El trono de Taddei
En aquella elección de 1994, Jesús Cantú dirigía en Monterrey el periódico El Porvenir, empresa familiar a la que finalmente quebró, y como nota principal, en ostentación de un heroísmo democrático mal entendido, Cantú confesó haber votado varias veces para probar que era posible violar la ley. Dice ser abogado, pero desconocía que está en la naturaleza de la norma su violación, si la ley humana no pudiese ser incumplida sería una ley natural, como la de la gravedad, y el Estado no tendría poderes de coacción y punibilidad.
Fue gracias a su delito que Jesús llegó en 1996 como consejero electoral al IFE; en su primera declaración se fotografió con una piel de mapache y se presentó como El Cazamapaches, acusando desconocer que su función era organizar elecciones, no perseguir delitos. Lo paradójico es que el cazador de mapaches llegó por ser un mapache confeso.
En 2024 Cantú amaneció en el gobierno de López Obrador de la mano de Jesús Ramírez y se le veía desde muy temprana hora en la mesa de control de la mañanera. Silenciosamente desapareció de ese entorno. Hace unos meses reapareció en Nuevo León pretendiendo hacerse el Taddei del instituto electoral de Nuevo León, sus paisanos, que bien lo conocen, lo mandaron por las frías.
En el IFE Cantú se hizo famoso por sus francachelas, viajes, hospedajes y viáticos. Fue denunciado e investigado por la entonces Contraloría Interna, cuando Woldenberg, a la sazón consejero presidente, se enteró que la resolución del contralor venía sancionando a su compañero consejero, ordenó que se le entregase el expediente, algo fuera de lugar, ajeno a sus atribuciones y violatorio de todo procedimiento. El contralor remitió el expediente resuelto y firmado.
Woldenberg, que no podía más que hacerlo cumplir, convocó a Consejo General y en él destituyeron colegiada, ilegal e infamantemente al contralor sin derecho de audiencia ni defensa, desecharon sin atribuciones su resolución y acuerparon cual pandilla a Cantú: “lo que le hagan a uno, dijeron, se lo hacen a todos”.
Pues bien, el jueves pasado, con motivo del fallecimiento del ingeniero Cárdenas, QEPD, Álvaro Delgado publicó un post con su vieja credencial de elector, (1988), confesando que en aquella elección votó “por Cuauhtémoc tres veces”.
Por supuesto Álvaro está de lleno en la reñida competencia por probar quién es más cardenista que el propio Cárdenas, pero ambos eventos, Cantú y Delgado, muestran una cosmovisión que no hemos sido capaces de entenderla explícitamente.
Al igual que Cantú en 94 y Delgado en 88, para esto que hoy se hace llamar Morena (antes PRD) -y en el camino buena parte también del PAN (el PRI ya lo hacía)- la ley se puede violar si es en favor de la causa y conveniente. En otras palabras, la violación de la ley a beneficio tomó carta de naturalización y práctica generalizada políticamente hablando.
En otras palabras, para todo efecto práctico, el fin justifica los medios, si para llegar a la democracia hay que convertirla en trapeador, séase.
Si para matar monstruos hay que convertirse en uno, hágaseme.
El fraude propio y a favor es un fraude heroico y democrático, pero ¿en qué se distingue éste del fraude patriótico de Bartlett en Chihuahua, o es que más bien es su hijo? Y de allí al fraude operado por el crimen organizado solo bastó un pequeño paso.
Cantú votó varias veces y creyó que construía democracia, peor aún, se lo premiaron; él se veía como un cruzado en contra del fraude perpetrado por el PRI, pero exclusivamente de aquél, cualquier otro fraude no solo no lo era, sino que constituía honra y reconocimiento. Delgado hoy se nos presenta como el más puro y fiel cuauhtemista y para ello confiesa haber hecho lo que desde entonces acusa en otros, para él votar tres veces en la misma elección es timbre de orgullo, pero eso mismo en otros y para otro es traición a la patria.
Bajo esa óptica Pio, La Barredora, el huachicol, Segalmex, Carmona, Montiel, Rocha, Andy, la “señora que parece ser rica”, los marinos asesinados y el exceso de decesos en la pandemia obtienen otra tonalidad y moralidad. Cantú vivía en un hotel en México cuyo hospedaje y gastos los pagaba el IFE y todos los fines de semana iba y venía a Monterrey con cargo a la institución; López Obrador descontaba de la nómina del Distrito Federal cuotas partidistas que jamás entraron a la contabilidad del PRD; "Es Claudia" fue una campaña nacional de promoción electoral personalizada de tres años de duración sin que nadie sepa "quién pompó". Hoy todo Morena está en ridículas campañas anticipadas que llaman defensa de la 4T. Todo les está permitido por la causa y su superioridad moral, y aquello de que los otros están moralmente reprobados responde a que en la chairamoralidad nada es reprobable y en la moralidad de todo otro todo lo es.
Pero vayamos al caso Taddei, fenómeno que visto objetivamente hunde sus raíces hasta aquella sesión de Consejo General del IFE el año 2000 en la que los consejeros electorales actuaron como pandilla y no como funcionarios públicos. No vieron por el (hoy) INE que “no se toca”, vieron por su esfera de poder; poder que quedó desde entonces fuera del alcance de todo control y contraloría, al imponer “su poder” transgrediendo derechos, procedimientos y resoluciones firmes, al hacerlo de manera infamante y cobarde, y al acometerlo en detrimento del quehacer institucional y regulado de todo acto de autoridad. Ese poder, llevado hasta la locura por una legislación de mano de “Gutiérritos Luna de Dato Protegido” (¡Vive Dios!) convirtió, como todo lo que toca Morena, las instituciones administrativas y jurisdiccionales electorales en la befa y escarnio nacionales e internacionales.
Ninguna persona en el ámbito electoral nacional, Bartlett incluido, había caído tan bajo como la señora Taddei y su alma gemela, pero el debilitamiento de los contrapesos institucionales al interior del INE y del Tribunal Electoral no empezaron con López Obrador. El INE ya estaba manoseado cuando ellos llegaron, por eso les fue tan fácil destruirlo.
Es cierto, Córdoba todavía tuvo que construir consensos a cada paso, Taddei llegó a reinar y le pagaron la sobrerrepresentación apócrifa que les facilitó con poderes absolutos, pero desde los consejeros ciudadanos (1994) las burbujas consejeril y jurisdicional electorales se construyeron sin fuertes equilibrios ni controles. El diseño original del INE tenía dos patas: la consejal, a cargo de consejeros, y la ejecutiva, a cargo de directores ejecutivos; lo primero que hicieron los consejeros electorales a partir de 1996 fue masticar y escupir la estructura ejecutiva, les quedaba todavía el control jurisdiccional, pero morenizado el tribunal electoral los consejeros fueron hechos a un lado y reinó Taddei Primera con su príncipe consorte.
No lo saben, pero sus tronos se hicieron con el aglomerado de una contraloría hecha astillas gracias al Cazamapaches Cantú.
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