PARRESHÍA

Sarcasmo y ridículo

Sarcasmo y ridículo

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Para entender el sarcasmo se requiere sarcasmo.

A lo largo de mi vida he visto presidentes de la República tropezar con sus propios defectos y locuras, con los obstáculos de la realidad, de la sociedad en ella, de sus adversarios y en no pocas ocasiones de sus familiares y supuestos colaboradores y amigos, pero no recuerdo a ninguno tropezar y, peor aún, hacerlo una y otra vez, cada una más lamentable que la anterior, tropezar, digo, con el ridículo como lo hace Claudia Sheinbaum.

Ello explica el absurdo del INE de pretender prohibir el sarcasmo en la conversación pública, que en el fondo implica proscribir la mismísima expresión, habida cuenta que el sarcasmo es una modalidad singular en su ejecución que a su vez involucra la subjetividad del receptor.

Me explico, entre los ridículos presidenciales se cuentan sarcasmos, expresiones cargadas de significados singulares que pretenden modificar, calificar o enriquecer el concepto o idea original del vocablo, o bien introducir uno diferente que, sin embargo, la mayoría de las audiencias, como gustan ahora decir, no entienden, por lo que la intención sarcástica se frustra. Por ejemplo, la presidente suele reírse sarcásticamente para descalificar algo, pero en la mayoría de los casos en el receptor únicamente genera contrariedad e interrogaciones, no de qué se ríe, sino por qué se ríe y por qué se ríe así; qué quiere realmente significar. En otros casos, pela los ojos como si le costara trabajo mantenerlos en sus cavidades y con la mirada puesta sabrá Dios en qué galaxia perorata lo mismo de siempre, y aún así hace imposible descifrar qué significado pretende dar a la conjunción de sus palabras con su multi-expresiva expresión facial, pudiera pretender ser sarcástica, pero no lo será en tanto no lo comunique efectivamente ni lo perciba así el receptor.

Como sabemos, lo sarcástico no necesariamente implica una verbalización o sonido expresos, es principalmente contextual, puede expresarse en la modulación o pausado del discurso, en una expresión facial, en la mirada, en una mueca, en una sonrisa, en un ademan, en risa nerviosa, en llevarse las manos a la cabeza.

El sarcasmo, pues, para serlo debe cumplimentase con su debida captación por el receptor, por tanto, su calificación abre un ámbito de interpretación subjetiva difícil, si no que imposible, de determinar. Para los amancebados del INE puede ser sarcástico llamar Andy a Andy, o a Sheinbaum presidente sin A. Una pausa, un gesto, un ademán, el encuadre de la cámara, la distribución de los lugares entre los entrevistados, el orden de dar la palabra, hasta el corte a comerciales pueden ser calificados como sarcásticos. En el caso de Sheinbaum su lenguaje corporal suele gritar auxilio cuando su voz afirma “vamos muy bien”, lo cual no deja de ser... ¡sarcástico!; en este ejemplo, ¿cómo prohibir al cuerpo que involuntariamente niegue lo que su voz pronuncia?

Por cierto, los impresentables del INE sufren del mismo mal de Sheinbaum: del ridículo.

Pero no van a resolver el ridículo en el que chapotean prohibiendo el “sarcasmo” que vendría a ser algo así como imponer el pensamiento mudo y en blanco y negro, u ordenar a las papilas gustativas no saborear, al olfato no oler o al oído no escuchar. Pero imposible que entiendan, porque para entender el sarcasmo se requiere sarcasmo y el sarcasmo implica inteligencia. Tampoco van a entender esto último.

El problema no es el sarcasmo, el problema es que en manos de algunos la ironía cuando no se convierte en disparate, muda en ridículo.

Prohibir el sarcasmo es como podar una enredadera.


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Comentarios



Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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