PARRESHÍA

Cual tabasqueño olvidado

Cual tabasqueño olvidado

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Liberar y libertad

Nuestra historia nos orilló a liberarnos primeramente de un sistema político hegemónico. Discurrimos entonces de la apertura y la representación políticas, las vías de acceso al poder y el sistema de partidos, a la partidocracia y al conflicto electoral como chantaje sistémico, sin llegar jamás a resolver la moderación de la indigencia y la opulencia, planteada desde Los Sentimientos de la Nación.

Y puede que, en nuestro intento de fundar las instituciones de la libertad, hayamos terminado por abolirlas todas.

López Portillo decía que lo peor que nos podía pasar era ser libres para morirnos de hambre y creo que a ello estamos llegando.

Arendt distingue entre la liberación y la libertad. La primera es el impulso por ser libre de una opresión, la segunda es el de vivir una vida política plena; de ejercer políticamente la libertad.

La liberación, dice, pudo lograrse en Estados Unidos bajo una Corona inglesa menos tiránica en su colonialismo, pero la libertad llevó a los padres fundadores a una nueva forma de gobierno republicano, democrático y ¡ojo! federalista. (Regresaré a esto más adelante) En su formación no tenían clara la meta, Jefferson sostenía que la disputa era entre sistemas de gobierno (monárquico o republicano), pero las fuerzas desatadas fueron mucho más allá, querían libertad política, no únicamente diseño gubernamental. John Adams lo vio más claramente: “la revolución se llevó a cabo antes de que diera comienzo la guerra”, cuando los habitantes de las colonias constituyeron “corporaciones u órganos políticos (con) derecho a reunirse (…) en sus propios ayuntamientos y a deliberar acerca de los asuntos públicos (y fue) en aquellas asambleas de municipios o distritos donde se forjó en primera instancia el sentimiento de pueblo.”

Es un hecho que la liberación precede a la libertad, pero ésta es mucho más que la “liberación política de un poder absoluto y despótico; que la libertad debe ser libre significa ante todo ser libre no solo del temor, sino también de la necesidad” (Arendt, “La libertad de ser libres” 1963).

Y es allí donde nuestra libertad no nos ha hecho libres. Quedamos atascamos en el pantano de la partidocracia y la ceguera de su dinámica electorera, sin llegar a ser libres de las extremas necesidades económica y política a las que estamos aún encadenados.

Libre para morirse de hambre



Nuestra liberación se concreta a votar cada tres años en la marginalidad en que nos tienen los partidos y con más bilis y alienación que sentido común, pero no hemos logrado ejercer plena, política y económicamente la libertad.

Sostenía Saint-Just: “Si deseáis fundar una república, debéis encargaros primero de sacar al pueblo de un estado de (…) miseria que lo corrompe. No se tienen virtudes políticas sin orgullo. No se tiene orgullo en la indigencia.”

Hoy, sin embargo, no construimos ni liberación ni libertad. Caminamos hacia un estado de indigencia política y económica. Si me apuran mucho, también cultural.

No creo errar si sostengo que nuestra realidad pone en tela de juicio si sólo no somos libres de la necesidad o también no lo somos del miedo y la opresión. ¿Hasta dónde el supuesto combate a la corrupción no lo es en realidad a las libertades?

En esa dinámica, disminuidos política y presupuestariamente, cual Carranzas de este siglo, diez gobernadores sostienen como arma y escudo la Constitución y defienden a sus estados y al federalismo como derecho y régimen de gobierno. Quizás no tengan clara la meta que le espera a su acción, pero han despertado afanes libertarios, no sólo políticos, en fortalecimiento del pacto federal, sino, sobre todo sociales, en busca de ser libres de nuestras necesidades.

Las revoluciones, sostiene Arendt, “son la consecuencia de unos regímenes en plena desintegración y no el producto de los revolucionarios.” No pretendo con esta cita llamar a ninguna revolución, al contrario, busco echárselas en cara a quienes desde el gobierno creen vivir una heroica gesta revolucionaria, cuando sólo juegan, y muy mal, al malabar con los escombros de un régimen que se les deshace de entre las manos. Juegan con fuego y entre pólvora.

Adams palpó, mucho antes de la carta fundacional de los Estados Unidos, el sentimiento de pueblo surgir en la organización política de ciudadanos dispersos en un amplio territorio para atender sus necesidades más ingentes. Quizás, sin saberlo, asistimos al surgimiento de un nuevo federalismo en México. El de 1824 fue creado por la Constitución junto con los Estados y peleado por más de un siglo. Él de hoy, puede estar surgiendo de un pueblo liberado pero sin libertad, con las necesidades hasta el cuello, cual tabasqueño olvidado.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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