68, despertar fallido
En el 68 ya todo estaba dicho y hecho, hasta las cuotas de heroísmo estaban colmadas; gracias a las generaciones revolucionarias nosotros solo teníamos que gozar el mundo que nos dejaban y preservarlo. La historia estaba culminada, nos tocaba vivir en un eterno “hasta el final de los tiempos”. Por eso el 68 fue un despertar, un despertar de nosotros a nuestra propia historia y un despertar de la historia misma, reanudada así en tanto expectativa y por cuanto obra interminable. El 68 fue un despertar al futuro y del futuro.
Pero ¿qué futuro despertó en nuestro 68 y cuál su cosecha?
La bibliografía sesentaochera mexicana es en su mayoría épica, romántica, mítica, culposa, anecdótica, de personajes y panfletera, más no científica, analítica ni crítica; su narrativa es de héroes y villanos, no de causas, razones y logros; se habla de la generación del 68, que terminó escriturada a unos cuantos, pero no de la sociedad del 68 ni de sus impactos sociales. Sí, es una historia de entusiasmo juvenil y miedo en el poder, pero pareciera que en un vacío social. Su mayor producto es una frase: “el 2 de octubre no se olvida”, pero lo único que se recuerda es la frase misma. Son pocos los análisis serios sobre los por qué, cómo, circunstancias y resultados.
El 68 en México fue episodio, no historia: fue pero no devino. Como Castoriadis en su momento dijo acerca del mayo del 68 parisino, bien pudiéramos decir que nuestro trimestre sesentaochero se frustró al no convertir el impulso y el enojo en pensamiento, proyecto, organización y acción política. El problema de lo efervescente es la cortedad de su efervescencia.
En Francia el 68 dio pie a replantear el futuro bajo nuevas perspectivas, sacó a la calle la discusión hasta entonces confinada al academismo y escriturada a los grandes maestros que muy pronto, por cierto, jubiló: feminismo, derechos humanos, ecología, biopolítica, economía, entre otras asignaturas dejaron atrás los sueños del nuevo orden mundial de la posguerra. Nuevos filósofos abrieron abordajes vírgenes y cuestionamientos que aún siguen en construcción. Pero aquí el 68 se encerró en el espejo del reclamo victimista, la denuncia sin propuesta y la conservación del poder a costa de la política como acción humana. No olvidar no basta, menester fue generar un nuevo pensamiento y una nueva organización políticos. Pero nuestro 68 se redujo a mito explotable y block de letras a cobrar eternamente a un poder emasculado. Un 68 de figuras, famas y espejos, de movilizaciones y brigadas que se agotaban en movilizar y botear, de idealismos y entusiasmos que terminaban empantanadas en asambleas sin fin, de maestros y autoridades académicas más interesados en figurar que en encausar perspectivas y soluciones. Las demandas por los presos políticos icónicos, pero no representativos de lo joven, la desaparición de los granaderos, las renuncias de funcionarios y la abrogación de la disolución social no resolvían en nada la realidad y futuro nacionales. Las autoridades vivían empantanadas en el juego sucesorio y las Fuerzas Armadas en enterrar finalmente la sombra del caballo, las charreteras y los 30/30 (Ver “Los tres 68s” en “¿Cómo llegamos aquí?”, Farías, 2025). Pero ¿cuáles fueron sus verdaderas causas, no las míticas, místicas, políticamente correctas y posteriormente adosadas a la marca?, ¿cuáles prevalecieron?, ¿cuáles fueron sus logros? ¿Cuáles sus enseñanzas? ¿Por qué cada 2 de octubre solo da para repetir las mismas consignas y discursos de pedigrí epónimo?
Hoy sabemos que la democracia y las libertades son nociones demasiado genéricas y difusas para construir el objeto real de un conflicto o la reclamación concreta (Agamben) de grandes movimientos sociales, como hoy nos muestran España y Fracia donde éstos han surgido del desahucio de una adulta mayor o la falta de aulas y el deterioro del sistema educativo en general. Nadie sabe a dónde vaya a conducirlos su impulso inicial, pero Raymond Aron nos enseñó que corresponde al historiador, sociólogo y jurista extraer el sentido histórico de los actos, instituciones y leyes, pero en México no tuvimos la suerte de que lo hicieran del 68 y, para el caso, posiblemente no lo hayamos hecho jamás sobre acontecer alguno.
Que no se me malentienda, no niego ni demeritó el acontecimiento 68, señalo nuestra incapacidad para desentrañar sus significados y sentidos, y aprender de ellos.
¿Dónde se lee a sus apologistas, dónde se abrevaba su comprensión histórica, política y sociológica? Nos sobran de épicas personalistas, testimonios copiados y novelizados, futuros cargados a su cuenta, Ulises metidos a Homeros, y Patroclos jugando de Aquiles.
