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PARRESHÍA

Iracundia

Foto: lfmopinion.com


Síndrome del cangrejo.

Watergate disparó el síndrome de igual nombre cuyos síntomas son confundir la vocación de periodista con la de francotirador. Desde entonces pululan sujetos y medios -muchos en ostentación de autoridad moral- que en vez de informar hacen de la denostación de gobernantes cruzada, obsesión y negocio. La investigación y publicación de los hechos no forma parte de su agenda, su misión es derrocar gobiernos, polarizar ánimos, erigir piras, encolerizar hordas y, por supuesto, hacer dinero de ello.

En política hay un síndrome similar, se le conoce como síndrome del cangrejo. Pero vayamos por partes, diría Jack El Destripador.

El merecido desprecio del que goza el político urbe et orbi es multicausal. Parte de la disminución real de su efectividad sobre la conducción de la realidad ante fenómenos de escala global que no se apiadan de la (Globalocalización) de sus alcances; destaca en ello la economía desterritorializada, desanclada de sociedades y naciones, surcando el ciberespacio a velocidades cuánticas sin muros fronterizos ni cadenas legislativas que la restrinjan; una economía depredadora que no se compadece de humanidad, naciones, medio ambiente y, mucho menos, mañana.

Otro elemento que ha gravitado contra la política y los políticos es el imperio de la inmediatez; el here and now que todo lo somete a lo efímero; al consumismo inconsumible. El estadista con visión de largo aliento es un ave rara en la tiranía de las redes. Apenas antier el gobernante regía sus determinaciones por las ocho columnas del día siguiente, ayer por el noticiero nocturno; hoy por el trending topic y su instante. Muchos políticos ya no montan el caballo, van ensillados por la realidad virtual. Corren desbocados sin perspectiva de futuro, avanzan a ciegas, sin dirección preconcebida y menos conocida, responden a impulsos externos, no ha objetivos.

Esta ausencia de horizonte y dirección implica renunciar al compromiso para con el ayer y para con el futuro; no saben de dónde se viene, cómo y por qué son; pero tampoco a dónde y para qué van. Por ello, el espectro político se ha poblado de personajes sin conciencia, orientación y destino político y social; los mueve su avidez por el poder, pero su acción carece de significado y puerto de destino, ello ha hecho de la traición e inconsistencia virtud. Sin más objetivo que el poder, el accionar es huérfano de futuro y todo se reduce a la gloria del momento, fugaz, terminal y entrópico; un performance que desprecia realidad, circunstancia y mañana; todo se reduce a la locura del instante impotente, a la voracidad maníaca, al latrocinio psicótico, a la depredación suicida. Antes de mi la nada, después de mí el diluvio.

En este desvarío devalúan el quehacer político y acedan su percepción pública quienes optan por hacer política denigrando la política. Paradigma fueron en su tiempo Creel, Molinar, Ortiz Pincheti y sus acólitos y panegíricos en su pantomima de ciudadanización de arcángeles apolíticos y apartidistas. El tiempo terminó por develar su travestismo electoral. Sus simientes germinaron en legión, de suerte que hoy prive la moda suicida de la política de la antipolítica, bajo el espejismo que se construye derruyendo, se une polarizando, se avanza retrocediendo.

Esta especie de pseudopolíticos medraron y crecieron haciendo befa y escarnio de los políticos y de la política, apostando a que la guillotina que construían y a cuya sombra florecían terminaría por discriminarlos del gotear de su filo ensangrentado; ellos eran apolíticos, decían, aunque llevaran en su ADN al peor de los PRIs; apartidistas, aunque en su impudicia ostentaran la hipocresía de sus capillas. Arcángeles, sin apetitos de poder, de reflector, de soberbia, de rencor; padres de la patria, próceres genesiacos, Moiseses pariendo los nuevos mandamientos de la democracia mexicana. El tiempo, siempre paciente, cobra hoy a nuestra democracia sus desmesuras e imposturas.

Creyeron que la mejor política era pegarle a la política, sin hacer mientes que la denigraban y se autodenigraban a la par de sus contrarios. Supusieron que el pantano que esparcían con ventilador no mancharía su plumaje. Ilusos: la degradación indiferenciada de la política arrasó con buenos y malos, y franqueó el acceso a bucaneros, sátrapas, timadores, psicóticos e iluminados. Aún así, como en todo, hay gente buena y capacitada en la política, pocos, pero los hay.

