La política de pulgones
La última vez que me encontré inmerso en un circuito partidario -una vez mas de lamentar- fue muy doloroso por una entrañable amistad dilapidada en nada.
De repente, en un esfuerzo apartidista de dos años, de largo aliento y perspectiva, tras innúmeros, diplomáticos y amigables intentos de retirarme en paz, me descubrí rodeado en una mesa ajena a aquel proyecto plural y político, así como de sus miembros, poblada ya para entonces de burócratas partidarios de poca monta y extraños a la agenda y propósito de nuestro verdadero cometido político. Aquello era lo de menos, me encontraba inmerso en Montessori en abierta guerra intestina por sobresalir al costo que fuese en una pírrica carrera a candidaturas a lo que fuera, guerra en la que no estaba interesado y menos dispuesto a jugar en esa mesa o en ninguna otra.
Se me pedía entonces simular una consulta nacional para el colectivo verdaderamente político ya para entonces marginado, en un ejercicio pérfido de miseria publicitaria de lo que hoy se pretende, sin gran éxito, sea la participación política ciudadana. En su afán protagónico y miserable, la voracidad partidaria de los entonces allí sentados me confirmó en unas cuantas horas que me abismaba a una locura de alfiles.
Amistad de por medio me despedí.
Ayer que publiqué “La ausencia de piso histórico de Sheinbaum”, me asaltó la escena pantagruélica de aquel desayuno. Un partido convertido en parque de conservación de especies políticas en extinción, en guerra fraticida de protagonismos y avaricias destinados a desaparecer fulgurando efímeramente. Podrán durar como el pulgón, pero su extinción es como el diluvio, necesaria.
El individualismo del que hablábamos ayer, sin sentido político ni solidaridad, hecho vida partidaria y blasón de político de grima, aderezado, además, de una publicidad estúpida que solo genera estupidez.
Pero no nos equivoquemos, el problema no es exclusivamente de Morena, el fenómeno es generacional y tal será su fin.
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