PARRESHÍA

La usurpación de los sin voz

La usurpación de los sin voz

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Nadie lo sabe de cierto.

En 68 se gritó, no necesariamente ellos, por los que no tenían voz y la tuvieron, aunque nada más ellos y para ellos: no solo se hicieron del control de la cultura y de los sindicatos magisteriales, de las becas y de la victimización mítica; poblaron el Congreso y monopolizan la conversación pública a cada paso e instante. Se adjudicaron el monopolio del pasado y hoy son gobierno, pero callan toda disonancia, acaparan los espacios de comunicación, incluso penalizan con cárcel el sarcasmo, la caricatura y la risa; por alguna esquizofrenia inexplicable dicen seguir representando a los sin voz, cuando ellos son los silenciadores de toda palabra, hasta la de los suyos; porque dar apoyos electoreros clientelares no es dar voz. Pero quien hoy calla no se llama Díaz Ordaz, se apellida Sheinbaum… aunque nadie lo sabe de cierto.

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. ¿Vivo yo todavía?, preguntó Zaratustra. La primera es una opción binaria: sé es o no sé es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que sé es. La tercera es descubrir si, siendo, efectivamente aún sé es. Vivir es un descubrimiento de lo que sé es a cada instante. Porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Es escuchar el silencio en el ruido. Es darse y perderse para renacer y encontrarse. Sólo somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento. Un tránsito, un puente, un ocaso que no cesa nunca de preguntarse si todavía es.

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