Nuestra involución a pulgón
La gran discusión sobre la mexicanidad se dio entre la inferioridad y la insuficiencia. Ramos, desde el psicoanálisis, diagnosticó un complejo de inferioridad; Uranga, desde la fenomenología, la insuficiencia.
La inferioridad como sensación frente al otro y su cultura en una escala y relación de niveles de vida. Insisto: sensación. Insuficiencia como un déficit propio en un proceso de colmar las exigencias de la propia vida. La inferioridad ve hacia fuera, en valores y circunstancias ajenos; la insuficiencia hacia dentro de nuestra propia circunstancia.
Esta discusión, sin embargo, es tan vieja como las religiones. Fue Nietzsche quien mejor los describió en “Humano, demasiado humano”. Para él, los griegos no se veían frente a sus dioses como siervos, los consideraban como un ideal de su propia casta, posible de alcanzar; no como alguien contrario y en negación de su naturaleza. Dioses y hombres de alguna manera estaban emparentados, entre ambos existía una alianza y una fidelidad, recordemos el mito de Erictonio. Esta versión religiosa griega se ajusta a la insuficiencia.
Las religiones de los romanos no respondían a un mito divino, sino a un origen de desamparo, persecución y refugio, su religión no era en grados de nobleza, sino poblada de fuerzas malignas, caprichosas y deidades malvadas y múltiples. Finalmente, el cristianismo, que terminó por imponerse a Roma, nos enseñó la mansedumbre: callar, esperar, soportar, empequeñecernos, flagelarnos, soportar las privaciones, males y enfermedades, aceptar nuestra culpa y esperar la otra vida como premio o bien como castigo. El dios del antiguo testamento es uno colérico e implacable.
Regresemos a nosotros, tras la conquista los europeos nos negaron humanidad: éramos homínidos, no hombres; teníamos rasgos humanoides, más no capacidades humanas plenas. Los frailes españoles acabaron con semejante aberración dando paso a las Leyes de Indias, que protegían a los americanos en las posesiones españolas, pero sin liberarlos de su carácter de botín religioso: éramos humanos, pero en el pecado, urgidos a ser salvados de nuestros dioses, demonios y tinieblas.
El mexica, que venía de tener la responsabilidad cósmica de mantener el orden universal y las estrellas en el firmamento, pasó así a buscar su salvación personal y no en esta vida, sino en otra prometida a cambio de un valle de lágrimas pleno de dolores, sacrificios, sufrimientos y silente resignación. Había que escarnecer nuestras vidas por la suciedad de nuestra naturaleza y acciones pecaminosas, urgidos de deponer libertades, alegrías y conocimientos ante un poder ajeno y celestial, y un credo único. En palabras de Calderón de la Barca: el delito mayor del hombre es haber nacido.
En otras palabras, la inferioridad en el mexicano de la que habla Santiago Ramos no era sólo un rango inferior en una escala de niveles de vida europeos, sino la religión inculcada y su exigencia para alcanzar el perdón de los pecados y la vida eterna a través de la docilidad y acatamiento. Inferioridad que luego han explotado por igual las élites laicas en México. Valga señalar que Guadalupe escogió a Juan Diego para manifestarse y convertirse ella en lábaro nacional, pero no lo liberó de sus circunstancias, lo afianzó. Por su parte la insuficiencia nos abre la posibilidad de colmarla, pero no nos dice cómo.
Al margen de la inferioridad sentida, inoculada, pastoreada y explotada, y de los sueños de una insuficiencia salvable, corresponde a nosotros preguntarnos, en las condiciones de descomposición que definen nuestros días, si como sociedad aún tenemos oportunidad alguna de evitar nuestra involución a pulgón. Y volteo a vernos en el espejo y lo dudo.
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