, que protege y permite ver todo al exterior, la visión panóptica permite ver todo adentro sin que nadie pueda verlo desde fuera.

Julius contrapuso a la sociedad del espectáculo la de vigilancia. Cada una de ellas tiene sus símbolos y tipos de poder. En la sociedad de vigilancia el poder ya no requiere trono, solo centro. Sobran ritos y suntuosidades, frente a la “disciplina social”, al hábito inculcado. El discurso desde el poder no demanda tintes míticos ni épicos, basta sólo la voz del amo que vigila y norma, que dice qué es normal y qué no; que “aprecia, juzga, decide: discurso del maestro de escuela, del juez, del médico, del psiquiatra. Ligado al ejercicio del poder, vemos aparecer entonces un discurso que toma el relevo del discurso mítico sobre los orígenes del poder -que contaba periódicamente la genealogía del rey y sus ancestros-, y que es el discurso normalizante, el de las ciencias humanas.”

Era 1972 y Foucault alertaba: “Hoy, por razones que todavía no entiendo bien, se vuelve a una especie de encierro general, indiferenciado.” Qué diría de nuestro encierro universal.

Goffman en 1961 forjó el concepto de “instituciones totales”, estructuras sociales que crean una “barrera a las interacciones sociales con el exterior”. Paradójicamente tituló a su obra "Asylum” (asilo) y caracterizó a estas instituciones totales por el uso del tiempo estrictamente programado para efectos de “desculturación”, para la vigilancia y muerte civil para con el exterior: “estar bajo secuestro, comenta sobre la obra de Goffman Foucault, es estar inscripto en una discursividad a la vez interrumpida en el tiempo, proferida desde afuera por una autoridad y ajustada necesariamente a lo que es normal y lo que es anormal.”

Y nunca falta un meme, éste en relación a la discursividad interrumpida en el tiempo: “El pico alto del contagio será la próxima semana. López Gatell. (No importa cuando lo leas).”

Y así estamos, en secuestro domiciliario universal e indiferenciado. Asilados en nuestra prisión domiciliaria, aislados (excluidos) de toda interacción social con el exterior. Sujetos, todos, a un control total de nuestro tiempo: nadie sabe cuándo podrá salir; todos programados (habituados) y contabilizando reportes diarios de infectados y muertos, pero “disciplinados” a la “nueva normalidad” que nadie conoce, pero todos acatan.

Secuestro dictado por “instituciones totales” en expropiación del tiempo y la normalidad. Instituciones con un discurso científico del que derivan, como el médico en el hospital psiquiátrico, racionalidad y poder. Instituciones totales tomadas por asalto por una cofradía de médicos y empresarios cuyas nóminas controlan organismos internacionales de salud, farmacéuticas, laboratorios de investigación, fundaciones y financiamiento. Que dictan lo normal y lo anormal, medidas, vigilancia y castigos; que reducen a Estados al papel de policías. Que serán al final del camino los únicos con recursos para comprar en centavos las bolsas mundiales.

Sociedad punitiva, le llamó Foucault, “disciplinaria”, panóptica, que sabe por nuestros dispositivos móviles dónde estamos, cuál es nuestra temperatura, por dónde nos movemos, con quién nos reunimos; nuestros gustos y fobias, consumos, economía, amistades, pensamientos, comunicaciones, imágenes. "Nueva normalidad" le llaman, dictando, nuevamente, lo que es normal y que no.

Mientras, Bill Gates, el nuevo Hipócrates y Rockefeller de la medicina, dueño de todas las nóminas del nuevo poder y “normalidad” científicos, propone vacunarnos con un chip que vigile a distancia nuestra salud. Orwell, no cabe duda, está demodé.

Solo se echa de menos en la posmodernidad la filosofía y sus incomodas preguntas. Quizás por eso la facultad de Filosofía de nuestra máxima casa de estudios fue oportuna y previamente “secuestrada” para, así, excluir a la inteligencia de la discusión del encierro. ¡Qui lo sa!



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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