Pequeñas y mudas declaraciones de guerra
A nivel global se reproducen fenómenos de violencia y reclamo diversos.
No específicamente sobre esta novedad, Hanz Magnus Enzenberger analizó en 1993 una nueva especie de guerra civil, distinta hasta las hoy conocidas por la humanidad. Una guerra que responde al aislamiento, abandono, atomización masificada y síndrome de desgaste (burnout) -producto de la autoexplotación del mundo del rendimiento-, implantados por el neoliberalismo y explotados y luego controlados por los populismos, que se dan la mano en su condición de desvestir al individuo de todo lazo de comunalidad.
Enzenberger le llama Guerra Civil Molecular que, cual molécula, se propaga incontroladamente y con una violencia endógena, es decir, que nace de nuestro interior con fuerza devastadora y que no requiere razón o explicación alguna, no necesita frentes de batalla ni declaraciones de guerra, simplemente surge sin necesidad de propósito ni concierto, y no lo hace en un principio masiva y violentamente, brota como manantial silencioso e imperceptible. “Poco a poco, en la calle se van acumulando las basuras. En el parque aumenta en número de jeringuillas y botellas de cervezas destrozadas (…) Los colegios aparecen con el mobiliario despedazado, los patios apestan a mierda y a orina. Nos hallamos ante unas declaraciones de guerra; aunque pequeñas, mudas, el urbanita experimentado sabe interpretarlas. Pronto la nostalgia del gueto se desahoga por medio de señales más claras. Neumáticos pinchados, teléfonos públicos inutilizados, coches incendiados. Estos actos espontáneos exteriorizan la rabia por todo cuanto todavía está entero, el odio contra todo aquello que aún funciona; un odio que forma una amalgama indisoluble con el odio hacia uno mismo” (Enzenberger, 1993).
De igual manera, poco a poco México se escindió, se impuso la ley del violento y la mentira se hizo gobierno. La vida que conocimos desapareció y con ella el respeto que tan endeblemente habíamos podido construir para procesar nuestras contradicciones. Un buen día todo se pintó de blanco y negro y se instauró la necesidad perene por un enemigo y culpable, lo importante dejo de ser solucionar y superar los problemas para vivir culpando a cualsea y se necesite. Hoy gobernar no es resolver, es satanizar las relaciones y envenenar las almas.
Aquello que llamamos México y que no sin errores ni injusticias nos permitió distribuir libertades, derechos y justicia bajo un marco de entendimiento y concordia, hoy es oscuro erial.
Con “pequeñas y mudas declaraciones de guerra” México se pobló de cárteles, gobiernos infiltrados por el crimen, fosas clandestinas, un tacto vulgar, resentido, desvergonzado y humillante, al tiempo que se despoblaba de salud, educación, respeto, infraestructura, racionalidad y Hacienda Pública. La taxonomía política pasó de adversarios a traidores. Hoy en México se construyen más patíbulos y paredones, y más rápidamente, que hospitales y aulas. Hablando de hospitales, mientras destruíamos selvas y pudríamos mantos acuíferos dilapidando la riqueza nacional, se nos enfermaron hospitales, las aulas se poblaron de ignorancia, las calles y barrios de muerte y la política de miseria humana
En las antiguas guerras civiles dos bandos solían combatir por un propósito irreconciliable, hoy en la guerra civil molecular no hay bandos ni propósitos, solo violencia. Pareciera que se pelea contra la relación humana misma, contra eso que algún día llamamos mundo.
Lo peor es que en la guerra civil molecular no hay héroes, sino antihéroes, seres con el ego dañado, sin sentido ni destino, pero plagados de resentimientos y odios, antiehéroes que no solo no respetan al otro, al que, o ven como instrumento, o ven como enemigo, sino que tampoco se respetan a sí mismos porque en el fondo se odian y desprecian.
Pero aquí viene lo más grave, en la guerra civil molecular no hay un enemigo claro, porque el enemigo son todos sin distinción, luego entonces tampoco hay amigo, cerrando el ciclo de soledad masiva por aislamiento, abandono y humillación.
En la sociedad del rendimiento el enemigo llega a ser uno mismo, que termina odiándose en su soledad e impotencia, luego en la guerra civil molecular la violencia contra otros es espejo de la violencia contra uno mismo.
En la guerra civil molecular no hay tampoco ideologías, ni convicciones, ni lealtades, ni palacios de inviernos a asaltar, solo hay furia y enfurecidos, de allí que hoy sea heroico destruir un parabús, masacrar un semáforo o mear una estatua. La furia, por otro lado, no exige causas ni explicaciones y se retroalimenta a sí misma.
Brugada y fauna que la acompaña creen en el poder esquirol del Bloque Negro, ilusos, la rabia no reconoce dueño ni correa.
Hay en la guerra civil molecular mucho de pavor al futuro, en 1968 los jóvenes instintivamente queríamos ser parte de un futuro que las generaciones pasadas ya nos habían diseñado, a diferencia de ellas, estas nuevas generaciones no ven en el mañana ni mundo, ni promesa ni esperanza; no quieren ser parte de ello, menos lo quieren sufrir. Es por ello que ven a la Revolución como destrucción del futuro mismo, no para uno nuevo y mejor.
López debe de estar muy contento, porque en la guerra civil molecular no hay clasismo posible, no dirime ningún conflicto de clases, ni de nacionalidades, tampoco religioso, ni siquiera de razas, estamentos o vasallajes, es la lucha universal de todos contra todos, donde cada uno ve solo para sí, hasta que quien triunfe se descubra solo ante la nada de nadie.
El mundo a nuestros pies convulsiona, el estertor que tanto hemos temido toca finalmente a nuestras puertas, podemos negarlo, podemos llorarlo, podemos abrazarnos a él y ser abrasados por él, o podemos tratar de entenderlo.
Pero aquí está.
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