PARRESHÍA

Culiacán, el antitriunfo

Culiacán, el antitriunfo

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Visibilidad del poder.

Uno de los grandes problemas del poder es el arcana imperri, su secrecía o, mejor dicho, la supremacía del secreto como instrumento de poder. Tanto que para Canetti “el secreto ocupa la misma médula del poder.” De allí las exigencias de transparencia, rendición de cuentas, derecho a la información, comisiones de la verdad y demás controles ciudadanos al poder.

No puede haber verdadero Estado de Derecho si el Estado no está sometido a aquél y, por tanto, es objeto de escrutinio, control y calificación.

Por supuesto que hay excepciones: la información de inteligencia y seguridad nacionales no pudieran ser públicas, no al menos en tiempo real. Imposible publicitar la información sobre crimen organizado, grupos subversivos o defraudadores, y menos sus estrategias de combate. Esta información, sin embargo, suele ser accesible pasado el tiempo, como los archivos del 68, por ejemplo. Hay otro tipo de informaciones que también deben ser reservadas circunstancialmente para evitar problemas como devaluaciones, compras de pánico o catástrofes masivas, y cuya divulgación, una vez que han variado las circunstancias, llega hasta a carecer de interés.

Encontramos, pues, en principio, la necesidad que lo público sea público y en público, con sus contadas excepciones, y la exigencia de que se evite cubrirlas con el velo del secreto del poder. Pero por igual hallamos acciones de poder que por su naturaleza solamente pueden ser públicas; que no admiten ocultamiento, a riesgo de hacerlas nugatorias, contrarias y hasta dañinas al propio poder. Actos de poder que, para serlo, tienen que ser forzosa y ostensiblemente públicos.

Partimos de que el Estado, para ser, debe mostrarse. El Big Brother de Orwell es el epítome de lo que el policía de esquina es como la modesta pero irremplazable expresión y presencia del Estado. Presencia que es a un tiempo testimonial, disuasiva, correctiva, sancionatoria y siempre pedagógica.

El tema se engarza con los de soberanía y uso legítimo de la fuerza. El poder soberano, es, o al menos debiera ser, “independiente hacía el exterior e irresistible en el interior”. Esa irresistibilidad implica el monopolio del uso legítimo de la fuerza en su territorio. Para que un orden determinado sea, el Estado es dotado de fuerza para imponerlo, en su caso, para restituirlo y, de ser necesario, para sancionar su transgresión.

Este uso de la fuerza no es una patente de corso; es un ejercicio normado y él mismo es sujeto de sanción legal por parte del orden que debe garantizar. No es, pues, un poder irrefrenable e indómito, sino sujeto y proporcional al fenómeno que rige, controla, combate o castiga.

Decíamos que característica de este poder es ser, no nada más visible, sino hasta cierto punto notorio y ritual.

Ritual político y ceremonia por la cual se manifiesta el poder, diría Foucault. Para él, la infracción a la ley, con independencia del daño que cause a individuo o individuos en particular, “lesiona el derecho” y “la dignidad de su carácter”: general, supremo, obligatorio, soberano, irresistible.

En un régimen monárquico se entendía que la violación al derecho atacaba personalmente al soberano, toda vez que la ley expresaba su voluntad. En un sistema democrático, lastima a todos, habida cuenta que la ley expresa la voluntad y orden general.

En tal virtud, según Foucault, en su estudio histórico sobre el castigo, en el medievo éste conllevaba una especie de reparación del daño causado al príncipe. Para evitar discusiones, asumamos, al menos para plantear nuestra hipótesis, que el castigo implica de alguna manera la reparación del daño al poder soberano.

En ese tenor, la vigencia del orden legal y la sanción por haberlo vulnerado, cumplen una función jurídica y política; es, si nos permite Foucault el uso de sus palabras, “un ceremonial que tiene por objeto reconstituir la soberanía por un instante ultrajada”, o bien asegurarla cuando se halla en vías de serlo. Este ceremonial, este ritual, debe ser mostrado en todo su esplendor, desplegarse a los ojos de todos, mostrar su fuerza. Para este autor, la imposición de una pena legal es “una afirmación enfática del poder y de su superioridad intrínseca.”

Así, cuando el Estado despliega las fuerzas del orden en ocasión de manifestaciones, explicita una demostración de fuerza originalmente disuasiva. Cuantimás si estas fuerzas, en ejercicio de la obligación de Estado de imponer la ley, de ser necesario bajo coacción, se despliegan, en un segundo momento, en un operativo de contención, o bien en acciones de persecución de crimen, o incluso en defensa de ataques en toda forma.

