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PARRESHÍA

Cambio verdadero

Foto: lfmopinion.com


Obras son amores.

Cuando los conflictos de Corcira y Potidea, Tucídides no podía prever que ello derivaría en la Guerra del Peloponeso; cuando tras la Primera Guerra Mundial se firman losTratados de Versalles, nadie pudo vislumbrar que orillarían a Alemania a abrazar al Nacional Socialismo y, de allí, el Nazismo. Solo la visión excepcional del Conde de Aranda (La América de Aranda, FCE, 2003) pudo avisorar que al firmar los otros Tratados de Versalles, éstos sobre la independencia de las colonias inglesas en América (1782), se abría la puerta a la independencia de las colonias españolas en el nuevo continente.

Lo hemos señalado en innúmeras ocasiones, la acción solo se puede valorar una vez que cesa, antes es movimiento inmerso en un caos de posibilidades.

No es mi intención polemizar políticamente, sino hacer un planteamiento de análisis objetivo. Hoy se habla de la Cuarta Transformación como algo logrado y acabado, cuando en los hechos es un propósito en búsqueda de hechura y, en muchas de sus facetas, urgido de definición.

Es legítimo que un gobierno democrático pretenda imponer su impronta a los hechos y orientarlos según su cosmovisión y paradigma, pero no con nombrar las cosas se concretan los propósitos, se requiere, además del discurso, la acción efectiva.

Se podrá de estar de acuerdo o no con la Cuarta Transformación, se vale apoyarla y combatirla; menester es analizarla y entenderla; diría que es urgente terminar de definirla y, sin duda, convertirla en realidad actuante en los hechos con una acción consistente y, por qué no, terca.

Lo que no puede ser y en los hechos no viene siendo, es que se instaure como acabada en el discurso, aunque en acción no refleje existencia plena.

Poco abonan en su favor la dicotomía entre la narrativa oficial y la eficacia de gobierno. Obras son amores y no buenas razones, reza el refrán.

Se requiere de toda la eficacia del quehacer público en los hechos y sobre sus resultados para hacer realidad constante y arraigada la Cuarta Transformación, no basta con hacerla narrativa oficial.

Peor aún, la propia narrativa podría ser su más acérrima enemiga dando por sentado lo que aún es anhelo.

Tampoco se trata de polemizar si es la cuarta u otro número de transformación, todo depende de si se acepta, primero, una visión a saltos personalizados de la historia y, luego, la contabilidad que de ellos se haga.

Yo por mi parte no entiendo la historia como grandes destellos de hombres y mujeres epónimos, sino el paciente trabajo de los siglos. Preparando mi tesis profesional los mexicanólogos me enseñaron que en el inconsciente social mexicano persisten conductas prehispánicas, coloniales y las propias del México independiente; tenemos mucho de Moctezuma, Netzahualcoyotl, Quetzalcoaltl, Tezcatlipoca y Tlacaelel; pero por igual mucho de Cortez, del obedézcase pero no se cumpla, del obedecer y callar, como de Hidalgo e Iturbide, de Juárez y Miramón, De Díaz, Madero y Huerta, de Cárdenas y Díaz Ordaz; somos sombra y luz, crisol de contradicciones, raza cósmica.

Decía Teilhard de Chardin que la evolución es un jugo de prueba y error de los grandes números y que, como en la batalla, para que alguien llegue a plantar su bandera en la cima del triunfo, muchos de intentos previos quedaron en el camino sin lograrlo.

No creo pues en una historia de héroes y villanos, de generación espontánea, de saltos caudillezcos; sino en el lento, paciente y doloroso parto de esfuerzos sociales. Bástenos saber que de colonia española duramos más años de los que contamos como nación independiente y que nuestras conductas sociales arraigan en muchos más siglos de cultura prehispánica que los quinientos que contamos desde el descubrimiento de América, sin contar la mezcla española, musulmana, romana, cartaginesa, judaica y católica que nos viene por nuestra vertiente europea. Por tanto, reducir el haber de nuestro pueblo a tres grandes episodios de libro de texto bajo la sombra de caudillos es un tanto cuanto empobrecedora de nuestra realidad y potencialidades, así como, por igual, de nuestros problemas y atavismos.




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Es legítimo que un gobierno democrático pretenda imponer su impronta a los hechos y orientarlos según su cosmovisión y paradigma, pero no con nombrar las cosas se concretan los propósitos.

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