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PARRESHÍA

Más allá de la oscuridad

Foto: lfmopinión.com


Polvos de luz.

Para Ali.

"Ir andando sin norte,
sin oeste, sin este,
y extraviado del sur...
como gira este mundo
de la luz a la sombra,
de la sombra a la luz...
de la luz y la sombra
a ti."
Aute.



De épocas inmemoriales equiparamos la luz con la razón y la oscuridad con la ignorancia y superstición. Hoy dejo de lado esa metáfora para abordar el tema de la luz y la oscuridad desde un punto, digamos, físico. Espero poderme explicar. Ruego a los físicos su benevolencia.

La luz ilumina la oscuridad. Verdad de Perogrullo. Pero no toda la oscuridad. El haz de luz ilumina una franja en la oscuridad, a sus márgenes prevalece el impenetrable manto de la negrura. Nada sabemos de lo que hay atrás del origen del haz lumínico; cual reos en interrogatorio, solo vemos una luz que encandila, pero lo que haya tras de ella nos está vedado. Colocados de espaldas al rayo emisor, vemos lo que aluza, pero desconocemos si ese alumbramiento obedece a discrecionalidad o arbitrio alguno. Por qué se nos hace visible esa franja de oscuridad y no otra.

De igual forma vemos lo que se ilumina, como la luna por la noche, pero no la sombra proyectada por la luna.

Lo que hay en la oscuridad es en ella con o sin luz. Los grandes telescopios muestran galaxias ocultas al ojo humano. Los muebles en una habitación permanecen en ella cuando la luz que antes los iluminaba se apaga, de igual forma, los astros perseveran en sus órbitas, aunque la luz del día los haga invisibles. En otras palabras, la luz ilumina o deslumbra, pero no crea. Hace visible la invisibilidad de lo oscuro, e invisible lo que tras su brillo oculta.

Así, la luz comparte con la oscuridad la naturaleza de ocultar. No oculta en las sombras, lo hace en su “luminiscencia”.

La luz, finalmente, termina siendo tragada por las sombras. ¿Qué pasa con la luz que entra por la órbita de nuestros ojos, a dónde va? ¿Ilumina algo en nuestro interior, o se pierde para siempre en las tinieblas de nuestras oquedades oculares e impulsos neuronales? ¿Qué hay de fotón en una idea, qué en la razón, qué en la loca de la casa (la mente)?

La luz, además, no es estática, viaja y es imposible contenerla. Un rayo de sol, irradiado hace millones de millones de años, hoy ilumina algún astro de alguna desconocida galaxia, como millones de millones de años atrás aluzó la tierra a su paso. Algún millón de años adelante, tal vez, agotado por la entropía, ese rayo fenezca; de no ser así, viajará infinitamente. Quizás sea tragado por un hoyo negro y resucite en estrella.

La luz, pues, esconde mucho más de lo que muestra. Hay, más allá de lo visible, un invisible infinito. Allende las apariencias, siempre hay algo infinitamente más vasto de lo que alcanzamos a percibir.

Nuestras certezas y seguridades son polvos de luz en un infinito de oscuridad.

Si por algún juego del destino cambiara el trazo del haz que hoy ilumina nuestras evidencias, todo nuestro edificio de convicciones se derrumbaría. Qué pasaría si un día el sol amaneciera por el poniente, cómo cambiaría nuestra visión de las cosas, qué sería de nuestras certezas.

El hermetismo, pues, no es privativo de la oscuridad, el deslumbramiento es tan hermético como las tinieblas. Y toda vez que somos más dados a creer lo vemos que lo que no, quizás nuestros conocimientos sean esencialmente herméticos, es decir, incomunicables, atávicos, opacos. Sin duda endebles y limitados.

El fanático y el dogmático son más herméticos en su convicción, lógica y credo, que el mayor de los ignorantes. El segundo, al menos, intuye que no sabe; los primeros se niegan a cualquier otro saber de cuya existencia están ciertos.

Cuando se dice que se responde a una mística, debemos entender que se vive en la ignorancia de todo aquello que queda más allá de la certeza de la "iluminación" (utilizo aquí el término en sus acepciones de luz, conocimiento y razón) mística. Todo aquello que desborda el corral de su visión no existe o, peor aún, existiendo, carece de derecho a hacerlo, debe ser ignorado o, en su caso, exterminado. El místico -y no me refiero aquí a su acepción de vida espiritual, sino a la de conocimiento oculto y reservado a iniciados o "iluminados"-, niega doblemente la oscuridad: la suya, hermética, arcana, encandilada, oculta tras la fe, ajena a la duda y, finalmente, no reconocida en sus limitaciones. Pero también la oscuridad que está más allá del alcance de su parcela de visión y dogma. El místico se amuralla en la ceguera de su creencia. Es ésta, su creencia, su verdadera oscuridad interior y mazmorra.

Hay en la otra oscuridad, es que nos rehusamos a ver más allá de las apariencias, una luminosidad en potencia que no debemos ignorar. No por estar allende nuestra visión y comprensión no existe. Más aún, de lo que debiéramos dudar sistemáticamente es de la luz, que nos impide ver lo que hay a sus márgenes. Nuestras certezas debieran, para ser verdaderamente benefactoras, movernos a la incertidumbre: “Yo solo sé que no sé nada”.

Regreso al místico y a su mística. Cuando uno habla con ellos, encuentra un edificio perfectamente estructurado, con una lógica implacable y una convicción sin fisura. Ante la fuerza de sus argumentos y la consistencia de su fe, no queda más que el pasmo.

Pero, tras el deslumbramiento inicial, frente a lo avasallador de su lógica y la enjundia de sus compromisos, es la perfección de su edificio lo que delata su inconsistencia. Nada en la vida es perfecto; no hay verdades únicas. Quizás no haya siquiera una primera causa, sino “opuestos causales”, crisol de contradicciones. Nunca hay verdad, solo multiplicidad de opiniones. Dos personas pueden presenciar un mismo fenómeno y siempre tendrán opiniones diversas a la luz de su ángulo de visión, sus estructuras cognoscitivas y culturales, y experiencias previas e incomunicables.

El gran pecado del místico es cerrar los ojos, oídos, razón e intuición a todo aquello que no encuadre en su particular credo de realidad, lo que "es" tras sus murallas. Y mayor es su pecado de considerar enemigo y digno de exterminio al que simplemente ve las cosas a su propia manera.

Kant define la ilustración como “la salida (ausgang) que efectúa el hombre del tutelaje en el que él mismo ha incurrido”; la lectura que Foucault hace de “salida” es de escape, “un modo de ir fuera”, un acto de valor, de coraje; una decisión de convertirse en actor de su propio ser. No en balde el propio Kant impulsaba la ilustración al llamado “¡Atrévete a Conocer!”

Salir del confort de la luz, de lo visible y conocido, de las apariencias; adentrarse en la oscuridad y en la incertidumbre. Mirar más allá. Diógenes, que sabía mucho de oscuridades, buscaba un hombre a plena luz del día con una lámpara encendida. Por algo ha de haber sido. Narciso, por su parte, se perdió a sí mismo -y se perdió en sí mismo- mirando su reflejo. Hay que aprender a ver lo invisible, aventurarnos a las tinieblas, dudar de las certezas.

Muchos seguramente verán en esta fe en la oscuridad algo digno de demencia; pero qué será más demencial, obstinarse al corral de lo conocido, o adentrase en el misterio.

Qui lo sa.



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Nuestras certezas y seguridades son polvos de luz en un universo de oscuridad.

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