Así habló Quetzalcóatl

Soñarse eterno

Soñarse eterno

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Palabra y silencio.

El silencio era lo que más atraía a Quetzalcóatl del firmamento. Un silencio abierto al infinito. El cielo calla mientras el hombre parlotea. El silencio celestial no tiene límites, la cháchara humana se confina en conciliábulos y capillas, y, aún con los aparatos modernos, termina presa de la endogamia de los que piensan igual que uno. Al final los hombres hablan con el espejo: almas marchitas y amargadas que caldean sus rencores y miedos en pucheros aislados e incomunicados, solo el ruido se esparce por el espacio, no el mensaje.

Quien quiera hablar consigo debe aprender a callar. Abrirse al silencio y en él encontrarse.

Por eso Quetzalcóatl pasó de largo por el valle gris de nube café, valle de locura, prisas, de cháchara., de lamentos Nada quedaba para él por encontrar, nadie escuchaba en la muchedumbre parlante. Todos huían a su solitud, nadie quiere conocerse a sí mismo. Alienados, miedosos, enfrentados, extraviados y en fuga viven hoy los hombres en este ombligo del infierno.

La palabra para ellos ha perdido todo significado, todo sentido, cualquier valor. Hablan por hablar; hablan para no oírse ni siquiera a ellos. No hablan para entenderse, sino para confrontarse; resaltan las diferencias y ocultan las coincidencias. Hablan para esconder, para simular, para callar lo que debieran hablar. Su lengua de tanta ponzoña se ha escindido en viperina; su verbo miente. Su palabra se consuma al expresarse: no crea, no transforma, no liga, no comunica. Pretenden darle propiedades performativas, creyendo que al solo pronunciarla se hace hecho y transforma la realidad. Confunden percepción con acto; anuncio con resultado: su efectismo carece de consecuencias. Construyen Babeles, no comunidad.

Gobernar ahora en este lago seco y podrido es hablar por hablar, hasta aturdir. Soliloquio en el vacío. Círculo hecho ruido. Rosario de sonidos sin significado. Estática que sólo transmite enojo y desencuentro; no razón, no pensamiento, no propósito.

Por eso Quetzalcóatl abandonó una vez más a los humanos y corrió a la libertad de la naturaleza, subió a los volcanes desnudos y conversó consigo mismo en el silencio de la noche.

¡Pobres hombres!, se dijo, adoran la superficialidad y temen ver más allá de ellos. Tienen todo el firmamento por leer, pero prefieren contarse ellos mismos cuentos de espanto una y otra vez alrededor de la hoguera. Viven para su ombligo.

Creen que las palabras avasallan, cuando solo enajenan. Olvidan que la verdadera transformación pisa con pantuflas de pluma; concita, no enfrenta, y solo se hace presente cuando deslumbra a la oscuridad.

Su hablar produce agotamiento y embotamiento. Emisor y receptor terminan agotados. Y quien se agota se empequeñece, se estropea, se acaba.

Pero los hombres suelen confundir al agotado con el más pleno, el más fuerte, el mejor. El agotado simula y presume absoluta actividad, energía eterna, sacrificios sin fin, cuando simplemente se gasta sin remedio: “Soy el que más trabaja, el que más madruga, el que jamás descansa. Soy al que más atacan porque avanzo, logro, transformo, doy. Lo mío es perpetuo génesis, soy el nunca antes.

Y cuando al final su verdadera condición de agotamiento termina por salir a flote, cuando ya nada queda por agotar, por consumir, lo hace en explosión violenta y quebranto psíquico.

Explosión y quebranto que despiertan temor en la mayoría de los hombres. El loco y el poderoso, van de la mano por la historia. “El peligroso” es su síntesis en versión de fanático, poseso, iluminado, vindicativo.

El loco y el poderoso, van de la mano por la historia


No hay humano divinizado que no presente en su haber agotamiento espiritual, físico y emotivo, que no acuse sed autocrática y de sangre. El agotado se cree con derecho a que todo perezca con él.

El perturbado siempre ha intrigado al hombre; algunos ven en él locura, otros una especie superior, un “escogido”.

Y pocos son los hombres al que el poder no perturbe abstrayéndolos de este mundo. Ya no ven hombres, ni hablan con hombres, ni viven entre hombres. Hablan con dioses, hablan como dios y viven entre sus fantasmas, miedos, resentimientos y delirios; embriagados de sinrazón.

Quetzalcóatl calló. El firmamento embebió sus pensamientos y una ráfaga de estrellas fugaces se desprendió de su órbita.

¿¡Cuántas no han caído ya en el infinito pasado!?, se preguntó.

¡Y estos parlanchines y agotados, pensó, se sueñan eternos!

Hasta que el pueblo despierte y los despierte a amarga pesadilla.



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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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