POLÍTICA

Los dogmas no se comen

Los dogmas no se comen

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A este modelo de producción le sobran millones de hombres y mujeres que viven en el campo. Quizás por eso “el mercado”, en su egregia inteligencia, los mata de hambre

Los dogmas no se discuten. Así, los de la modernidad, reinan indisputados: “El mercado” es inteligente; solo y libérrimo produce sus mejores frutos. La mano de obra barata es sinónimo de productividad y ésta de bienestar generalizado. La propiedad social, el ejido, inhibe la productividad rural. Tales son los dogmas hic et nunc, entre otros.

La realidad falleció demostrándonos lo falaz de estos dogmas y los intereses que tras de ellos se esconden. No obstante, porfiamos en tropezar siempre con las mismas piedras.

El mercado no es inteligente y, en su versión imperante, solo produce miseria e injusticia; es instrumento diabólico de élites globales voraces que pauperizan, en su favor, al género humano. La mano de obra barata no conduce a la productividad; esclaviza al hombre y concentra la riqueza. Finalmente, la propiedad social no es óbice para la producción agropecuaria y forestal, como sí lo es la obstinación por desaparecerla.

Se dice que la producción rural requiere de grandes extensiones, uso intensivo de maquinaria y fertilizantes, así como economías de escala. No me opongo a la compactación de tierras y a la organización de gran escala, tan solo pregunto si esa es la única forma posible de producir.

Paradójicamente este método de cultivo utiliza las semillas, los fertilizantes, la maquinaria y el financiamiento de las grandes trasnacionales del campo, cuyo modelo de producción mata de hambre a millones de seres al año y destruye irremisiblemente el medio ambiente: “tú tienes que producir lo que yo digo, con lo que yo te vendo (semillas, fertilizantes y maquinaria); cultivar como yo te digo y, por si fuera poco, venderme al precio que yo te fijo”.

El problema es que a este modelo de producción le sobran y estorban millones y millones de hombres y mujeres que viven en el campo. Quizás por eso “el mercado”, en su egregia inteligencia, los mata de hambre.

La falacia fundamental del modelo es la misma de siempre: capital y trabajo igual a productividad, lo cual no es cierto. El capital y el trabajo, para ser productivos requieren de organización. Y la organización se da sobre seres humanos con vida, circunstancia y libre albedrío, y genera solidaridad.

En otras palabras, quienes sostienen que hay que acabar con el ejido lo que realmente dicen es que hay que acabar con los millones de ejidatarios que se interponen entre sus intereses económicos y la tierra que ansían.

Por eso el actual modelo de desarrollo abandonó al campo a su suerte hace 25 años, para evitar que sus hombres y mujeres se organizasen en sus circunstancias y posibilidades para producir. De seguro no obtendrán cosechas record, ni serán capaces de exportar sus productos masivamente al mundo entero. Pero eso no es lo que preocupa a los diseñadores y operadores del modelo, lo que les aterra es que nuestros campesinos puedan llegar a ser alimentariamente autosuficientes, no requieran de sus productos, no sean presa de su mercadotecnia y generen lazos comunitarios irrefrenables: si se organizan para producir, pueden que se organicen para distribuir la riqueza que generan y eso alarma a los particularismos embozados en “mercado” y su voracidad concentradora.

Temen que contra “el mercado” “único y verdadero” surjan mercados locales que no respondan a la “inteligencia” e intereses de aquél. Que contra su deidad, surjan dioses irredentos que pongan en duda la consistencia y la verdad de su dogma.

¿Usted puede entender que gente muera de hambre en Chiapas, donde todo crece silvestremente? ¿Que el campesino mexicano haya terminado por no poder sostener una huerta familiar? ¿Que la Cruzada contra el Hambre acentúe los comedores comunitarios, de suyo clientelares, por sobre las huertas familiares de autoconsumo?

Lo que no se dice es que lo que logran producir heroicamente nuestros campesinos es comprado a precios de hambre y vendido a precios de “el mercado”; que los mecanismos de “el mercado” hacen imposible que nuestros productores rurales compitan en él; que se prefiere dejar que se pudran sus cosechas antes de comprárselas y que los fertilizantes que les venden -a precios de oro- acaban con los nutrientes de sus tierras.

El campo mexicano lo que necesita es organización casuística para la producción. Organización que responda a las circunstancias del campesino mexicano, no a un modelo de producción que exige desaparecer de nuestra geografía y realidad (matar de hambre) a millones de mexicanos.

Nuestra responsabilidad como Nación es para con ellos. No podemos dejarlos morir de inanición, tristeza u olvido, por privilegiar un modelo de producción que responde a los intereses del tan mentado cual bribón “mercado”.

En México debe haber tantos modelos de organización para la producción agropecuaria como identidades y circunstancias existen. Lo que tenemos es que hacer producir al mexicano en su circunstancia, con sus capacidades y para sus necesidades; no para la deidad “el mercado”.

¿No cree Usted que nuestros hombres y mujeres del campo merecen una verdadera oportunidad? ¿No debe ésta responder a sus idiosincrasias, necesidades y circunstancias? ¿Qué es más importante, los dividendos monopólicos y extranjeros de “el mercado” mundial de alimentos, o la alimentación y vida de 26 millones de hermanos mexicanos que viven en el campo?

¿Para qué queremos tierras, si de ellas no se pueden alimentar quienes las habitan? Peor aún: ¿cómo esperar autosuficiencia alimentaria nacional, cuando no podemos asegurar la de las familias rurales?

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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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