Ahora bien, los más peligrosos son quienes confunden la política y el quehacer público con instrumentos de su voracidad de poder. Para estos sujetos, la política y las responsabilidades públicas son espacios para medrar políticamente en su beneficio sin considerar los costos sociales y políticos de su actuar. Son de aquellos que aún antes de tomar posesión de un nuevo cargo ya están a la caza del siguiente; que reducen el quehacer público a pavimentar su próximo brinco. No entienden la política como el espacio a construir y fortalecer entre y para todos, sino cual guerra a muerte para trepar sobre las ruinas que a su paso van dejando.

Estos personajes solo tienen ojos para el espejo, no ven más allá de su reflejo, de allí que no se toquen el corazón para lograr su carroza de calabaza: destruyen instituciones, trastocan gobiernos, entorpecen el fluir sano de las sociedades y lo ordenado de sus procesos; desquician el quehacer público y envenenan el ánimo social. Todo para alcanzar una próxima posición y saciar su adicción al reflector.

No les interesa el paciente caminar de las sociedades, las juegan a cada paso en la apuesta temeraria de su futuro personal.

Los peores son aquellos que persiguiendo supuestos desvíos del erario público, inventan molinos de viento que terminan por desviar más recursos, esfuerzos, instituciones y tiempos públicos que los que dicen perseguir. Hay viene el lobo, gritan reduciendo el quehacer público a denunciar, no a construir. El lobo, gritan, de suerte que la sociedad en su conjunto se vuelca a perseguir el supuesto peligro en detrimento de las tareas cotidianas, sustantivas y necesarias de su convivencia. Hay viene el lobo, claman, apuntando, sin embargo, los reflectores sobre ellos, el lobo es solo una excusa para su enfermiza presencia mediática. Confunden ser influencer y popularidad con capacidad y experiencia. Al ladrón, al ladrón, claman generalmente quienes esconden lo robado, o roban nuestra atención a favor de sus pérfidos intereses.

¿Cuántos esfuerzos, cuánto tiempo, cuántos recursos, cuánta bilis desperdiciados en las aventuras de estos supuestos salvadores de la patria, a quienes solo mueven apetitos de poder e irresponsabilidad política?

Por sus frutos los conoceréis, y la iracundia les define y precede. Dignos descendientes de Aleto, "la que enluta las almas, la que se regodea con las funestas guerras", la que cuaja "de armas las campiñas"; diosa de las "tinieblas infernales" a quien le "es dado armar e incitar a la lucha a los mismos hermanos más unidos y arrumbar con el odio las familias y llevar la desgracia y las teas de muerte a los hogares", poseedora de "mil nombres y mil trazas de maldad", portadora de guerras y muertes, de "rabia de sed de hierro, del malvado frenesí de la guerra y ante todo de cólera" (Virgilio, La Eneida).

Son capaces de descarrilar gobiernos enteros, parar economías, arrastrar pueblos a la anomia, desquiciar el normal proceder de instituciones, retroceder el reloj de la historia, envilecer leyes y tribunales con tal de llegar al poder a costa de todo y todos.

Lo peor es que creen que pueden gobernar sobre cenizas. Son como Daenerys en Juego de Tronos, quien, en su rencor dinástico, destruyó King’s Landing sin darse cuenta que destruía su reino, a su pueblo, a su propio ejército, a su economía; a su futuro. Pírrico triunfo que la llevó a la muerte de manos de su amado.

Es lamentable observar conductas de funcionarios que en ejercicio de la representación política que el voto les ha conferido, se abocan en cuerpo y alma a socavar las instituciones públicas que es su responsabilidad cuidar y fortalecer en el ejercicio de su representación. Lo peor es que hay gente que les aplaude socaven el piso que nos es común y desgarren el tejido de nuestra convivencia.

Ahora bien, cuando el síndrome Watergate se suma al del cangrejo, cuando medios y aprendices de brujo de la política se confabulan para derribar instituciones y entorpecer el fluir normal de las sociedades y sus gobiernos, los pueblos se ven sujetos a la peor de las locuras, la del rencor, voracidad y estupidez hermanados en una desbocada carrera a la nada.





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