PARRESHÍA

¿Primero los pobres?

¿Primero los pobres?

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Propósito y solución.

Toco otra vez un tema políticamente incorrecto, casi un dogma de fe que, además, gravita en términos de autoría sobre la persona que voluntariamente se ubica en la zona de impacto de choque de trenes. No pretendo convencer ni me interesa encajonar la discusión en posiciones tan partidarias como irreconciliables, busco, al menos, plantear los términos y razones de mi inquietud y dejarlos como pregunta.

Cuando un avión comercial despega, parte de las instrucciones son que, en caso de despresurización de la cabina, caerán de los gabinetes superiores máscaras de oxigeno y que, si uno viaja con menores o enfermos, primero coloque su propia máscara y luego proceda a poner la de ellos. En un primer momento la instrucción se antoja absurda; lo lógico, como en los naufragios, es que primero se atienda a los niños y demás gente necesitada; por qué entonces colocarse inicialmente la máscara, antes que colocársela a los que requieren de ayuda. Precisamente por ello: toda vez que demandan ser auxiliados, el encargado de ayudarles debe, primero, garantizar estar en plenas condiciones de logarlo. Oxigenado el adulto puede resolver muchas más cosas que pudieran complicarse con un menor o un enfermo, pero si el necesitado de ayuda presenta problemas adicionales y el encargado de ayudarlo sufre de una mala oxigenación, las peores circunstancias tocan a las puertas del desastre.

Así, podríamos decir: por la seguridad de los necesitados, primero los que han de auxiliarles.

Bien, mi planteamiento es sobre la proclama que reza: “Por el bien de todos, primero los pobres”. Imposible estar en desacuerdo con ella; nadie puede oponerse al bien de todos y menos a priorizar a los pobres; a los eslabones más débiles de la cadena, a los más necesitados de ayuda por aquellos que están en condiciones de prestársela. Subsiste en el fondo un reclamo de justicia para con el indigente, reclamo al que nadie puede negarse: solo ayudando a los pobres, haciéndoles justicia, podremos salir bien librados todos en conjunto. El escenario contrario sería, para el bien de unos cuantos, primero los NO pobres, los NO necesitados; lo que de suyo condenaría a los menesterosos a la extinción y al conjunto al quebranto y la facción.

Nada hay contra ambos propósitos, pero si se aprecia con mayor cuidado pudiera presentarse un problema en la solución. Insisto, no media contrariedad en el propósitos: el bien de todos y la justicia al pobre; pero sí pudiera haberla en el planteamiento y su solución.

El problema, creo, radica en el “primero” los pobres. Resalto una última vez, no es que no se comparta el reclamo de ayudar a los más necesitados y el bien de todos, sino en la forma que se pretende lograrlo. En ello explícitamente se centran mis argumentos.

Me explico. Los pobres en esta ecuación juegan el mismo papel que los menores o enfermos en una situación de despresurización del avión. Para estar en condiciones de ayudarlos y, así, por tanto, por el bien de todos, primero debiéramos garantizar a los NO necesitados de ayuda, se encuentren en condiciones de ayudar efectivamente a los menesterosos. En el caso de la proclama en análisis, por el bien de todos, debemos asegurarnos que quienes puedan auxiliar a los necesitados, estén en capacidad de hacerlo.

Siguiendo nuestro planteamiento, si primero auxiliamos a los necesitados, corremos el riesgo que los antes en condiciones de ayudar caigan en estado de ser auxiliados y, entonces, quién les prestaría auxilio, ¿quién de entrada no está en condiciones de ayudarse a sí mismo?

En esa lógica corremos el riesgo que en lugar del bien de todos, estemos asegurando el mal a todos; a unos, los urgidos de ayuda, porque lleguen a quedarse sin ella, no obstante haberla obtenido en un primer momento; y a otros, los originalmente NO requeridos de auxilio y hasta entonces prestadores de socorro, terminen por caer en necesidad, sin que haya entonces ya nadie que pueda hacerse cargo del sostén de ninguno. Regresemos al ejemplo del naufragio, si bien la proclama es primero niños, mujeres, ancianos y enfermos, quienes primero abordan las lanchas salvavidas son los oficiales y marineros a cargo de las mismas, de otra suerte, sin ellos, se estaría condenando a mujeres, niños, ancianos y enfermos a un desastre más ominoso que el naufragio mismo.

En ese tenor, por el bien de todos, ¿debieran ser primero los pobres? La posición contraria, primero los NO pobres, se antoja aún más descabellada e insostenible. Tal vez lo que está mal es el planteamiento de priorizar, porque, creo, no es un problema de prelación y menos si ésta es precedida de juicios de valor que califican y confrontan entre buenos y a malos; entre los merecedores de toda justicia y los causantes de toda injusticia, habida cuenta que no necesariamente tiene que presentarse siempre una única relación social de explotación e injusticia. Las más de las veces, todos, cada quién en su circunstancia, somos dignos de justicia, entendida ésta como dar a cada quien lo suyo, lo que le corresponde en necesidad y mérito; el pobre necesitara salud, alimento o educación; el NO pobre podrá requerir otras cosas no tan ingentes, pero nadie hay en esta existencia que no sea un necesitado en algún aspecto de la vida. Todos de alguna manera somos pobres en una u otra cosa.

