Temor a la verdad
Antier sufrí una entrevista de Pepe Cárdenas con Citlalli Hernández; Pepe le preguntaba sobre los lineamientos en defensa de las audiencias y Citlalli hablaba de la defensa de Morena y de Sheinbaum contra el libre parecer de las audiencias.
Y en lo anterior toco una vertiente que no he visto que haya sido debidamente abordada, se piensa que las audiencias son masas amasables y desgraciadamente lo suelen ser, pero no dejan de ser por ello, al menos en potencia, personas pensantes capaces de reaccionar libre y críticamente a los impulsos informativos, comunicacionales y emotivos que se les lanzan. En el universo de Sheinbaum, sin embargo, existen solo dos actores: ellos y los malos, en medio yace un amasijo primordial humano pasivo, ignorante, crédulo y moldeable. Los del obradorato impersonan el bien y la verdad, sus contrarios la maldad y el odio, y el pueblo los niños del cuento de Hamelin. En esa tesitura es entendible que quieran callar y hasta desaparecer a los malos, lo que no cuadra en su ecuación es que para ello cercenan de paso todos los derechos de aquella masa que identifican como audiencias, califican como incapaz y proclaman defender. En el fondo, aunque aleguen su defensa de los malos, les privan por igual la posibilidad de informarse, juzgar por sí mismas, asentir o disentir y expresarse en consecuencia; a ellos por igual se les aplicará la censura, terror y tiranía. Esa masa no es del todo pasiva y menos se substrae a la discusión pública, pero en su defensa queda castrada, bajo cadenas, cegada, sorda y muda.
Para la señora Citlalli la defensa del derecho de las audiencias no es necesario en el caso de las mañaneras, toda vez que éstas son en sí un ejercicio informativo en defensa del gobierno y en contra de la simbiosis perversa de medios y oposiciones, de sus mentiras y ataques al movimiento, gobierno y presidente.
La presidente agónicamente se levanta cada mañana defendiendo el bien y la verdad universales del mal y la mentira oposicionista, racista, traidora y clasista; en el fondo lo que hace, dice Citlalli, es defender denodadamente el derecho de las audiencias a ser debida, oportuna y veraz información, la suya única y exclusiva. Pretender que en esta guerra contra el mal requiera ella misma, la presidente, quedar sujeta a los instrumentos propios de los medios de la mentira y de la oposición es un absurdo: la presidenta no informa, salva, protege, ilumina.
Mi amigo Salvador Camarena tiene razón, el gobierno no es un medio informativo, aunque tampoco sea gobierno, es un psiquiátrico sin muros ni puertas. Querer, como pretende el PAN, regularlo como ente informativo es caer en sus locuras. Debemos obligar a que el gobierno gobierne y se sujete a controles ciudadanos, no imponerle, en un delirio generalizado, lineamientos de censura que en ningún caso debieran existir.
Así que voy a abordar el tema, mejor dicho, el distractor de los supuestos derechos de las audiencias a la verdad desde una perspectiva diversa a ver si así entendemos que de lo que estamos hablando no es otra cosa más que censura totalitaria populista.
No escribo para Citlalli que dudo sepa leer, pero aunque que así lo fuera, estoy cierto no entendería.
Para los griegos ser y verdad eran uno y lo mismo. Más tarde para los escolásticos el ser fue “uno, verdadero, bueno y perfecto”. Pero quedémonos con que es verdadero. El primero en apuntarlo fue Parménides, para quien el ser se identifica por su comprensión y aprehensión, para ello hay que atender a aquello que “se muestra en sí mismo”, en un “hacer-ver mostrativo que apunta a la ‘verdad’ y se mueve dentro de su ámbito”. Fue así que la filosofía inquirió por el ser y terminó enredada en una ciencia de la verdad, donde lo que es, es lo que se muestra y lo que se muestra es verdadero. Verdad, por tanto, para los griegos era aquello que se nos muestra en sí mismo, lo que aparece en tanto que es y como tal es verdadero.
Para los griegos no existió vocablo alguno que significase mentira, verdad era aquello que se muestra y no verdad aquello que permanece oculto, ya por un problema de perspectiva, ya de luces, o ya por voluntad de alguien de encubrirlo.
Vayamos ahora a Kant, para él la verdad es la concordancia de un conocimiento con su objeto, pero, ¿en dónde recae esta concordancia?, ¿en el objeto por sí mismo? ¿Contra qué mediría entonces su concordancia?, o ¿en el juicio que recae sobre lo conocido, es éste concordante o no con el objeto? Es cierto que el procesamiento del juicio pudiese viciar los términos de la relación entre el objeto y su conocimiento, un tema harto comprobado y hasta hoy no resuelto; luego entonces, la simple relación conocimiento-cosa no hace necesariamente una concordancia per se, pero sí nos deja precisar una condicionante: no puede haber ni conocimiento ni concordancia ni verdad sin lo que Parménides llamó el “hacer-ver mostrativo” de la cosa en su mismidad. Me explico, solo el juicio aporta lo que Santo Tomas llama la adaequatio intellectus et rei (la adecuación entre la cosa y el intelecto): la cosa tiene que mostrarse en sí, el intelecto conocerla y el juicio validar la concordancia entre ambos.
Para Heidegger lo anterior significaba que el ser-verdadero debe ser un ser que se descubre, que se muestra, que se desoculta, muy en el sentido de el ser y la verdad para los griegos. Mencionó a Heidegger porque su planteamiento lo lleva a explicitar que para estar descubierto el ser debe estar en el mundo, pero no solamente estar, sino estar aperturado, desvelado, descubierto y al descubierto, él le llama estar en la mundanidad entre otros entes intramundanos.
Regresemos a los lineamientos para la defensa de las audiencias. Hagamos por un momento caso omiso a la supuesta “defensa” a los tan diabólicamente amenazados derechos de las audiencias y a la aún más absurda minoría de edad e incapacidad de juicio para determinar la concordancia entre los hechos su información y opinión. Lo que nos queda es una guanga y cuestionable defensa que consiste en evitar que el ser se muestre en sí mismo, que las audiencias lo puedan conocer y que su libre juicio determine la veracidad de su concordancia. ¿Es esa una defensa? ¿No se le conoce como censura aún antes que se nombrase Paso de Cortés al Paso de Cortés?
En otras palabras, para el obradorato la cosa debe quedar oculta, inmostrada, cubierta para el bien de las audiencias. Así, desapareciendo las cosas nos evitamos la molestia, primero de conocerlas y, luego, de juzgar la verdad de la concordancia entre nuestro conocimiento y ellas.
No es pues que nos garanticen la verdad, menos que les interese que la conozcamos, y aún menos nuestros derechos; lo que buscan es que no haya verdad posible como tampoco del conocimiento, juicio, valoración y libertad de pensamiento.
Todo totalitarismo se funda en el arcana imperii, en el imperio del secreto donde no hay verdad posible porque todo queda oculto y priva, no la verdad, sino el capricho y la locura hechos poder. ¿Les suena?
El poder que sabe que no puede teme a la verdad.
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