¿Qué filosofo ha interpelado a nuestro 68? ¿Será que tras sus fuegos y tronidos nada quedó? Todos condenamos el 2 de octubre, de uno y otro modo, nadie en su sano juicio podía aplaudirlo, incluso los autores de sus horas negras; nadie quería vivir en un México ensangrentado del que habíamos salido décadas hacía; pero cuál era entonces la opción posible y viable, quién se aplicó a pensarla y modelarla; quién dentro del sistema o fuera de él se atrevió a predicar en el desierto. Nadie. Decantarse a la guerrilla no fue la solución; dejarse abrazar por los presupuestos y burocracias echeverristas tampoco. La gran mayoría le dio la vuelta a la página y apostó al conocido juego del poder, un juego de poder que si ya de por sí estaba envilecido y corrupto se llevó hasta sus últimos extremos. Si antes fue un poder matón y represor, sumó a sus propiedades la simulación, la corrupción como argamasa complicitaria y la dilapidación del poder mismo para conservarlo, hasta carcomer el alma de toda acción política y convertir al Estado en una máquina de popularidad, clientelismo y corrupción institucionalizada.
Regresando a nosotros, los ciudadanos, preferimos no ver y no resolver, que se parche el poder como pueda mientras nos dure. Díaz Ordaz no se dio cuenta hasta que sucedió, pero la lección se aprendió en México desde entonces: los mexicanos estamos enamorados de nuestra faceta triunfalista, moderna y civilizada. Los Juegos Olímpicos en México no cautivaron tanto al mundo como a los mexicanos, desde entonces entretenernos con un nuevo espectáculo de nosotros mismos aparentando ser todo lo que no somos es nuestro sino político. La gran diferencia es que Díaz Ordaz lo supo cuando lo vivió, pero hoy el divertimiento y el espectáculo son conscientes, buscados, estratégicos y esencia misma del gobierno, tras de él un sistema de partidos y sus rémoras de publicistas, encuestólogos y expertos electorales.
Nuestra fe en el 68 es tal que no alcanzamos a ver en los restos de la puerta derecha del gran pórtico colonial de San Idelfonso, exhibida en el Museo Universitario de Tlatelolco, la prueba que niega el mitológico bazucazo, que, de haber sucedido, hubiese reducido a escombros puerta, pórtico, frontis, patio de acceso y al suicida soldado que hubiese disparado un proyectil de tan gran destructividad a escasos metros de distancia. Y uno va al Museo y escucha a los guías -sobrevivientes y modusvivientes del 68- pontificar: “ésta es la puerta que ¡destrozó! la bazuca”.
Los granaderos no desaparecieron, ni entonces ni con Sheinbaum en el 24, pero apareció el Bloque Negro bajo el mismo mando. Y ¿qué cambió de los usos del poder después que el echeverrismo se engulló a las izquierdas tradicionales, rompió con el PRI y fundó lo que hoy es Morena; después de que el PRI y el PAN, asustados, jugaron un tiempo a la democracia pactada y después de que todos juntos pudrimos la política, quebramos la economía y contaminamos la convivencia de los mexicanos hasta convertirnos en unos energúmenos electoralmente clientizados y políticamente impotentes.
El problema de nuestra generación no fue despertar, sino no saber para qué lo hacíamos, unos se congelaron en la fe a un socialismo que en unos cuantos años mostró la monstruosidad de sus alcances; otros, temerosos tras asomarse al futuro, se refugiaron en el instante, el hedonismo, la utilidad y la modernidad insolidaria; casi toda la generación germinada al interior del PRI y sus gobiernos se graduó en lo peor del priísmo marrullero y ahora, desde Morena y sus encamados, sigue jodiendo a México; los medios detectaron la debilidad y miedo del poder y lo explotan desde entonces. Nuestro sindicalismo, agrarismo y crimen organizado ameritan nota aparte. Tuvimos nuestra aurora democrática y hasta el cielo llegamos a tocar, pero todo cayó con el garnucho de un demente y la ciudadanía se dio cuenta de que vivíamos un espejismo, porque construimos una democracia modelo sin parar mientes que el principal ingrediente de la receta son los ciudadanos, y solo nos utilizaron como excusa y borregada electorera.
Haber despertado en el 68 a la historia nos liberó de las ataduras de un pasado que ya nos quedaba chico, pero al mismo tiempo nos mostró un futuro que nos espantó y preferimos jugar a la política de enanos, electorera, de partidos, negocio y publicidad, nos graduamos en espectáculo e inmediatismo, sin perspectiva ni aliento de futuro, en una política de elección en elección, mientras nos dure y alcance. De ella al mesianismo solo había un paso y ahora vivimos una República mesiánica.
Camus dijo que cada generación tenía la oportunidad de rehacer el mundo, pero la nuestra siempre supo que no lo haría (y ya no lo hizo), porque nuestra tarea era aún mayor: impedir que el mundo se nos deshiciera. Y en ello también fallamos.
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