Revocación por propia mano
Hay formas múltiples de revocar, una es la morena, que en el fondo busca una ratificación de mandato y movilización política para hacer campaña desde el poder en favor de los candidatos de su partido, ésta es cara, apabullante, interesada y ladina; otra es la pérdida de confianza que le cuesta la cabeza a gobernantes ineficaces, torpes, desgastados u odiados en los regímenes parlamentarios. Pero ayer por la noche en México inventamos una nueva forma de revocación por la vía de una autoderrota legislativa: Sheinbaum, ávida de ser revocada, inició una segunda reforma constitucional —tras el entierro de otra previa— para serlo anticipadamente en consonancia con las elecciones intermedias del año que entra, y ayer, por la vía de los hechos, fue revocada. No sólo no logró la reforma que adelantaba su revocación, tampoco la oportunidad de hacer campaña electoral el año que entra, ya ni se diga alcanzar la supuesta y soñada ratificación política, sino que construyó en el castillo de la pureza de su cerrazón la pérdida de confianza de un Congreso en el que goza de una mayoría calificada —aunque robada— y la de sus compañeros de viaje amancebados.
Ningún presidente en la historia de México había tenido el poder como el que ella goza, ni Santa Anna, ni Juárez, ni Díaz, ni López; se supone que tiene sometidos a los poderes legislativo y judicial de la Unión, a los gobernadores, al Ejército, a la Marina, al gobierno federal y a Morena (no se ría), a los medios, a los empresarios, incluso al crimen organizado, pero nunca nadie con tanto poder logró tan poco en tan poco tiempo.
Quería la revocación y la consiguió por su desempeño, de propia mano y en casa.
¡Por sus frutos los conoceréis!
PS. — Cuando el chapopote alcanzó a Palacio.
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