Habrá quien diga, así como el pobre requiere apoyo de primera necesidad, el NO pobre tal vez requiera apoyo fiscal, crédito, certeza jurídica o seguridad. Y entonces demandarán que, por el bien de los pobres, primero los NO pobres para que estén en condición de auxiliar a aquéllos. Quien así lo diga estará pecando del mismo pecado de priorizar en lugar de solucionar.

Priorizar entre unos y otros es de suyo una injusticia, una discriminación, un planteamiento maniqueo; la dicotomía de lo que debiera ser unidad. Pudiéramos estar jugando a un circuito a la baja que nos conduzca a la extinción. En un primer momento, serían primero los pobres y, tal vez, resultase en el bien de todos; en un segundo y subsecuentes momentos, el primero los pobres terminará por universalizarse y que ya solo existan pobres; es decir, a la larga, de tanto primar a los pobres, ya no habrá entre ellos ningún primero, porque todos lo seremos por igual y, entonces, no podrá hablarse del bien de todos, toda vez que en los hechos todos nos habremos pauperizado y condenado seguramente a desaparecer, cuando ya no haya primero para nada y nada para el primero.

Regresemos al ejemplo del naufragio; para que primero sean niños, mujeres y enfermos, se requieren oficiales y marineros; por igual, para que primero sean los pobres se requieren que con ellos vayan quienes sean los responsables de que esa primicia se dé; pero éstos, a su vez, requieren de algo que hay que asegurarles para que cumplan su cometido y ese algo o alguien demandará a su vez requerimientos y así sucesivamente hasta llegar al huevo y la gallina.

Creo entonces que el error en la proclama radica en priorizar. Por el bien de todos, todos tendríamos que ser auxiliados en nuestras particulares necesidades. Ahora bien, siendo que es imposible auxiliar a todos al mismo tiempo y que no es lo mismo un cáncer terminal que un dolor de muelas, los más urgidos deberán ser atendidos con prioridad, pero sin que nadie pueda quedar exceptuado de encontrar cobijo, respuesta y justicia a sus específicas necesidades en comunidad; sin que la ayuda al otro termine por convertirse en el agotamiento propio y de todos.

Este planteamiento, además, hermana; no confronta. No encontramos aquí ese acento que deja un resabio acedado que imputa siempre una culpabilidad personalizada, así se hable de colectivos inaprehensibles, como los malos, infieles, bárbaros; el otro. En donde sin excepción la injusticia no es necesariamente circunstancial y relativa, sino producto de hombres malos y nefandos, siempre culpables, siempre villanos. Es tan injusto culpar al pobre de su pobreza, como culpar de ella al NO pobre tan solo por no compartir con aquél su circunstancia, sin que medie acción objetiva que pueda ser imputada a uno en contra del otro. Me hago cargo, sin embargo, de casos de explotación, violación de derechos y libertades en donde sí encontramos una culpabilidad objetiva e imputable a alguien, pero incluso ante esta hipótesis, la experiencia muestra que no solo el No pobre es quien abusa del pobre; en muchos casos el expolio se da entre aquellos que comparten miseria, y a veces el abuso entre pares supera todo grado de deshumanización.

Tal vez en lugar de priorizar, confrontar y culpar, debiéramos buscar comprender, unir y corresponsabilizar. Alguien dijo, busquemos responsables, no culpables. Lo que no quiere decir que no se castigue al infractor, pero sí que, además de ello, veamos cómo y con quién resolveremos el problema. Una cosa es meter a la cárcel a quien especula con los alimentos y otra garantizarlos en igualdad de condiciones a todos.

Quizás pudiéramos intentar la frase: por el bien de todos, todos sin excepción (y sin confrontación).

Es pregunta.




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Luis Farias Mackey

Luis Farias Mackey

Ser o no ser, preguntó Hamlet. ¿Soy éste que soy?, preguntó Quetzalcóatl. La primera es una opción binaria: se es o no se es. La segunda es la trama de la vida misma: ser lo que se es. Mejor dicho, descubrir lo que se es, porque vivir es hurgar en el cielo y en las entrañas, en los otros -de afuera y de adentro-, del pasado y del presente, de la realidad y la fantasía, de la luz y de las sombras. Siempre somos un bosquejo. Nada más paradójico: el día que podemos decir qué somos en definitiva, es que ya no somos. Nuestra vida es una obra terminada, cuando cesa. Así que soy un siendo y un haciéndome. Una búsqueda. Una pregunta al viento.

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