PARRESHÍA

La grandeza de Cortés

La grandeza de Cortés

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Pero el problema de la pequeñez es mucho más profundo y existencial que las fugas revisionistas y el oportunismo propagandístico.

Es más cobarde que fácil hablar mal de los ausentes, de Cortés, muerto hace quinientos años, de García Luna, vivo pero preso y estigmatizado, quien, tan culpable cual pueda ser, se haya impedido de voz y defensa; de expresidentes que apuestan a su olvido; o de políticos, comentaristas y periodistas que, marcados con letra escarlata, listan en los inventarios de la ignominia de los defensores “de los derechos de las audiencias” quienes solo buscan que dejen de serlo (audiencias). Ver “Temor a la verdad”).

Hace unos días dije que hemos perdido la dimensión y sed de grandeza, nuestras batallas son deleznables, cuando no infamantes: cambiar la nomenclatura de una calle, la cartografía de un paraje, llamar las cosas eufemísticamente, deschongarse todos los días contra un pasado silente y lejano.

Lo dijo Nietzsche en “Richard Wagner en Bayreuth”: “ningún acontecimiento tiene grandeza en sí mismo, aunque desaparezcan constelaciones, se hundan pueblos, se produzca la fundación de extensos Estados y se sostengan guerras de enormes fuerzas y perdidas: sobre muchas cosas de esa categoría pasa el soplo de la historia como si se tratase de copos”, en la grandeza de todo acontecimiento deben confluir “dos factores, que tengan un sentido grande aquellos que lo llevan a cabo y que también lo posean quienes lo están viviendo”. No hay grandeza posible en renombrar sin sentido la historia, pero menos en quienes lo llevan a cabo ni en quienes por desgraciada lo vivimos.

Hoy se escarnece a Cortés, pero él, al menos, dejó todo, se adentró en un mundo, desconocido, dio al través con toda posibilidad de escape, autocondenándose a vencer o morir, ambicionó lo imposible y, sí, resultó este crisol de contradicciones llamado México. No es cuestión de gustos o de modas o de distractores pendejos, “es” pasado: nadie puede contra lo que “fue” (Nietzsche). Se podrá decir de Cortés lo que se puede argüir de toda guerra, pero no hay una billonésima parte de Cortés, y si mucho me apuran, tampoco de Moctezuma y Cuauhtémoc en la más miserable célula de sus detractores de ocasión y medro.

Pero el problema de la pequeñez es mucho más profundo y existencial que las fugas revisionistas y el oportunismo propagandístico, fue Nietzsche quien dijo: “que un individuo en el transcurso de una vida humana ordinaria pueda presentar algo radicalmente nuevo, eso puede irritar, en efecto, a todos aquellos que tienen una confianza ciega en el carácter paulatino (y hasta numerado) de toda evolución, como si esa parsimonia fuese una especie de ley moral (y destino manifiesto): ellos mismos son lentos y exigen lentitud”, y hoy en el caso del obradorato reclaman detener el universo en la “Cuarta” Transformación (ivT) porque nació sin perspectiva ni posibilidad de mañana. ¡¿Y luego qué vendo?!

López es un vil agitador, lo suyo es enturbiar las aguas y los humores, licuar sinrazones y resucitar rencores, poner todo de cabeza y hacer imposible la deliberación pública, pero es incapaz de crear nada radicalmente nuevo y ni siquiera eficaz, se le descarrilan los trenes y los hijos, los aeropuertos no despegan, las refinerías no refinan y las farmacias sin medicamentos se derrumban en el olvido. Por su parte Sheinbaum es plana, un espectro, incapaz de estremecer un plumero; no requiere enemigos, ella sola los supera. Sus odios a Cortés, de ambos, no son históricos y menos justicieros, son vitales y son vitriólicos.

Cortés hizo épica y época, tenía sentido y hambre de grandeza, pero por sobre todo voluntad y arrojo, bien le dijo a Velázquez antes de zarpar de Cuba: hay cosas que no se dicen, se hacen” y él hizo, el obradorato solo dice.

Lo único épico en el obradorato es un discurso más falso y vulgar que heroico, su osadía linda en lo caricaturesco; sus narrativas exudan satrapía, sus desplantes hibrys, sus argumentos bilis y su valentía miedo, jamás han arriesgado nada, siempre han actuado bajo el cobijo de una Constitución y régimen que aborrecen, pero de los que abusan y tras los cuales hoy se amurallan víctimas de su mala consciencia. Sus desplantes parlamentarios, sus intervenciones en radio y televisión, sus posteos en redes, sus denuncias políticas, sus gastados perfomances hablan de un riesgo inminente que jamás han conocido, explotan una herencia sesentaochera hecha por ellos telenovela y mito, un victimismo sobreactuado, una persecución fantasmagórica y bufa, un heroísmo ramplón y vividor. No hay en ellos nada consistente ni verdadero. Su humanismo es propio de la Leche Bety y es desmentido todos los días desde las fosas clandestinas regadas con el llanto de la verdadera mujer mexicana convertida en buscadora, ésta sí con A.

Puede que Cortés haya sido un monstruo y habría que medir por igual los haberes de nuestros ancestros prehispánicos, pero lo que nunca podrán los obradoristas tener de Cortés es el arrojo de arriesgar todo en el fin del mundo, sin papi, sin mentor, ni prerrogativas, sin ejército y sin cárteles protegiéndolo.

Cortés jamás se hubiese robado una sobrerrepresentación, menos hubiera comprado a los Yunez ni acostado con los Murat, nunca habría hecho alianzas con personajes de tan poca catadura y calado como Adán Augusto, Noroña, Rocha Moya, Luisa María y Marina del Pilar (y un infinito etc.). Seguramente tampoco hubiese aceptado la ayuda del crimen organizado sabiendo lo cambiante de sus lealtades.

Si restamos las muertes por viruela, sífilis y otras epidemias propias del contacto de dos continentes, es probable que los fallecidos por la violencia de Cortés sea bastante menor al exceso de muertos por el mal manejo de la pandemia en México y como consecuencia de la abdicación estatal de la política de "Abrazos no Balazos". En otras palabras, si el obradorato quiere entrar en la carrera del genocidio, le auguro grandes triunfos y ávidos tribunales.

No concluía el arranque de la pantomima de las corcholatas cuando en público Sheinbaum reclamaba a un Durazo más pequeño que nunca un trato diferenciado y preferencial, ya para entonces López se había lastimado el hombro de tanto levantarle la mano y no había barda en México que no estuviese pintada con la propaganda de “Es Claudia”; lo más que arriesgó Sheinbaum en su unción a la presidencia fue la candidatura a la Ciudad de México que perdió oprobiosamente a golpes de traición interna. Es ella, con un apellido nada prehispánico y una genealogía cuestionada, la que se envuelve en los pueblos indígenas para ganar la gran batalla de renombrar parajes de la historia patria, cuando sus iniciativas de legislación indígena son abiertamente criminales y absurdas, hijas de la ignorancia, la demagogia y la mediocridad. Ya hablaremos de ellas.

Pero entiendo sus odios a Cortés, inversamente proporcionales a su liliputez, enanez para los mal pensados. O, como diría Nietzsche: "¿Cuánta verdad sopota, a cuánta verdad se atreve un espíritu?", porque sobre sus rebautizamientos, como sus odios y sus obras (es un decir) pasará el soplo de la historia como sobre copos de nieve al viento.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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