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Una negligencia médica imperdonable

Una negligencia médica imperdonable

Foto Copyright: lfmopinion.com

Conocí a Bárbara, guapa, políglota, lectora, interesada en la buena música y la sopa de cebolla que cocinaba de maravilla.

Un día no hace mucho falleció como resultado de una negligencia médica, después de muchas operaciones derivadas de ella, de inmovilidad y dolores en su cuerpo adelgazado.

Compañera y esposa de un joven, entonces, becario en Europa. Llegó a México hace décadas desde su natal Alemania y se enamoró del color y el sabor de lo mexicano. Fue madre de tres jóvenes, trabajó en el Colegio Alemán. Nunca, que yo sepa, le hizo mal a nadie, a pesar de su recio carácter, que abrumaba algunos dada la tradicional educación germana y su conducta frontal.

Su familia sufrió durante la guerra y parte de ella quedó en el lado Oriental hasta la reunificación, cuando cayó el muro de Berlín en 1989; que separó a familias en otro episodio deleznable de la humanidad.

En la Ciudad de México, tuvo la mala suerte de ser operada en Magdalena de las Salinas del Seguro Social y ser dada de alta con un nuevo implante de prótesis, aunque lamentablemente con una grave infección interna, no suficientemente considerada ni atendida.

Debido a ello, consultó en Médica Sur a un arrogante médico de apellido Rivas que la operó varias veces con la promesa de curarla, mediante procedimientos dolorosos de limpieza y una enésima intervención de la cadera izquierda que produjo mucho más dolor y acrecentó la infección desestimada. Mientras, las cuentas hospitalarias crecían como espuma de jabón.

Su peregrinaje acabo en un hospital del ISSSTE, donde falleció en diciembre, unos días antes de la Navidad.

Este caso particular muestra a cielo abierto la necesidad de certificación de médicos y otros profesionales de la salud. Es una vergüenza que llena de oprobio a todos, a médicos y hospitales que la trataron con insuficiencia y descuido. Además, las infecciones en las áreas de terapia intensiva son más comunes de lo que se cree.

Para este caso y muchos otros similares, debiéramos contar con instrumentos legales suficientes y eficaces para castigar a los culpables de actos de comprobada negligencia, sin recurrir a abogados y largos costosos juicios. La salud pública de calidad y universal es otro quehacer pendiente.

Tenemos en México, sin embargo, a la Comisión Nacional de Conciliación y Arbitraje Médico (Conamed). Ahí se define que una negligencia médica se produce cuando un prestador de servicios de salud incurre en descuido de precauciones o atenciones necesarias en su actividad profesional, es decir, cuando comete un error o una omisión en determinado procedimiento que él ya conoce durante el diagnóstico, tratamiento o recuperación, causando daño a un paciente, ya sea físico o psicológico. Y en el caso de Bárbara, ambas consideraciones se presentaron intensamente, siempre con el subrayado médico común de “habrá que esperar…”

De acuerdo con información de la propia Conamed, debe de ser el afectado o paciente personalmente, o su representante, quién denuncie la negligencia, lo que a todas luces es en la mayoría de las ocasiones imposible de cumplir, dado que el enfermo está generalmente en recuperación, inconsciente o, en el extremo de los casos, ya en el cementerio. Además, cumple funciones fundamentales de mediación y arbitraje en un entorno de velada protección en la reproducción del propio sistema, del quehacer profesional.

Debiéramos, alternativamente, tener facilidades para documentar negligencias en los propios hospitales, por ejemplo, y en la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

Bien se sabe, que en este país nuestro de los retruécanos y la laberíntica expresión y procedimientos para exigir derechos ante la autoridad, se utilizan todos los artilugios de que se dispone para hacer parecer como que se atienden y resuelven los problemas y denuncias, aunque casi siempre posponiéndolos hasta el infinito.

Más aún, en obvios casos criminales todos parecen después de un rato, inocentes, al regresárseles el dinero en disputa y hasta la honra, desde Mr. 10%, la maestra Elba, los Duarte, Bejarano, el chino Ye Gon, Lozano, Collado, Lozoya, Bartlett, el exembajador Valero, los de ABC, las casas blanca y de Malinalco, el exjefe Diego que cubrió apenas un mínimo porcentaje de su deuda predial, cientos que no pagaron impuestos por décadas, otros que vendieron concesiones y obras por comisiones y prebendas. Y muchos otros, muchos.

Este país es ejemplar en la destreza para proteger y cubrirse unos a otros. Nadie sabe, nadie supo. Siempre se busca con desesperación un abogado menos chueco que los plátanos para salvar la tradición, un médico honesto y eficiente que cure a los enfermos y un cura que no sea Legionario ni abusador para ayudar rumbo al camino al más allá. Son muy difíciles de encontrar.

¿Cuándo tendremos kilos completos y litros de a litro, cuándo acabará el huachicoleo, los maestros irán comprometidamente a enseñar y los médicos a curar? ¿Cuándo los medios y periodistas dejarán de manipular la información? ¿Cuándo los funcionarios y servidores públicos serán más competentes? ¿Y los empresarios honestos y solidarios? ¿Cuándo un país con menos abusos y negligencias?

En efecto, tengo mucho coraje, como muchos mexicanos me siento defraudado y dolido por las injusticias, por la realidad miserable que avasalla y por hechos como las circunstancias y lamentable pérdida de Bárbara que jamás debieron ocurrir. Descansa en paz, señora. Auf Wiedersehen.



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Arturo Martinez Caceres

Arturo Martinez Caceres

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