¿Podríamos hablar ya de un pseudoMéxico?
Y en el principio fue el verbo, lo primero que hizo Adán -el del paraíso, no el del cártel macuspano- fue nombrar las cosas, bien pudiéramos decir que fue un ejercicio de autentificación: conforme te me muestras tú eres esto, y esa especie de identificación-certificación implicó a su vez un permiso: es correcto y debido que lo seas; de allí que también fuese una acción de autenticidad y significación, por la primera cada quien, en atención a su ser y posibilidad, puede ser auténtico para consigo mismo o inauténtico; por la segunda cada uno y los demás conoce el significado de ser de una determinada manera.
Shakespeare se preguntaba que hay en un nombre y decía que en el nombre de la rosa hay aroma, las palabras tienen la magia de hacer presentes en nosotros cosas ausentes, cuando el poeta dice rosa, una rosa se nos aparece en la mente y con ella su aroma en el olfato. Por eso Agamben dice que “todo lamento es un lamento por el lenguaje, así como toda alabanza es sobre todo una loa del nombre”.
Donde el lenguaje dice perfectamente la cosa hay en él un canto de alabanza, donde traiciona el significado surge un lamento que nos abisma en la incomprensión y el desencuentro. La autenticidad se hace imposible porque el nombre ya no nombra lo que es y pierde por tanto su capacidad significante y autentificadora.
El problema es cuando el lenguaje todo abdica de su arte creativo de nombrar haciendo imposible toda alabanza y hundiéndonos en la obscuridad del lamento.
Hoy en México priva la pseudonimia, pseudonombramos, es decir, nombramos sin nombrar, ni afirmamos ni negamos, no identificamos ni certificamos ni autentificamos, solo hacemos ruido insignificante. La palabra va precedida de un envelamiento que hace imposible nombrar. Rychner hablaba de nuestra “fascinación de no proferir una cosa en forma absoluta”.
No son refinerías furtivas, son centros de procesamiento; no es la visa de un descastado, es la soberanía nacional; no son listas negras fascistoides, es un ecosistema con cuatro capas; no son desaparecidos, es un complot de la ultraderecha; no es crisis, es una narrativa traidora.
En iguales circunstancias, eso que llaman gobierno, gobernabilidad, soberanía, democracia, mayoría, Constitución, justicia, patria, pueblo no lo es, son seudónimos tras los que se escuda una camarilla de inútiles desesperados, muertos de miedo y frenéticos.
En un mundo de pseudonimia no hay referente de autenticidad, de allí que Sheinbaum sea todo y nada a la vez, una pseudopresidente, pseudosoberana, una pseudopersona, algo inasible, inaprehensible, incomprensible. No es que le echen mal de ojo, es que pseudo-es.
¿Podríamos hablar ya de un pseudoMéxico?
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