Cuando los viejos circos desfilaban por lo pueblos, mostraban y vendían su espectáculo. Pero cuando un ejército desfila, muestra su capacidad de fuerza y fuego; no hay nada lúdico en su marcha y prestancia, todo es símbolo y mensaje.

El Triunfo romano era la entrada gloriosa a la ciudad y el desfile por sus calles del general invicto. Constituía un honor, otorgado en calidad de premio por el Senado a la victoria alcanzada. En la época imperial solo el Cesar podía disfrutar del Triunfo. Julio Cesar despliega todo el boato, parafernalia y fuerza en su triunfo al regresar victorioso de Egipto: tesoros nunca antes vistos, generales vencidos, esclavos, animales exóticos; su ejército en todo su esplendor y la propia Cleopatra, reina y diosa, como botín de guerra y alianza política y amorosa. Quién podría enfrentársele abiertamente tras esa osadía de poder.

La ostentación de fuerza del crimen organizado en Culiacán el pasado 17 de octubre es lo que pudiéramos llamar un antitriunfo: desfile de transgresores, de los fuera de la ley, del desorden público, de la inseguridad, del caos. La antítesis del Estado. El mundo del homo homini lupus, sin ley y sin respiro.

Por eso el poder del Estado, parafraseando a Julio Cesar, no solo debe ser, sino parecer; ser visible.

Porque un Estado resistible, no es Estado; un Estado que no tiene control de su territorio ni puede hacer reducir a la ley a su infractor y menos sancionarlo para “reconstituir la soberanía (…) ultrajada”, en palabras de Maquiavelo, es "una contradicción en sus términos".

Ruego no interpretar lo anterior como un llamado a la represión, manido argumento para evitar una discusión de fondo que nos debemos los mexicanos hace muchos años. El problema es de suyo mucho muy delicado para obviarlo con proclamas petrificadas y "panfleteras". El poder debe ante todo poder. “La fuerza, dice Nietszche, es lo que puede.” En términos de gobierno, el poder no es una hipótesis optativa, es obligación constitucional y esencia ontológica y funcional del Estado. El poder, o es o no es. Cuando el poder no puede, no es poder.

El poder, por tanto, no puede abdicar a su tarea primigenia de orden público “independiente hacía el exterior e irresistible en el interior”. No poder o no querer poder no es opción, es negación.

Por otro lado, el poder no admite fisuras; no puede ser selectivo. No puede aplicarse a unos y eludirse en otros; no es cuestión de propios y extraños, la generalidad de la ley no puede tener dobleces, no hay delincuente bueno y delincuente malo, ante la ley todos son iguales.

Regreso al tema: el ejercicio del poder, en tratándose de seguridad, debe ser público y en público. Para que el poder sea irresistible al interior debe verse y su visibilidad no es solo de carácter disuasivo, lo es también de efectividad y pedagógico. Debe verse y vivenciarse en los hechos y mostrarse como enseñanza.

Cuando nuestras fuerzas armadas y del orden público son públicamente ofendidas, zarandeadas, secuestradas, agredidas o resistidas, no solo dejan de cumplir sus delicadas tareas, sino que muestran una soberanía impotente, omisa, reducida, negada. Un no poder. La exhibición de su negación: la impotencia. El antitriunfo.

El rito y ceremonial de su poder, la presencia de su superioridad estatal y lo visible de su irresistibilidad territorial les son consubstanciales al Estado soberano. Un poder exhibido en la impotencia ("falta de poder para hacer algo") es una contradicción en sus términos.

Un poder sin poder no es poder.

Un poder abdicante no es poder.

Heidegger sostiene: "el poder mismo sólo es en la medida en que sea."

El Estado no puede negar su razón de ser soberano, a riesgo de ser un Estado vencido. Y se es vencido cuando se ha sido derrotado; pero cuando no media derrota alguna, solo cabe alegar abdicación: renuncia al poder.

La primera obligación del poder público, en tanto orden social, político y jurídico, es su afirmación de poder, la segunda es hacerla sometida al derecho; pero ello ya es forma y condición. La afirmación, en cambio, es esencia y acción. Acción, repetimos, que para serlo debe ser ostensible: la afirmación de poder o es visible o no es.

Pero qué hacer cuando lo visible no es la afirmación, sino la negación, la negligencia al poder. ¿Qué estado de indefensión invade a la sociedad cuando el responsable del poder y garante de la seguridad de todos no quiere poder -al menos para con algunos-?

Bien podríamos hablar de un nihilismo del poder, que prefiere querer incluso la nada del poder a poder poder.

Finalmente, se puede ejercer el poder mediáticamente, "poder de entretenimiento"; pero el verdadero poder, el poder político y soberano, es acción que modifica realidad y vida de individuo y sociedad.





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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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